Es noviembre de 2025 y Charli XCX publica “House” junto con John Cale. La sensación inicial es la de un nuevo reinicio: otra mutación en una trayectoria marcada por la voluntad de escapar a la inercia nostálgica que define buena parte del pop contemporáneo. Mark Fisher escribió que el capitalismo neoliberal “ha borrado el futuro y lo ha sustituido por una nostalgia hiperreal”. En un momento donde incluso el hyperpop parece ya su propio revival, llegaba la británica con estas cuerdas góticas, oscuras, anticlasicistas, con un John Cale que parece el narrador omnisciente del día en que te vas a morir, con esos gritos de perfil demasiado bajo para considerarse screamo pero lo suficientemente desagradables como para incomodar dentro del espectro pop… Charli XCX es como una deportista de élite que acaba de perder la memoria de lo que ha hecho anteriormente, pero todavía le queda esa destreza física, ese deje muscular. La cuestión es que luego no ha sido para tanto, pero conseguir ese espejismo ya es lo suficientemente significativo.
Después, se empezó a hacer autobombo en su Substack y filtró el tracklist a través de Letterboxd. Hace poco, en Bluesky, se preguntó Marcelo Criminal (también colaborador de este medio) si los músicos tienen mejor gusto sobre cine que los cineastas sobre música, o viceversa. Hace poco, también, Rosalía dijo que utiliza Filmin para ver películas de Tarantino. Y un último dato: dos de las películas más populares en lo que llevamos de año firman dos bandas sonoras tan interesantes motu proprio como para ser analizadas de forma externa al propio metraje. Una es la de Daniel Lopatin en “Marty Supreme”. La otra es esta. Aquí, que cada uno saque sus conclusiones.
Aun así, parece raro analizar una banda sonora sin hablar un poco de la película. ¿Puede hacerse una review de sopa sin mencionar la cuchara? Por supuesto. Pero si hablamos de “Wuthering Heights”, hablamos de un artefacto extraño incrustado en el canon británico casi a la fuerza. La novela de 1847 de Emily Brontë no es una historia de amor trágico; es un tratado sobre la posesión como forma de violencia: hay fijación, jerarquía de clase, humillación y deseo entendido como pulsión destructiva. Publicada bajo el seudónimo de Ellis Bell, la novela desconcertó a la crítica victoriana por su violencia emocional y su negativa a ofrecer una moraleja tranquilizadora. ‘The Atlas’ habló de un libro “brutal”, habitado por personajes dominados por “pasiones repulsivas”. ‘The Examiner’ reconocía su “poder considerable”, pero lo calificaba de desagradable y moralmente problemático. ‘The Spectator’ lo definía como “salvaje, confuso, extraño”, cuestionando abiertamente su intensidad psicológica.
La oscuridad deliberada en el nuevo largo Charli es una traducción sonora de esa lógica de posesión, repetición y violencia. La banda sonora, por un lado, desplaza temporalmente la narración: no suena estrictamente decimonónica ni puramente contemporánea, porque la historia también es perfectamente replicable en el presente. Por otro, intensifica el conflicto: los drones de cuerda y los patrones reiterativos convierten la relación entre Heathcliff y Catherine en un circuito obsesivo sin resolución clara.
Así, el álbum se construye sobre cuerdas en registro medio-grave, tratadas con saturación ligera y un campo estéreo relativamente estrecho que genera sensación de encierro. La voz de Charli aparece procesada (en una afinación en la cuerda floja) y las canciones crecen por acumulación de capas y por una deformación tímbrica que se consigue a través de loops distorsionados que van creando una montaña de elementos superpuestos. Tras la apertura, “Dying For You” y “Out Of Myself” parten de estructuras en cuatro tiempos con bombo profundo y caja comprimida, pero integran cuerdas en staccato que tratan de replicar la percusión convencional. Sin embargo, en “Chains Of Love” emerge una progresión armónica más definida y un crescendo reconocible, aunque la mezcla impide cualquier lectura sentimental complaciente. “Eyes Of The World”, junto a Sky Ferreira, endurece la textura mediante guitarras procesadas con distorsión granulada y sintetizadores sostenidos en frecuencias bajas; “Seeing Things” y “Wall Of Sound” exploran en profundidad esa repetición minimalista que puebla todo el trabajo: motivos reiterados con variaciones de filtro y dinámica que producen presión acumulativa más que desarrollo narrativo. El cierre, “Funny Mouth”, retoma los elementos iniciales (cuerdas tensas, percusión seca, tratamiento vocal áspero) con una estructura más narrativa, pero sin conceder una catarsis total. No todas las historias tienen moraleja.
Vivimos en la era del refrito. Otro remake de “Cumbres borrascosas” podría leerse como una confirmación de esa inercia industrial. A finales de los dos mil, Simon Reynolds ya diagnosticaba ese agotamiento de la idea de novedad y el giro sistemático hacia la retromanía como síntoma estructural de la cultura pop. Desde entonces, la lógica no ha hecho más que intensificarse. Ahora bien: ¿es realmente obligatorio que la música pop se reinvente constantemente para justificar su existencia? En una época dominada por lo que algunos llaman neofolclore, los grandes cortes históricos son escasos. “brat” (2024) funcionó como uno de aquellos, aunque también fuese, en el fondo, una cadena de apropiaciones: una británica reinterpretando a británicos que reinterpretaron a japoneses que reinterpretaron a estadounidenses. “Wuthering Heights” no constituye un reseteo cultural de esa magnitud. No inaugura una era ni clausura otra. Pero en su interior se percibe algo. Algo pequeño, casi microscópico. Pero algo es algo. ∎