Firma in da house (Me, Myself & I)

La sonrisa de Brian Wilson

Tras la revisión en directo de Brian Wilson del glorioso “Pet Sounds”, llegó la del álbum perdido “SMiLE” en compañía de The Wondermints, fieles escuderos del maduro Beach Boy. Una representación de Rockdelux asistió en París a la actuación de un Brian Wilson aparentemente más activo y mejorado anímicamente con el “SMiLE” en el foco de atención, un acontecimiento que, casualmente, coincidió con las elecciones generales del 14 de marzo de 2004 en España: insospechado éxito de Zapatero tras la trágica masacre del 11-M en Madrid y la consiguiente manipulación del PP. Un inspirado Brian Wilson dedicó su “Love And Mercy” a “la gente de España”. Lo cuenta Santi Carrillo en su papel de Me, Myself & I.

Ilustración: Juanjo Sáez
Ilustración: Juanjo Sáez
Aunque sea una retrovisión en toda regla, la recuperación artística de Brian Wilson, prestidigitador de músicas imposibles, mil veces candidato a cadáver en mil vidas consumidas, es un milagro que solo ocurre en los mundos perfectos que todos soñamos alguna vez. La biblia del rocanrol: adicciones, locura, luchas familiares, tragedias, gloria y fracaso; el icono.

Brian se ha tomado su particular venganza: su mente, brillante pero destructiva, fue demasiado lejos, se escapó de su cuerpo, y ahora, treinta y siete años después, le ha dado una tregua para cobrarse una deuda histórica. Subido al podio de los veteranos vivos más respetados de la historia de la música pop, Brian ya es de este planeta; por lo menos cotiza en él. Primero fue “Pet Sounds” en directo (qué maravilla); ahora, “SMiLE”, asignatura pendiente con todos, pero especialmente consigo mismo.

En un Olympia de París de gala por su cincuenta aniversario, se despedía Brian Wilson de la gira europea de “SMiLE”. Junto a su comitiva de escuderos fieles, The Wondermints (ayudados por un divertido ensemble de cuerdas y metales sueco: Stockholm String ‘n’ Horns), presentaba la ordenación perfecta del disco que nunca existió, la minisinfonía de la pérdida de la inocencia en un viaje en bicicleta, y sin retorno, por el paisaje geográfico y sonoro de Estados Unidos. Un hito: el álbum que Brian Wilson abandonó, después de un año de trabajo, en la primavera de 1967 (ya con portada y anuncios preparados), la continuación natural de “Pet Sounds” que el pop de los sesenta se perdió: miedo y presión al no encontrar el camino para superar a The Beatles después de haber oído “She’s Leaving Home”, destinada a “Sgt. Pepper’s”; obsesiones y vértigo creativo degenerando en problemas de salud mental; la renuncia de su ayudante y letrista Van Dyke Parks… El mito no resuelto: el naufragio. “Ese disco me estaba destruyendo”, confesó Wilson en 1976.

La sonrisa abierta al mundo interior de Brian. Foto: Brett Faulkner
La sonrisa abierta al mundo interior de Brian. Foto: Brett Faulkner
Domingo, 14-M. El día de las elecciones generales que siguieron a la catástrofe de Madrid. Brian volvió al escenario para interpretar un último bis, el del adiós. Como recurso habitual a lo largo de toda la gira, y también de la anterior, el exitoso tour de “Pet Sounds” que le dio la idea y el valor para este exitoso tour de “SMiLE”, la escogida fue “Love And Mercy”, preciosa canción de sueño, fe, esperanza y caridad, probablemente la mejor de su debut en solitario de 1988. Abrió la boca, casi sin hablar, y dijo con la parsimonia conmovedora y seria que le permite su ánimo: “Esta canción es para la gente de España…”. Allí, en Francia, haciendo del mundo un pequeño universo global, conectando los sentimientos de gentes de diferentes razas y nacionalidades, Brian firmó, de una manera imprevista, una declaración de paz universal para un futuro que no necesita más dosis de horror. La ingenuidad arrinconando al cinismo. Cantó su oratorio en honor a los atentados de Madrid: “Love and mercy that’s what you need tonight / So, love and mercy to you and your friends tonight”.

