En modo gamberro. Foto: Alfredo Arias
En modo gamberro. Foto: Alfredo Arias

Entrevista

Yung Prado: “Todo por la antimoda”

Yung Prado regresa a la primera línea con la presentación de su nuevo álbum, “GUFI”, un trabajo gamberro y divertido de 21 temas que rompe con la solemnidad de la electrónica de club tradicional. Todo ello lo compagina con su otra mitad musical, La Élite, el aclamado grupo de synthpunk con el que lleva una década quemando zapatilla.

La impresión física del hombre casa raro con su introversión. O del todo, según se quiera. Los bigardos –entre los que me incluyo– tienden a la educación, la discreción o el desparrame. Domicilian su ego en otras comarcas, lejos de la llegada enérgica, porque solo con los cabezazos que se dan contra los marcos de las puertas es suficiente para verlos venir. Yung Prado, alias de Nil Roig, es un espingardo callado. Su predilección por los platos se revela así del todo lógica. Él está ahí, a su rollo, elevado en la atalaya del escenario sin que nadie lo mamonee. Y lo mismo que su mirada hacia dentro es palpable llevando las riendas del ritmo en un club, festi o guateque familiar, también lo es en una entrevista. En las oficinas de FFFEA, en la madrileña plaza de los Mostenses, Praditos mira a un infinito oculto en el canto de la mesa que tiene delante. Responde a las cuestiones sobre su nuevo álbum, “GUFI” (Mainline Planet, 2026), mientras acaricia y rastrilla con las uñas la madera igual que un niño en el despacho del director. Pero nadie le está echando la bulla. ¡Qué va! Nada más lejos. Aquí se viene a reverenciar el cuajo de sus temas, la ironía de sus letras y esa vocación por ser un patoso, un guasón con piernas de regaliz que circula lejos de la soberbia solemne y sensual que se presupone a la cultura electrónica.

Olvídense de people chachi-pistachi con cuerpos sudorosos trajinando pirulas a la manera de aquel adictivo bodrio generacional de “Mentiras y gordas” (Alfonso Albacete y David Menkes, 2009). Esto, como bien señala el título, va de hacer el gufi. El payaso. El chorravaina. Nada más abrir la conversación, le confieso a Yung la sintonía espiritual alcanzada con el disco. Le cuento, como si le importara un pijo, que mis viejos camaradas de noche siempre se retaban en las discotecas a ver quién hacía la danza más ridícula. Ni una gallina puesta de ketamina hubiera alcanzado la calambrada histórica de algunos de los pasos de mis compadres. La vida, la noche, era así un poco menos cruda. Se cocinaba la risa. Y la juerga, tantos años después, sigue saboreándose. Quizá, piensa este cronista, esa sea la razón de cambiarse el nombre. De ser otro. Rollo Spiderman del ridículo. Un superhéroe de la chanza.

“Barman”, vídeo dirigido por biggtimemylife.

¿Por qué nace Yung Prado allá por 2016? ¿A qué vino buscarse un alter ego?

Porque en esa época era como la edad de oro de los raperos y todos se ponían “Yung no sé qué”, “Yung tal”, y me hizo gracia lo de poner “Yung” y una cosa que no fuese nada de malote. Era un meme; o sea, era básicamente un meme porque tampoco en ningún momento pensaba que esto se convertiría en una cosa tan grande. Bueno, tampoco tan grande, pero sí más profesionalizada.

Lo profesionalizado ya es sinónimo de grandeza en lo que a música se refiere en este país. Llevas una década en esto. ¿Cómo ves la evolución de la cultura club en España?

No hay mucha evolución. Bueno, como siempre en todo, pues hay cosas que las pilla la industria y las hace supergrandes y tal, y a partir de ahí ya dejan de ser tan interesantes y son más una fuente de negocio. Pero siempre resurgen cosas que tienen más identidad y que cuentan historias más reales. No solo por dinero y por difusión. Para mí, la industria es todo el círculo ese donde se generan trabajos y se genera dinero de forma muy masiva. No atendiendo al arte, sino atendiendo al mero negocio. Uno de los grandes problemas es la estandarización: deja de ser tan artístico y pasa a ser como una cosilla más de masas y de copiar-pegar.

El disco se llama “GUFI”. ¿Qué significa para ti este concepto?

Ser gufi es como, no sé, patosillo. La música, en este caso, sí tiene un poco de patosilla. Pero después de repente tiene ahí una mezcla de cosas raras que hace que sea especial también.

“Bueno, como siempre en todo, pues hay cosas que las pilla la industria y las hace supergrandes y tal, y a partir de ahí ya dejan de ser tan interesantes y son más una fuente de negocio. Pero siempre resurgen cosas que tienen más identidad y que cuentan historias más reales”

En tu propuesta hay un poco de gamberrismo. ¿Qué es para ti ser gamberro en la música?

Pues a ver, no caer como en estándares así, en cosas básicas y facilonas. Ir un poco por caminos más arriesgados. Y ya está. No hay que intelectualizar la música en este sentido.

