El pasado sábado, los asistentes al segundo fin de semana del festival californiano Coachella presenciaron un intrigante nuevo episodio de la guerra de posición sociocultural que sigue agravándose en los Estados Unidos entre las fuerzas progresistas y el fascismo neocolonial de la administración Donald Trump y sus esclavos ideológicos del movimiento MAGA. En esta ocasión, los (¿inesperados?) protagonistas fueron The Strokes, esa célebre banda de niños ricos capitaneada por el hijo de un controvertido magnate del mundo de la moda. Al final del concierto, los neoyorquinos decidieron politizar salvajemente su set subiéndose al carro del antimperialismo, revelándose así como diligentes pupilos de Noam Chomsky. El bolo estaba terminando con “Oblivius” –canción del EP “Future Present Past” (2016) que prácticamente nunca antes han interpretado en directo– delante de una enorme mezquita dibujada con luces LED. Pronto la edificación dio paso a un montaje visual de diversos líderes del “sur global” que, a lo largo del siglo XX, fueron víctimas de golpes o asesinatos dirigidos por la CIA: repasaron figuras célebres como Salvador Allende, Jacobo Árbenz, Patrice Lumumba y Mohammad Mossadegh, pero también casos más borrosos y menos conocidos, como los del panameño Omar Torrijos o el boliviano Juan José Torres. Las imágenes también mostraron a Martin Luther King e indicaron que probablemente fue asesinado por el estado profundo yanqui. Además, condenaron la historia del esclavismo y el racismo en el país y denunciaron las decenas de universidades bombardeadas por Israel y Estados Unidos en Gaza e Irán. En resumen: un revoltijo de críticas un poco confuso, pero no por ello menos loable, así como relativamente coherente con el estribillo de la canción: “What side are you standing on?”. Vídeos del concierto como este han desatado discusiones en internet, entre fans que aplaudieron el “coraje” del grupo y detractores que recurrieron a clásicos argumentos derechistas para fustigar la maniobra como “la música no debería mezclarse con la política”, etc. Es cierto: los discos de The Strokes nunca fueron de morfología particularmente política. Pero, evidentemente, dentro del marco de la libertad de expresión –un fundamento del texto constitucional norteamericano que, por lo visto, muchos “patriotas” están empecinados en cargarse– pueden mostrar y decir lo que les dé la soberana gana. Además, no olvidemos que en 2020 la banda apoyó la campaña presidencial de Bernie Sanders, alguien muy crítico con el intervencionismo de la CIA en otros países. Y que en 2021, es decir, dos años antes de los fatídicos ataques del 7 de octubre, Julian Casablancas fue uno de los 600 artistas –junto a otros como Patti Smith y Roger Waters– que firmaron una carta orientada al boicot de colaboraciones con instituciones culturales israelíes, acusándolas de ser cómplices con el “proyecto de colonialismo de asentamiento dedicado a la limpieza étnica de la población palestina”. Podríamos decir, pues, que en cierto modo fueron The Strokes quienes recogieron el testigo de KNEECAP, que en la pasada edición de Coachella armaron un buen pitote antiisraelí de forma mucho más visceral, todo sea dicho.
Y hablando de KNEECAP: hace un par de días volvieron a enviar públicamente a tomar por el culo a Sharon Osbourne después de que la viuda de Ozzy declarara su intención de asistir a un mitin del islamófobo de ultraderecha Tommy Robinson. La trifulca se remonta a un año atrás, cuando el irreverente trío irlandés le recomendó jocosamente a la mujer que se escuchara el tema antiguerra cantado por su marido, “War Pigs”. Otros que se están pegando en las redes son David Draiman, el líder de Disturbed –célebre por autografiar bombas israelíes– y el antes mencionado Roger Waters, muy crítico con el sionismo. En en el pódcast de Billy Corgan –sí, incluso el bueno de Billy tiene un pódcast–, Draiman se refirió a Waters como un “traidor que siempre tuvo afinidad con dictadores”, añadiendo que si se lo encontrara le daría una buena hostia. En una carta abierta a Corgan, el que fuera bajista de Pink Floyd se refirió a Draiman como un “cerdo nazi psicótico” y condenó que se opusiera a la defensa de los derechos humanos de la gente de Gaza, “que está siendo exterminada en un genocidio de las fuerzas armadas del estado racista y paria de Israel”.
Regresando a Coachella y a lo estrictamente musical, también hubo sorpresas de otro tipo: invitados inesperados y colaboraciones que devinieron virales, como las irrupciones de Billie Eilish en el escenario de Justin Bieber, Billy Idol en el de sombr, o Janelle Monáe en el de PinkPantheress. Pero probablemente lo que más saliva generó fue la aparición de Madonna en el concierto de Sabrina Carpenter: no solo cantaron una nueva canción (“Bring Your Love”), sino también un par de clasicazos de Madonna como “Like A Prayer” y “Vogue”. Aparentemente, los mozalbetes de las primeras filas no se sabían las letras, a pesar de quedarse anonadados ante ese fulgurante encuentro transgeneracional de divas. Como ya avanzamos el pasado viernes, Madonna acaba de lanzar “I Feel So Free”, avance de su nuevo disco, que se publicará en julio y es una secuela de “Confessions On A Dance Floor” (2005), álbum que presentó hace justo veinte años en el festival californiano. Mientras, al otro lado del continente, en el Bruce Springsteen Music Center de la Universidad Monmouth de Nueva Jersey, se dio un encuentro de titanes de índole muy distinta. Patti Smith interpretó “People Have The Power” junto con el mismísimo Boss, la E Street Band y un curioso grupo de músicos que incluía a Dr. Dre, Flavor Flav y Steve Earle.
Cerramos este lunes con urgentes noticias relacionadas con una joven y flamante banda estadounidense, los Grateful Dead. Probablemente sea el conjunto habido y por haber con más conciertos editados en formato físico. Pero que no cunda el pánico: para poder tenerlo todo bien ordenado y clasificado, han lanzado Play Dead, una plataforma de streaming que definen como “el mayor proyecto de transferencia de cintas en la historia del rock”. Por 10 dólares al mes, los usuarios pueden encontrar grabaciones decentes de aproximadamente 420 conciertos. Un plan ideal para todos aquellos que sufran insomnio: nada mejor que invertir millones de horas nocturnas en encontrar, entre centenares, la mejor versión de “Sugar Magnolia” (posdata: recomendamos “Veneta 8/27/72” y “Cornell 5/8/77”).