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Firma invitada / Dry Martini

Barcelona: el malestar como identidad

Hace tiempo que el abogado y profesor barcelonés Xavier Melero, Firma Invitada en Rockdelux, echa de menos el espíritu que anidaba en la ciudad que lo vio crecer y en la que se ha desarrollado en lo personal y lo profesional. No hay consuelo posible, porque la desolada deriva turística y ultracapitalista de Barcelona en los dos últimos decenios no es un rasgo distintivo de la Ciudad Condal, sino el común denominador de la mayoría de capitales occidentales, sumidas en un proceso de depredación económica y depreciación existencial que sustituye identidades por malestares.

H

ay ciudades que han dado la espalda a sus habitantes, convertidos en figurantes malcarados que solo sirven para estropear las fotos. Barcelona es una de ellas: un decorado disciplinado, con sus Zara y sus Starbucks, sus camareros venidos de lejos que no podrían pagarse una vivienda ni en mil vidas, y esa misma atmósfera intercambiable que se repite en Praga, París o Londres. Uno podría no haber salido nunca de aquí.

Quienes aún recuerden “Vicky Cristina Barcelona” (2008) de Woody Allen o “Todo sobre mi madre” (1999) de Pedro Almodóvar deberían revisarlas: se han convertido en un chiste amargo, si es que no lo fueron siempre, donde incluso las prostitutas trans viven en apartamentos impecables frente al Palau de la Música.

Mira las calles abarrotadas de ese no-lugar que solo parecen disfrutar quienes confunden la ciudad con un menú de brunch. Al final todos damos un poco de pena: ricos, pobres, expats, inmigrantes y mangantes, con la misma expresión de quien quiere marcharse cuanto antes y ha agotado ya hasta a Antoni Gaudí.

Si no fuera porque Instagram ha convertido las ciudades cool en una obligación moral, probablemente muchos se quedarían en casa o viajarían, como Phileas Fogg, solo cuando hay una razón de peso, antes de volver discretamente a su club. Porque, a fin de cuentas, lo único que vuelve interesante a la Sagrada Familia o a un hipopótamo es no encontrárselos cada mañana al coger el autobús.

Jordi Amat ha escrito un libro sobre esto. “Las batallas de Barcelona. Imaginarios de una ciudad en disputa (1975-2025)” (2025; Tusquets, 2026) sirve como pretexto para ordenar este malestar cada vez menos difuso. Amat recorre medio siglo de historia política y cultural de la ciudad, desde el concierto de Lluís Llach en 1976 hasta los estertores del procés y la rápida expulsión de un par de generaciones del mercado de la vivienda. Un itinerario reconocible y bien armado que no olvida cómo la ciudad se puso en venta. Tampoco esquiva la cuestión de por qué el nacionalismo catalán no terminó de generar una cultura reconocible ni de decidir qué hacer con la capital del Estado inexistente. La ruta de una ciudad gris y provinciana hacia un modelo global perfectamente neoliberal, que se presta a poca celebración.

Amat es más joven que yo. Algunos hubiéramos empezado antes, en los márgenes, cuando la ciudad aún no sabía muy bien qué quería ser. Tal vez en los festivales de Granollers de principios de los setenta, cuando unos pocos miles de melenudos esperaban, con fe bastante irracional, a Pink Floyd. No llegaron, claro. Pero sí Smash, Pau Riba o Jaume Sisa, que para el caso era casi mejor.

O en el concierto de Lou Reed en el Palacio de los Deportes en 1975, con Francisco Franco todavía vivo y Rodolfo Martín Villa vigilando desde la autoridad. O en el primer Canet Rock de aquel mismo año, cuando la ciudad aún no era una marca, sino una posibilidad.

Luego vino el “hecho biológico” y todo lo demás. La democracia le sentó bien a la ciudad, y con las administraciones socialistas llegó un pacto implícito con sus habitantes: embellecerla, dignificar los barrios y construir un relato de modernidad en una ciudad sin capitalidad y con la industria en retirada. El diseño, cierta idea de progreso civilizado y hasta una cultura de bar que llegó a ser ejemplar. La flecha apuntaba al pebetero de los Juegos Olímpicos de 1992, y durante un tiempo todo pareció tener sentido. Incluso la extravagancia algo kitsch de Freddie Mercury y Montserrat Caballé se recuerda hoy con una mezcla de ironía y afecto.

Ya entonces hubo quien advirtió del riesgo de ponerse en el mercado con tanto entusiasmo. En vano, por supuesto. Los noventa fueron la década del optimismo neoliberal sin matices, y la ciudad se subió al carro con la fe del converso. Después llegaron los síntomas: el intento fallido de exposición universal, el fiasco del Fòrum –del que quedan estructuras desmesuradas y una vaga sensación de decorado abandonado– y, como imagen perdurable, el recuerdo del alcalde Clos bailando con Carlinhos Brown con una gracia muy discutible.

El turismo, probablemente la industria legal más depredadora del mundo, hizo el resto. Durante años funcionó como un analgésico eficaz: todo parecía ir bien mientras llegaban visitantes y circulaba el dinero en intercambios cada vez más desiguales. Todavía no formaba parte del paisaje la expulsión sistemática de vecinos de clase media de sus propios barrios. La crisis de 2008, la precarización y la conversión de la vivienda en pura mercancía especulativa terminaron de vaciar la ciudad desde dentro: en muchas de sus calles, Barcelona dejó de existir.

Desde la ciudad de Ocaña en las Ramblas, retratada de forma intermitente por Ventura Pons, hasta el inmigrante sin papeles de “Waiting For Barcelona” (2018), de un improbable finlandés –Juho-Pekka Tanskanen– que parece haberla entendido mejor que sus propias autoridades, el recorrido es el mismo: el malestar como nueva identidad.

Barcelona eligió a Los Manolos, pero no terminó de olvidar la “Ciutat podrida” de La Banda Trapera del Río. ∎

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