ara que suceda hay que ponerle nombre, aunque todavía no exista. Para que venga a ti has de tener tiempo para quererlo. Para crear hay que pensar, para poder pensar hay que dormir, y para poder dormir, pero de verdad, hay que llegar a soñar. Últimamente, la mayoría de las personas con las que he mantenido una conversación me han comentado lo mismo cuando les he preguntado por cómo les iba: “estoy muy cansada/o”, “sin parar”, “si tuviera más tiempo lo dedicaría a estar en casa tirada en el sofá”, “a ver si tengo un poco de tiempo y me pongo a leer, vuelvo a hacer deporte, quedamos para tomar algo”...
Coincido totalmente: estoy cansada de estar cansada. Y ¿qué pasa?, ¿por qué está ocurriendo esto?, ¿qué hay de la incapacidad de concentrarse, del insomnio, del agotamiento, del consumo de benzodiacepinas y antidepresivos? ¿Acaso hay tiempo para escuchar un disco entero y disfrutarlo como se merece, sin juzgarlo en una situación de agotamiento, estrés, hiperestimulación y prisa constante? ¿Se puede leer tranquilamente un lunes por la mañana, sin sentir que deberías estar respondiendo a los mails, WhatsApps, llamadas pendientes, que si no respondes va a ser peor porque en breve se triplicarán?
Y, ya que estamos hablando sobre la situación del que escucha música en un mundo como en el que vivimos hoy día, me viene a la mente otra pregunta: ¿cómo es la vida, no solo del que escucha música y contempla el arte, sino también del que lo hace? Tener, por así decirlo, un oficio “liberal”, por el hecho de ser músico, ¿conlleva menos estrés que trabajar con un horario y condiciones fijas? Obviamente no: es incluso peor. Cuanto más libre crees que eres, más compulsión tienes por conseguir “lo mejor” por ti misma, sin necesidad de depender de otras personas. Eso del “tú puedes”, como afirma el filósofo coreano Byung-Chul Han, autor del recomendado libro “La sociedad del cansancio” (2010), es la enfermedad de estos tiempos. Es mentira: no es un “tú puedes”, es un “tú debes”, porque siempre cuela mejor la motivación que el mandato.
El problema radica en el cambio que se ha producido a lo largo de estos años en la sociedad occidental: por una parte, como decíamos antes, el exceso de “positividad” nos ha llevado a vivir en un callejón sin salida, y, por otra, el hecho de que ya no existe la diferencia entre el “yo” y el “otro”, entre lo privado y lo público, sino que ahora el “otro” eres tú y el yo privado se ha convertido en un yo público, nos lleva a cuestionarnos de qué manera nos relacionamos, qué ha ocurrido con las emociones, que son el código a través del cual el ser humano se entiende consigo mismo y con el mundo que le rodea, y que son el material con el que el artista trabaja. La socióloga y escritora franco-israelí Eva Illouz explora el concepto “capitalismo emocional” y manifiesta que el mercado ha adquirido un carácter emocional y las relaciones entre los seres humanos están determinadas cada vez más por modelos económicos y políticos de comercio, negociación e intercambio.
¿Tendrá relación el cansancio colectivo del que hablábamos con el capitalismo-emoción? Si parte del material del “negocio” son nuestras emociones, ¿cómo nos debe estar afectando esto?, ¿cómo influyen estos factores en la mente y en la salud de los artistas y el arte?, ¿cómo nos estaremos sintiendo los artistas si no estamos respaldados por un mercado consistente, firme, que no cambie a favor de las modas, sino a favor del cuidado de las emociones, de la inspiración y, en esta misma línea, de los derechos humanos o del amor? Lo que está claro es que a alguien no le conviene dejarnos un ápice de tiempo para pensar.
¿Qué supone, en el presente, ser un obrero del arte?... Para hablar de esto necesitaríamos hacer un hueco otro día, porque la lista de deberes y obligaciones es infinita, dejando muy poco tiempo –y espacio– para la creación.
Por cierto, os recomiendo la lectura de la última newsletter sobre libros de Elena Medel, titulada “Mayte Gómez Molina sabe del iceberg”, en la que Elena reflexiona sobre el poemario “Los trabajos sin Hércules” (2022), de Mayte Gómez Molina. Tanto el texto de Elena como los poemas de Mayte me ayudarían a explicar todo lo que acabo de decir. Citar, así, las palabras de estas compañeras para concluir es una manera de hablar de cosas importantes como la precariedad y el cansancio, sin olvidarnos de la belleza y la emoción. Suscribo a Elena cuando reseña: “Yo soy mi currículum, los estudios y los másteres, los premios y las becas, los empleos de mierda: pero también soy otra cosa, soy otra cosa sobre todo. Soy yo misma, soy mi familia, soy mis amores y mis amistades”; y cuando transcribe: “Me niego a convertirme en un complejo industrial / donde se fabrican cosas que nadie compra / y todos venden. / El progreso se cimienta en tu cansancio”. Dicho queda. ∎