Toñita fue una de las muchas invitadas que anoche se dejaron ver por la Puerto Rico que Bad Bunny imaginó como terreno de juego durante su intermedio de la LX Super Bowl, y que pasará a la posteridad como el legendario “Supertazón”. Su actitud, resistiendo en el vientre de la bestia mientras los jugos gástricos del capital lo corroen todo, defendiendo su cultura sin batallas, con una sonrisa perpetua y haciendo pucheros, resonaba ya con ese “No me quiero ir de aquí” que ponía nombre a la histórica residencia de El Conejo en Puerto Rico –31 conciertos durante casi tres meses en el Coliseo de San Juan–, pero lo hace ahora aún más con Bad Bunny trasladando ese mismo concepto al centro del sistema. El discurso de Benito puede ser agresivo y directo a veces, como mandan unos tiempos cada vez más locos, pero ayer El Conejo prefirió hacer como Toñita. Celebrar, servir, amar. Reivindicarse desde su trabajo y desde la sonrisa. Sin grandes proclamas políticas pero sí imaginando una utopía posible, si eso no es ya suficientemente político de por sí.
Es una solución que, más allá de consideraciones ideológicas, tiene que ver sobre todo con la propia naturaleza televisiva y para todos los públicos de un evento como la Super Bowl. Igual que Kendrick Lamar tuvo que dibujar su “Black America” entre las líneas de un beef multiplatino con Drake el año pasado, Benito ha optado por dejar al ICE fuera y evitar cualquier provocación directa, pero no por callarse: no ha olvidado los apagones, y cuando exhorta a los chavales del mundo a creer en sí mismos y en sus sueños, le da un Grammy a un chiquillo que recuerda al joven Liam Conejo Ramos, detenido por los agentes del ICE a principios de este año. Y al mismo tiempo que se reivindica como artista, rubricando una de las discografías pop contemporáneas más inapelables, y que reivindica su propia identidad como puertorriqueño, celebra toda la cultura latina desde sus orígenes y sus tópicos pero insertada en un contexto de necesaria diáspora. “God bless America”, gritaba Benito liderando una marcha sobre la que ondeaban orgullosas todas las banderas del continente. “Sea Chile, Argentina, Uruguay, Paraguay, Bolivia, Perú, Ecuador, Brasil, Colombia, Venezuela, Guyana, Panamá, Costa Rica, Nicaragua, Honduras, El Salvador, Guatemala, México, Cuba, República Dominicana, Jamaica, Haití, Las Antillas, United States –el único que dice en inglés, por cierto–, Canadá, and my motherland, mi patria, Puerto Rico”. De sur a norte, no de norte a sur. “Seguimos aquí”.
Ese “aquí” resume todo el impacto de la propuesta: por mucho que estemos “aquí”, en EEUU, no vamos a dejar de jugar al dominó, no vamos a dejar de perrear, no vamos a dejar de bailar, no vamos a dejar de hacernos las uñas, no vamos a dejar de compartir unos tacos o un coco frío, no vamos a dejar de comprar en La Marqueta –un mercado real de Harlem regentado por boricuas– ni a abandonar las marquesinas, y no vamos a dejar de hablar en español, parece decir Benito. No vamos a dejar de triunfar, tampoco, y ahí están Young Miko, Jessica Alba, Cardi B, Karol G o Pedro Pascal pegándose la fiesta en la casita o Ricky Martin disfrutando con humildad de que se le reconozca que fue uno de los primeros.