Desde “Historia de Shuggie Bain” (2020; Sexto Piso, 2021), Douglas Stuart (Glasgow, 1976) parece empeñado en tomarse el sufrimiento completamente en serio. El Booker de 2020 convirtió su debut en uno de esos libros que llegan envueltos en una reputación de devastación emocional, y “Un lugar para Mungo” (2022; Random House, 2023) confirmó que no se trataba de una casualidad. Sus personajes viven en lugares donde la pobreza, la masculinidad, la religión o la familia no son simplemente circunstancias sociales, sino fuerzas que se meten dentro de la cabeza y acaban dictando lo que una persona cree que puede desear. En “John, hijo de John” (“John Of John”, 2026; traducción de Francisco González) Stuart cambia la Glasgow obrera de sus dos primeras novelas por las Hébridas Exteriores y por una comunidad presbiteriana gaélica, pero conserva esa misma obsesión: qué ocurre cuando una persona descubre que la identidad que le ha sido asignada no coincide con la vida que desea. El resultado es su novela más rural, pero también, quizá, la más claustrofóbica.
John-Calum Macleod, Cal, tiene 22 años y vuelve a la isla de Harris después de estudiar diseño textil en Edimburgo. Regresa sin trabajo, con el dinero agotado y a una casa de la que en realidad nunca ha conseguido marcharse del todo. Allí están su abuela Ella, su padre John –campesino, tejedor y hombre de iglesia– y una comunidad en la que todo el mundo parece saber quién eres antes incluso de que abras la boca. Cal es gay y ha aprendido a esconderlo; lo que no sabe al principio es hasta qué punto su padre comparte el mismo secreto. Así, el conflicto central no consiste tanto en descubrir quiénes son estos hombres como en observar cuánto pueden llegar a destruirse intentando que nadie lo descubra.
Ahí está la idea más potente de la novela: la vergüenza como sistema operativo. Stuart no presenta la represión únicamente como algo impuesto desde fuera. Lo verdaderamente devastador es comprobar cómo acaba funcionando desde dentro. John no necesita que nadie le recuerde que su deseo es inadmisible; ya lo hace él mismo. Cal, por su parte, intenta imaginar una vida distinta, pero ha aprendido que cada gesto –el pelo, la ropa, una mirada, la manera de comportarse– puede convertirse en una declaración pública. La isla funciona así como una gigantesca red social analógica: no hay anonimato, no hay escapatoria y todo el mundo está pendiente de todo el mundo.
En la isla, la tradición no aparece como una pieza de museo, sino como algo que todavía organiza la vida cotidiana. El Harris Tweed, la religión, los apellidos y las genealogías forman una misma lógica de pertenencia: te dicen de dónde vienes y, de manera mucho más problemática, quién tienes permiso para ser. No es casual que una de las preguntas que sobrevuelan la novela sea precisamente la de la ascendencia y la pertenencia. Cal no solamente ha vuelto a casa: ha vuelto al lugar que pretende explicarle quién es. Y Stuart es muy bueno convirtiendo esa idea en drama familiar. La relación entre John y Cal resulta especialmente incómoda porque ninguno de los dos sabe cómo hablar con el otro sin convertir la conversación en una batalla. El padre interpreta cualquier diferencia como desafío; el hijo interpreta buena parte de la preocupación paterna como violencia.
Stuart escribe desde una intensidad emocional máxima y no siempre sabe –o no quiere– bajar el volumen. Hay momentos en que la novela parece confiar demasiado en la acumulación de desgracias para producir impacto. Hacia el tramo final, esa maquinaria melodramática puede resultar excesiva. Pero quizá esa falta de ironía sea precisamente una de las cosas más interesantes de Stuart. En un momento en que buena parte de la ficción parece sospechar de cualquier emoción expresada sin distancia, él escribe como si todavía fuera posible creer que una familia puede romperte el corazón y que un paisaje puede contener una vida entera. “John, hijo de John” no es sutil en todo momento, ni pretende serlo. Es una novela de sentimientos grandes, secretos grandes y heridas que llevan décadas abiertas. Y cuando funciona, funciona porque Stuart no se avergüenza de ellos. Su verdadero tema no es la homosexualidad, ni siquiera la religión: es el precio de pasar toda una vida intentando ser alguien que los demás puedan querer. ∎