Bajo el concepto de la cadencia andaluza –cuatro acordes esenciales como punto de partida– y con la imagen del pamplonica de adopción Ernest Hemingway como cartel, el festival Flamenco On Fire ha vuelto a plantear una pregunta tan sencilla como estimulante y transversal: ¿cuánto puede transformarse el flamenco sin dejar de serlo?
La respuesta no está en una declaración de principios, sino en algunos de los momentos vividos estos días. Uno de los más reveladores llegó en el teatro Gayarre con Rafael Riqueni, Tim Ries y Ana Moura. Sobre el papel –el título del espectáculo era “Tres orillas: Lisboa, Sevilla y Detroit”– podía parecer una de esas alianzas internacionales que corren el riesgo de quedarse en la etiqueta. Sobre el escenario sucedió lo contrario: el piano y la guitarra de Riqueni, el saxo de Ries y la voz de Moura encontraron un territorio común en el que cabían flamenco, jazz y fado, hasta desembocar incluso en una inesperada versión de “No Expectations”, de The Rolling Stones (Ries es habitual en las giras de los británicos desde hace décadas y ha grabado este tema con Moura). Una de esas pequeñas anomalías que explican mejor que cualquier discurso qué significa hoy abrir el flamenco a otros lenguajes.
Pero si hay una imagen que resume el espíritu de Flamenco On Fire es la de Pamplona mirando hacia arriba. Los conciertos desde los balcones, uno de los rasgos distintivos del festival, volvieron a convertir el centro de la ciudad en escenario: El Granaíno, José Mercé, El Pele y otros artistas cantando desde el ayuntamiento o el hotel La Perla mientras el público se arremolinaba abajo. No hace falta pagar una entrada ni conocer demasiado el flamenco para quedarse a escuchar. El género recupera así algo que a menudo pierde cuando entra en los grandes auditorios, donde también actuaron algunos de estos artistas: su condición de acontecimiento compartido, casi accidental.
Y si Mayte Martín demostró que la vanguardia también puede consistir en quitar, Yerai Cortés hizo lo contrario: ampliar el campo de juego. En el concierto de clausura, solo, redujo aparentemente todo a lo esencial –guitarra, público y luces–, pero desde ahí abrió un universo mucho mayor. Después del espectáculo “Guitarra coral” y de la exposición mediática de la película “La guitarra flamenca de Yerai Cortés” (Antón Álvarez, 2024), podía esperarse un concierto de confirmación; en cambio, hubo algo más interesante: la sensación de estar viendo a un músico todavía buscando, probando y descubriendo posibilidades delante de nosotros. Que un festival de estas características termine con un guitarrista de su generación y no con una figura consagrada dice bastante de hacia dónde quiere caminar Flamenco On Fire.
Y ahí está quizá la gran virtud del ciclo, su capacidad para hacer convivir el rigor con la curiosidad, lo popular con lo riguroso: guitarra, cante y baile comparten espacio con el cine, las conversaciones, la creación sonora, las actividades pedagógicas o una cata dedicada a los vinos de Jerez. El festival no parece preocupado por decidir qué es suficientemente flamenco, sino por averiguar qué puede aportar el flamenco cuando se lo coloca en contextos distintos.
Después de trece ediciones, Flamenco On Fire ha conseguido algo nada sencillo: que Pamplona no sea simplemente el lugar donde se celebra un festival flamenco, sino parte de su relato. Y que durante unos días el flamenco pueda escucharse tanto en Baluarte como desde un balcón, en un teatro como en una plaza, con la misma naturalidad. Para quien todavía pensara que el flamenco es un territorio cerrado, esta edición ha ofrecido una buena ocasión para cambiar de opinión. Una recomendación muy sencilla: hay que ir a Flamenco On Fire. ∎