umplir años en verano es un sesgo identitario mayor que el propio nombre. Es más que un rango de tiempo, más que la determinación de un signo zodiacal. Es, ante todas las cosas, una gran putada. Quienes soplan velas bajo el yugo del calor de un sol que ya no nos quiere nada nacen con una pena natural. La mía particular tiene forma de sonrisa desquiciada. La llevo tatuada arriba en la espalda para que la miren cada vez que alguien me viene a compadecer.
Los cumpleaños son algo curioso, son una cuenta atrás en bucle, qué angustiosa. Hay positivistas peligrosos que lo enfocan como un festejo de la propia vida, la alegría porque alguien a quien aprecias no se haya muerto aún. Está bien, yo nunca me alegraría por el fallecimiento de nadie. Por ejemplo, la muerte del anterior papa me pilló atea sensible, pero jamás lo felicité por estar vivo cuando lo estaba y tampoco pasa nada.
Creo que algo cambió en mí el día en que supe que las velas de la tarta representan el número de años que llevas vividos y no los años que comienzas a vivir. Esa vela con el número 1 lo que viene a decir es que “enhorabuena, has conseguido aguantar con vida 365 días, ¡sigue así!”. Desde que fui consciente de ello empecé a ver la vida como una cuenta atrás, nunca más pude otorgarle la mirada de un comienzo. Así que si me estás leyendo con una angustiosa crisis de los treinta, tranquilx, no están amenazando con venir, ya vinieron y pudiste con ellos. Yo, por ejemplo, he cerrado mis 31 años de vida este 5 de agosto. Sí que me alegro de ver cómo pasa el tiempo también para mí. Es un sinónimo de estar viva. Pero no lo celebro. No lo hago porque no suelo tener con quién celebrarlo; no en un sentido emocional, sino físico.
Un cumpleaños en verano jamás podrá ganarle la batalla al propio verano. La gente, simplemente, no está. La gente se va, huye, la gente no volverá hasta que no haya pasado tu cumpleaños. Cuando naces en julio o en agosto lo primero que aprenderás será a entender el cariño como un esfuerzo. Hace demasiado calor como para que tu madre quiera abrazarte de forma sincera. Luego crecerás y te verás obligadx a pedirle a tus compañerxs de clase que sufran demencia –“mi cumpleaños es en agosto, pero lo celebro ahora en junio, estás invitadx”–; y ya en la adultez aceptarás que debes recordar en un post de Instagram que es tu cumpleaños si es que quieres recibir alguna clase de felicitación.
En mi experiencia personal, he sido siempre consciente del sobresfuerzo hecho por mis padres para que su hija tuviese una fiesta igual que el resto. Una vez encontré un correo mandado un año antes de que fuese a cumplir mi mayoría de edad en donde mis padres rogaban a los padres de mis amigxs que, por favor, dejasen que sus hijxs ese día estuviesen en Madrid. Cuando miro mis fotos soplando las velas veo que estoy triste. Nunca he estado sola el día de mi cumpleaños, pero sé que es porque mis padres se esforzaron demasiado para evitar la catástrofe. Y yo siempre lo he sabido. Siempre he mantenido que no estoy en deuda con ellos por haberme dado la vida. No, porque a mí nadie me preguntó si yo quería nacer y, menos aún, si estaba dispuesta a cargar con este peso que es la propia vida y que aún me atormenta. Pero tampoco les culparé por haberme tenido en verano. Ellos intentaron con todo lo posible que nunca me diese cuenta de que celebrar mi existencia es un esfuerzo hasta para mí misma.
El verano son tantas cosas sobre las que se han hecho películas y se han escrito canciones… que ha quedado esclavo del idilio. No creo que vayas a ver un rayo verde, tampoco creo que puedas permitirte una casa en la Toscana donde hacer cenas para quince familiares de los cuales todos te caigan bien y, mucho menos, y lo siento, no vas a celebrar tu boda en Grecia mientras descubres quién es tu padre.
El verano es para la melancolía y no para los comienzos. Es culpa de las películas, que nos hicieron love bombing. Dio espacio para hacernos ilusiones, siempre nos dijo: “Pensad en grande”. Y yo ahora solo puedo añorar lo que nunca tendré, esos veranos de cine en los que las chicharras cantan y no molestan, en los que el sudor es sexi y no huele a cebolla. Por culpa del cine yo en verano pienso en el calor como color, en los pueblos como lugares de culto, olvido que en Italia gobierna el fascismo y pienso que en los ríos no hay mosquitos. Por culpa del cine yo en verano pienso en quien no me piensa y no en quien sí me escribe. Mucho menos en los cumpleaños ajenos. Por culpa del cine yo en verano vivo profundamente insatisfecha.
Diría que las cosas de verdad, en verano, son más difíciles de recordar. La urgencia de un sol que ahora está pero que se acabará yendo nos disocia. Con el solsticio da comienzo una cuenta atrás para los imposibles. Se escriben poemas, se escriben atrevimientos, se escriben despedidas; pero no felicitaciones de cumpleaños. Tampoco se escriben historias que no van a favor del contexto. El verano une o separa, no lo dijo nadie en concreto a quien citar, lo dice todo el mundo, lo dice “Fuenteovejuna todos a una”. Porque todxs tenemos una historia que ocurrió solamente porque era verano igual que todxs tenemos una historia que dejó de ocurrir porque llegó el verano. Sea como sea, el verano de los demás nos increpa y es cuando el tiempo se vuelve más caprichoso.
C. Tangana tuiteó que la vida solo sirve para enamorarse y morirse y que nos dan miedo las dos. A mí ese tuit no me señala, yo he deseado con sinceridad que me ocurriesen ambas cosas. A mí lo que me da miedo son otras cosas, como el ineludible paso del tiempo que deja un vestigio permanente de pasado. El presente se escapa entre los dedos como cuando intentas agarrar el agua del mar, se escapa antes de que puedas decir “aquí y ahora”. Y eso, en verano, es aún más fugaz. Porque el verano dura lo que dura una película.
El único motivo por el que el verano pasa de ser un aliado a un enemigo es la edad. Tres meses de un limbo en el que los niñxs éramos dueños de nuestro tiempo, pero no responsables. Papá y mamá, quizá los abuelos, como mecenas de la diversión y la libertad. “Juega, que estás en la edad de”. Y así queríamos que el tiempo fuese tan eterno como para que nunca pasase. Ahora, cuando la adultez te agarra por el cuello sin previo aviso –porque yo no sé cuándo di permiso para que esto pasase–, el verano se vuelve otras cosas; se vuelve caro, se vuelve cansado, se vuelve banal.
No sé decir el verano exacto en el que todo ocurrió por última vez. Quizá fue aquel en el que ya nadie respondía al telefonillo porque tenían que trabajar. Para cuando nos dimos cuenta, ya era demasiado tarde. Es entonces cuando lo entiendo: ¿cómo alguien va a querer celebrar mi cumpleaños, si no hay tiempo ya para jugar? ∎