n octubre de 2002, Kanye West, ahora legalmente Ye, tuvo un accidente de tráfico que casi lo mata. Se quedó dormido al volante, se destrozó la mandíbula y salió del hospital con la cara grapada. Quizá ahí, que volvió a nacer, se gestó su complejo mesiánico, o esa idea tan suya de que el sufrimiento no te vuelve humilde, sino una especie de elegido: alguien investido con licencia moral para hacer lo que le venga en gana.
El accidente derivó en una fe hipertrofiada, y la fe en una institucionalización mastodóntica del ego. De ahí un coro de góspel propio y varios discos atravesados por una espiritualidad obsesiva. “Jesus Is King” salió el 25 de octubre de 2019. “Jesus Is Born”, a nombre del coro góspel Sunday Service Choir con él al frente, el 25 de diciembre de ese año, día del cumpleaños de Jesús. Porque si vas a creer en Dios, mejor hacerlo con calendario editorial: de aquí viene, en parte, la nueva polémica del rapero.
Lo llamativo es que, con tanto Dios en la boca, el sentimiento de culpa haya tardado tanto en aparecer. Ayer, Ye compró una página entera en ‘The Wall Street Journal’ para publicar una carta cuyo título se traduce como “A aquellos a los que he hecho daño”. En ella pide perdón a la comunidad judía por sus comentarios antisemitas y a la comunidad afroamericana por haberla “decepcionado”. Asegura no ser nazi ni antisemita (por cierto, incluso vendió camisetas con la esvástica), admite haber perdido el contacto con la realidad y dice haber tocado fondo hace unos meses. Atribuye su estabilidad actual a medicación, terapia, ejercicio y sobriedad. No pide indulgencia, insiste, solo paciencia, comprensión y perdón. Añade un dato clave: él mismo vincula sus declaraciones más extremas a un daño cerebral derivado del accidente de hace 25 años.
Y aquí es donde conviene separar dos cosas que hoy se confunden interesadamente: explicación no es exculpación. Que Ye haya atravesado episodios maníacos, que conviva con una afección psíquica o que él mismo interprete su conducta desde un marco clínico no convierte automáticamente sus posiciones políticas en accidentes médicos. Lo que hace es reencuadrarlas. Y ese reencuadre no es inocuo: por un lado, es difícil no reconocer que pedir perdón explícitamente y avergonzarse de ser nazi es objetivamente mejor que seguir lanzando órdagos. En el ecosistema Ye, eso ya roza el giro copernicano. Una rendición de cuentas es mejor que el silencio, y el silencio es mejor que el victimismo. Hasta ahí, de acuerdo. Ahora bien: desde hace años vivimos en una especie de neoliberalismo terapéutico, pues todo conflicto se traduce al lenguaje de la salud mental, la autoayuda o el trauma. Ya no hay responsabilidad política, y si medicalizamos la violencia simbólica la sacamos del terreno ideológico. Así, de paso, los nazis dejan de ser nazis para convertirse en pacientes.
Nombrar el racismo como desajuste individual es una trampa vieja. Hannah Arendt ya advertía de que el mal no necesita locura para operar: le basta con normalidad, con rutina, con estructuras que lo hagan viable. El odio no brota de un vacío clínico, sino de contextos culturales, mediáticos y económicos que lo legitiman, y presentarlo como una simple pérdida de control es una forma cómoda de esquivar esa discusión. Por otra parte, además de falsa, la asociación es profundamente injusta para la inmensa mayoría de personas que atraviesan afección psíquica sin convertirlo en ideología de odio… o sin volverse putos nazis.
Así, el sistema sale indemne porque todo se explica como fallo personal. En este caso, con un plus obsceno: la absolución moral llega con timing perfecto. Porque todo esto ocurre, casualmente, a las puertas de un nuevo disco de Ye, titulado “Bully”. Y ahí es donde el calendario editorial empieza a oler raro.
Ye no es una anomalía. La conversión de la salud mental en lenguaje promocional estándar es una tendencia perfectamente rastreable en el pop de la última década. En España, también está en alza. Por ejemplo, Manuel Carrasco articuló “Pueblo salvaje II” (2025) alrededor de la ansiedad como eje discursivo: el malestar no solo explica el disco, lo legitima. Aitana presentó el documental “Metamorfosis” (Chloé Wallace, 2025) como prólogo de “Cuarto azul” (2025), con una narrativa de autocuidado bastante serializada. Leiva acompañó “Gigante” (2025) con el documental “Hasta que me quede sin voz” (Mario Forniés y Lucas Nolla, 2025), donde la ansiedad, la somatización física y el agotamiento crónico son constantes… y podríamos seguir. Hoy el sufrimiento funciona como certificado de autenticidad. Presentarte como frágil te vuelve creíble, y el problema (por supuesto) no es hablar de ello, sino cuándo y para qué se habla. Ojalá podamos hablar de depresión sin un single a la vista, de corazón.
Por eso conviene recordar que del accidente de coche de Ye salió “Through The Wire”, que es, a la vez, su primera canción. De todo lo que vino después, el accidente pudo ser el detonante. También pudo ser simplemente que no supo (ni quiso) aprender a gestionar la fama. He visto a las mentes más brillantes de mi generación quedar delulu por un puñado de likes. ¿Tú qué estarías dispuesto a hacer por ser famoso en tres calles? El “Lazarillo de Tormes” es un gran libro. ∎