Cassandra Wilson, en 1996, en su época de esplendor. Foto: David Redfern (Getty Images)
Cassandra Wilson, en 1996, en su época de esplendor. Foto: David Redfern (Getty Images)

Fuera de Juego

Cassandra Wilson: la voz que sonaba como el sur

Contribuyó a romper barreras de la mano de un registro inconfundible y de una discografía selecta y ecléctica que bebió de la herencia del Delta del Misisipi. La cantante y compositora estadounidense falleció el pasado martes, 1 de septiembre, a los 70 años.

Ahora que la versatilidad es un valor al alza en el territorio jazzístico, la figura de Cassandra Wilson (1955-2026) gana enteros como figura comprometida con la pluralidad y la apertura en un entorno siempre apremiado por el nocivo purismo. La cantante y compositora de Jackson, Misisipi, falleció a los 70 años en su casa de su ciudad natal el pasado martes 1 de septiembre por causas no reveladas, cerrando una de las trayectorias más singulares y aplaudidas del jazz vocal de las últimas cuatro décadas, a la que le no faltaron reconocimientos: además de ganar dos premios Grammy al mejor álbum de jazz vocal –en 1997 por “New Moon Daughter” (Blue Note, 1995) y en 2009 por “Loverly” (Blue Note, 2009)–, también fue nombrada en 2001 la mejor cantante de Estados Unidos por la revista ‘Time’ y se llevó el galardón a la mejor vocalista femenina de jazz del año de la revista ‘DownBeat’ en varias ocasiones. El premio Miles Davis del Festival Internacional de Jazz de Montreal en 1999 y una terna de doctorados honoris causa completan su cuadro de reconocimientos. “Su voz sonaba como el sur”, comentó al conocer su muerte el músico de Luisiana Jon Batiste, también ganador del Grammy, quien trabajó con Wilson en sus comienzos: “Tenía un tono vocal inconfundible, un fraseo particular y una forma de entrelazar música folclórica, R&B y de la diáspora con géneros experimentales y populares que tuvo un gran impacto en mí”.

Como en otros muchos casos, la familia fue la impulsora de su vocación musical. Hija del guitarrista y bajista Herman B. Fowlkes y de la maestra Mary McDaniel, una apasionada del sello Motown, Cassandra Fowlkes inició su formación en la infancia, tomando clases y sumergiéndose en la colección de discos de jazz y soul de sus padres. Comenzó a tocar el piano a los 6 años, la guitarra a los 12 y estudió también Artes Escénicas, Filosofía y Comunicación para unirse después a bandas locales y casarse en 1981 con Anthony Wilson, un locutor de radio de Nueva Orleans. Gracias a él encontró trabajo en la estación de televisión local donde buscó la tutela de músicos de jazz como Ellis Marsalis, Jr.

Cassandra Wilson y su mentor, Steve Coleman (del colectivo M-Base). Foto: Christian Ducasse (Getty Images)
Cassandra Wilson y su mentor, Steve Coleman (del colectivo M-Base). Foto: Christian Ducasse (Getty Images)

Un año después se trasladó a Nueva York y allí conectó con el colectivo M-Base liderado por el saxofonista Steve Coleman: el grupo defendía una heterodoxa filosofía sustentada en la conexión de groove e improvisación, adscrita a la raíz africana y afrocubana, funk, R&B o hip hop. Este abierto rumbo y su proceso de búsqueda quedó verificado en los discos de Coleman donde Wilson figuró como componente de sus Five Elements, en sus giras y grabaciones junto al trío New Air del gran Henry Threadgill y en algunos de sus iniciales e irregulares trabajos ya en solitario para el sello alemán JMT. Entre ellos, su más inspirado punto de partida quedaría ligado a los estándares con el álbum “Blue Skies” (JMT, 1988). Un patrón que más tarde quedaría resumido en la compilación “Sings Standards” (Verve, 2002), conteniendo registros grabados para la marca germana entre 1986 y 1992. El estilo de Wilson ya se mostraba entonces poroso y abierto, canalizando su templada voz hacia terrenos donde se expandía su particular tono y fraseo, de limitado rango y cierta uniformidad, con la herencia del Delta del Misisipi y el influjo de la gran Betty Carter (1929-1998) casi siempre presente.