Era la culminación de su estupendo concierto, dirigiendo su mirada piadosa a un país que, aquel día, sufriendo, indignado, había debatido su futuro político en las urnas. Aplausos emocionados del público (rockeros veteranos: secta Beach Boys), alegría de todos hacia todos y, con ella, ring, perfectamente sincronizado, el regalo inesperado, ring, de un móvil sonando con este mensaje: “Zapatero, presidente”. ¿Es broma? No, no lo era. La sonrisa del “Smile” de Brian lo había pronosticado en la mitología americana, pero ya universal, de “Heroes And Villains”. Héroes (192 víctimas) y malvados (terroristas asesinos & políticos del disparate).

Siempre en un estado casi fantasmal, mirada fija, rostro congelado, su desarmante presencia robótica en el escenario desconcierta. Sentado tras un teclado que apenas toca y que sostiene, a ambos lados, dos pantallas con las letras de las canciones disparándose para que Brian las deletree, el posible karaoke no defrauda. La dignidad que no falte. Y la devoción del público, tampoco. Aquí se perdona todo (Brian tosiendo en “God Only Knows”, desafinando en “Surf’s Up”), pero no es necesario porque excepto dos temas nuevos que desentonaron en la primera parte del show (“Soul Searchin’”, canción ya cedida en 2002 al “Don’t Give Up On Me” de Solomon Burke, y “City Blues”, diríamos que cruel AOR de adulto que quiere rockear; quizá E Street Band en malo), destinados a un inminente disco en solitario que aparecerá este año, “Gettin’ In Over My Head”, el resto fue impecable de principio a fin.

Con el director musical Darian Sahanaja, cofundador de los Wondermints. Foto: Amy Rodrigue
Con el director musical Darian Sahanaja, cofundador de los Wondermints. Foto: Amy Rodrigue
El acontecimiento se dividió en dos tiempos. En el primero, un set acústico con los diez Wondermints a capela protegiendo, en formación de media luna, al hombre que los puso en el mapa; y él supervisando el fuego de campaña con cara de aprobación, encajando los aplausos con los ojos cerrados, a veces chasqueando los dedos (“Surfer Girl”, “In My Room”). Después, siguiendo con la recuperación de su repertorio clásico en compañía de la orquesta al completo, dieciocho músicos, él movía las manos como si fuesen alas en busca de unos ficticios altavoces (“Sloop John B”, “California Girls”, “Marcella”).

En el segundo episodio, tras veinte minutos de intermedio, la integral de “SMiLE”, tres cuartos de hora bajo un precioso sol dibujado presidiendo la interpretación. Con la inestimable ayuda de una banda polivalente dispuesta a jugar con unas composiciones que necesitan de la sobreactuación y de la cacharrería: cantos hawaianos en “Do You Like Worms”; gruñidos de animales en “Barnyard”; surtido de saludables verduras en “Vegetables”; el rugir de bomberos, con cascos y mangueras, en “Mrs. O’Leary’s Cow”… Entre el absurdo y la genialidad, entre el nonsense y la intriga, brilló una secuenciación perfecta hacia las cumbres del explosivo “Good Vibrations” final: la sonrisa abierta al mundo interior de las canciones de Brian.

Un vanguardista (y pretencioso) disco, “SMiLE”, que fue concebido para el estudio (desestructuras complejas, capas superpuestas, montañas de efectos, misteriosas divagaciones, entusiastas carreras hacia la incógnita), pasaba al fin, desde el debut de la gira europea (Londres, 20 de febrero de 2004), su prueba de fuego en directo. Un momento histórico para una lectura melancólica y desconcertante, quizá caprichosa, para algunos incluso hasta espiritual, de las muchas que podían haberse ofrecido, en este caso auspiciada por el soporte ilusionado y la reconstrucción detallista del director musical Darian Sahanaja, cofundador de los Wondermints.

Después, claro, llegaría la arrasadora tanda de bises que enloqueció a todos los fans (“Do It Again”, “I Get Around”, “Help Me Rhonda”, “Barbara Ann”, “Surfin’ USA”, “Fun, Fun, Fun”) y el homenaje final al pueblo de Madrid: amor y compasión, amor y misericordia, amor y clemencia… Sí, en efecto, es lo que necesitábamos todos esa noche; todas las noches; siempre.

Todavía te queremos, Brian. Sigue cuidándote. ∎

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