¿Hay algo de ir a la contra de las modas?

Todo por la antimoda. Antitodo (se ríe).

El álbum tiene un sonido retro y juguetón. ¿De dónde sale?

Son todo cacharros, como hardware analógico y sintetizadores sin procesar mucho. Y al final todos tienen este tono. El máster sí lo hice un poquito más brillante y pulido, dándole así una coherencia bastante divertida. Hay muchas referencias de las primeras épocas, de cuando escuchaba música electrónica a los 14 o 15 años. El flow 2000 está ahí. Supongo que las cosas vuelven siempre. Nos hemos cansado un poco de que todo sea digital y la combinación de las dos cosas mola bastante; la mayoría de sintes digitales que uso son emulaciones de esto.

Fuera de norma. Foto: Alfredo Arias
Fuera de norma. Foto: Alfredo Arias
¿De dónde sacas esos sonidos? ¿Qué usas?

Tengo una Roland TR-1000, un Moog Grandmother, un Korg MS-20 y algunos cacharritos más. Y después plugins nativos de Logic 9 que molan bastante. Y allí, pues pum, vas haciendo tu collage. Eso hace que al final tu proyecto suene más especial.

¿Trabajas con una dirección clara o dependes del azar?

Lienzo en blanco y vas ahí probando cosas un poco. Y ya cuando tienes ideas las intentas guardar lo más rápido posible antes de caer en un bucle de estos que hace que te aburras y lo dejes.

¿Cuándo das una canción por terminada?

Buah, no sé. Las demos las hago muy rápido. En dos o tres horas puedo tener una demo hecha. Pero después hay que encontrar el sonido, la coherencia, etc. Vas tocando cada canción, produciendo, y es largo. Eso podría ser infinito. Aunque hay que poner límites. En este caso dos años. Aunque hasta dos semanas antes no había acabado todas las canciones del disco.

“Las demos las hago muy rápido. En dos o tres horas puedo tener una demo hecha. Pero después hay que encontrar el sonido, la coherencia, etc. Vas tocando cada canción, produciendo, y es largo. Eso podría ser infinito. Aunque hay que poner límites. En este caso dos años”

Por cierto, es un disco de 21 canciones, algo inusual hoy en día.

Sí, me hacía gracia esto de que fuera bastante largo porque como nadie lo hace ya para empezar tendrá un punto diferencial a los otros. Tenía como 30 canciones y al final se quedaron en 21. Algunas son interludios de un minuto. El orden es más un poco por feelings.

Los temas tienen su punto lacónico. Con letras muy cortas. Dan lugar a mucha interpretación.

Claro, sí, esto es lo que mola más, al final. Casi no sabes ni por qué lo estás haciendo. Y mola que cada uno tenga su interpretación. De repente puedes entender tú una cosa que no habías visto. Tener al oyente de psicoanalista está guapo. De hecho, en Radio 3 me señalaron que en una canción del anterior disco se dice que son las doce y en este disco hay una que dice que son las tres. “Ahora te falta una en el próximo disco que diga que son las seis”, me dijeron (ríe). Y tienes ahí una historia. Las personas lo ven con una perspectiva que tú no tienes porque estás demasiado cerca.

En el disco hay varias odas a la noche y la juerga. Temas como “Barman”.

¡Sí! “Barman, you are my man”. Las únicas palabras que sé decir en inglés.

Odas a la juerga. Foto: Alfredo Arias
Odas a la juerga. Foto: Alfredo Arias
¿Crees que las letras directas ayudan a que la música electrónica sea menos introvertida?

No soy ni un poeta ni un rapero ni nada, ojo. Pero eso quizá hace que sea un poco más fácil llegar a la gente que no está acostumbrada a escuchar bombos. Y respecto a lo de introvertida, en la electrónica te comunicas de otras formas también. Hay mucha música que no tiene vocales ni nada, pero estás allí, con una energía común en la pista que, sin decirte nada, te hace sentir conectado.

Hablemos de “Jimmy Choo”, otro de los temas que tiene un rollo muy galáctico y de flashback. ¿De qué va realmente?

No puedo ahondar mucho... Es un homenaje a los reales de Barcelona. Dejémoslo ahí (ríe).

Además, cumples una década con La Élite. ¿Cómo compaginas ambos mundos?

Como todo ha sido sin querer, la verdad, no le doy muchas vueltas. Sí que es cierto que con La Élite siempre son las mismas canciones. Y es un poco como que vives ahí, en un bucle. Pero mola muchísimo cuando hacemos discos nuevos y los llevamos al directo. Pinchar es más entretenido porque intentas buscar música según el sitio. Tienes que adaptarte al público. ∎

Etiquetas
Compartir

Contenidos relacionados

Rockdelux
Ministerio de Cultura
Ministerio de Cultura

Esta revista ha recibido una ayuda a la edición, del Ministerio de Cultura, a través de la Dirección General del Libro, del Cómic y de la Lectura.