En 1993, el sello Blue Note puso sus ojos en ella. Su entonces presidente, Bruce Lundvall, la convenció para que abandonara los derroteros electrónicos del insulso “Jumpworld” (JMT, 1990) y abrazara un entorno íntimo y orgánico en el que su voz creciera más y mejor. Dicho y hecho: con la legendaria etiqueta Cassandra alcanzaría algunas de sus mayores cotas creativas y sin duda comerciales, de la mano de álbumes como “Blue Light 'Til Dawn” (Blue Note, 1993) o el ya citado “New Moon Daughter”. Discos que destaparon definitivamente su exitosa apuesta al emulsionar desde un prisma personal canciones y géneros, desde el blues hasta la música latina pasando por pop, folk o country, sin excesivos riesgos aunque esquivando por lo general el siempre amenazante manierismo y la futilidad de ciertos trabajos precedentes.

Espíritu y filosofía de Miles Davis (1926-1991) fueron una de sus primordiales influencias y así lo reconoció en “Traveling Miles” (Blue Note, 1999). Tres años después, en “Belly Of The Sun” (2002), abrazó sin complejos aunque no siempre con acierto otro tipo de estándares, suscritos por Jimmy Webb, Glenn Campbell, Bob Dylan, The Band o Antonio Carlos Jobim, en la enésima muestra de un eclecticismo que saltaba de Ann Peebles a U2 pasando por Sting o Neil Young. Su sello vio el filón y no dudó en publicar años más tarde una compilación titulada “Closer To You: The Pop Side” (Blue Note, 2009), agrupando once de estas privativas lecturas.

En 2015 llegó su homenaje a Billie Holiday, su último disco. Foto: Mark Seliger
En 2015 llegó su homenaje a Billie Holiday, su último disco. Foto: Mark Seliger
Wilson tampoco rehuyó el ámbito de las alianzas, documentado en discos como “Rendezvous” (Blue Note, 1997), liderado junto al pianista Jacky Terrason, en el proyecto Quartet West del contrabajista Charlie Haden –“Sophisticated Ladies” (EmArcy, 2010)–, en el jugoso Black Saint Quartet del saxofonista y clarinetista David Murray con “Sacred Ground” (Justin Ground, 2007) o en “Blood On The Fields” (Columbia, 1997) de Wynton Marsalis & The Lincoln Center Jazz Orchestra, ganador del Pulitzer. Por no hablar de la implicación de colegas de la talla de Terri Lyne Carrington, Olu Dara, Bill Frisell, Dave Holland, Pat Metheny, Jason Moran, Keb’ Mo’ o Marc Ribot en sus propios álbumes. Tan ilustre cuadro de invitados no evitó patinazos, como “Thunderbird” (Blue Note, 2006), erigidos en síntomas de una crónica cada vez más espaciada y ensombrecida por otras pujantes cantantes que se nutrieron de sus conquistas: Norah Jones, Madeleine Peyroux, Lizz Wright o, más recientemente, Cécile McLorin Salvant.

Su personalidad de diva también la acompañó durante gran parte de su itinerario profesional. Voluble e imprevisible, no tuvo reparos en afirmar su grandiosa estirpe asegurando en 2010 ser descendiente en su rama ilegítima del mismísimo monarca inglés Enrique VIII. En la misma entrevista también suscribió que su línea dinástica incluía antepasados de las etnias fon y yoruba, convirtiéndose incluso en sacerdotisa de esta última: la deidad elegida fue Oshun, la diosa de la música y los ríos.

Pese a que a partir de aquel año Wilson ralentizó su carrera discográfica, los reconocimientos siguieron llegando y en 2022 fue nombrada NEA Jazz Master por el National Endowment For The Arts, uno de los máximos honores otorgados a los músicos de jazz en Estados Unidos. Antes, en 2015, Wilson había ofrecido un concierto especial en el teatro Apollo de Harlem para conmemorar el centenario del nacimiento de Billie Holiday (1915-1959). El gesto halló prolongación en su último álbum de estudio, el destacado “Coming Forth By Day” (Legacy, 2015). Su portada la mostraba con una mirada esquiva y nostálgica, un tanto ausente, como dando carpetazo a una historia que ya parecía haber ofrecido todo de sí. No se equivocaba ni un ápice. ∎

Luz hasta el amanecer

“Blue Skies”
(JMT, 1988)

Aunque su trayectoria en JMT presenta un nivel de desigualdad más acentuado que la etapa Blue Note, este álbum reivindica su voz desde el confortable pero también pantanoso terreno del estándar. Enfrentándose a pesos pesados como “Shall We Dance”, “My One And Only Love” o “I’ve Grown Accustomed To His Face”, Cassandra Wilson sale airosa del reto, secundada por un trío acústico de lujo, con Mulgrew Miller al piano, Lonnie Plaxico en el contrabajo y Terri Lyne Carrington en las baquetas. Amparada en la inmediatez del directo en estudio, la cantante muestra su cautivadora esencia vocal, sin aspavientos ni ribetes, definiendo sus dominios y capacidades.

“Blue Light Til’ Dawn”
(Blue Note, 1993)

El debut de Cassandra Wilson en Blue Note fue recibido con los brazos abiertos por un público y una crítica habitualmente ajenos al contexto jazzístico. Puro crossover. En tan calurosa acogida tuvo que ver la elección de un repertorio que retomaba el estándar y el blues del omnipresente Robert Johnson o Charles Brown para discurrir luego por referencias como Van Morrison y “Tupelo Honey” o Joni Mitchell y su “Black Crow”, con la envolvente producción de Craig Street. Nuestra protagonista se fajaba con talento en partitura ajena, reivindicando también la propia y moldeando una fórmula a la que retornaría con análogo éxito en lanzamientos posteriores.

“Traveling Miles”
(Blue Note, 1999)

Agradecida siempre a sus influencias, Wilson supo dar su sitio a aquellos gigantes que alimentaron su estilo. Miles Davis fue uno de los principales y, aunque solo la corneta de Olu Dara evoca puntualmente la tímbrica del genio en “Run The VooDoo Down”, el resto de esta espléndida docena de temas relanza desde un prisma incluso pop la atmósfera de originales procedentes de distintas etapas de Miles, a los que nuestra protagonista remata con sus propios textos. Tampoco faltan partituras propias, invitados de postín –Pat Metheny, Dave Holland o Angelique Kidjo– o añejos amigos como Steve Coleman para dar forma y sentido a una ofrenda brillante y solvente.

“Coming Forth By Day”
(Blue Note, 2015)

Producido por Nick Launay, incluye en nómina a la sección rítmica de The Bad Seeds –con Thomas Wydler a la batería y Martyn Casey al bajo– además de las guitarras de T Bone Burnett y Nick Zinner de Yeah Yeah Yeahs. Esta postrera obra fijó una nueva reverencia a otro de sus ascendientes: Billie Holiday. Wilson se despidió de los estudios arropada por una misteriosa atmósfera donde se (re)ubicaron clásicos y originales inspirados en el legado de la legendaria cantante y en el de socios como Lester Young (“Last Song / For Lester”). Todo envuelto en un calibrado arsenal de cuerdas o vientos de Eric Gorfain o Van Dyke Parks sobre el que su voz susurra y sugiere, combinando cotas de intimismo con gotas de épica. ∎

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