EP

fakemink

The Boy Who Cried Terrified .EtnaVeraVela, 2026

Da igual los hijos espirituales que le salgan a Dean Blunt. A todos termina pasándoles lo mismo: que sufren mucho para pasar de ese estado gaseoso original que heredan del fundamental artista británico a una forma más o menos sólida. Le ha pasado a bar italia desde un ámbito guitarrero completamente diferente, y en cierto modo está sucediendo con toda una escena rap que puede retrotraerse hasta Babyfather –el proyecto con el que Blunt subvirtió el hip hop a mediados de la década pasada– y que se ve reforzada conceptualmente por el slop algorítmico en el que vivimos inmersos con demasiada intensidad desde los días de la pandemia.

De los raperos británicos que subsisten en la actualidad fuera de la movida drill, un movimiento fugaz que ha terminado confundiéndose en el entramado de operaciones especiales de las majors y cuyos números reproducen con peligrosa exactitud las teorías del internet muerto –más de la mitad de la interacción, básicamente, proviene de bots–, y aun derivando de ella como en el caso de EsDeeKid o Fimiguerrero, solo los que han decidido exponerse más desde el principio tienen hoy contratos firmados con sellos importantes, como pasa con Jim Legxacy, que lanzó en 2025 “black british music (2025)” en XL y ha sido apadrinado de algún modo por Dave, todo un clásico contemporáneo del UK rap. Y da igual que vengan también de la órbita Dean Blunt: John Glacier es una de las colaboradoras más importantes de uno de los productores de cabecera de su círculo, Vegyn, y con su actitud ligeramente más extrovertida se ha hecho un hueco en la casa Young. Ellos están a otra cosa.

El resto son como grupos imposibles de encontrar en Telegram o chats del Discord profundo, como perfiles ocultos de alguna red social, hilos enterrados en alguna página web codificada: parte de algo que cuesta entender, aislar y al mismo tiempo unificar; un slop de bases saturadas, voces que supuran aceite púrpura de sintetizador, influencias afrodiaspóricas –Jamaica y Nigeria especialmente–, distorsión post-plugg, ecos de la música de James Ferraro, frases muchas veces inconexas que configuran sobre todo un profundo lore personal o términos derivados de la comunidad gamer –el mejor: aura farming– y microfragmentos que conectan con la fugacidad del scroll infinito y los bucles de vídeos cortos que se han convertido en el ingrediente principal de la dieta de entretenimiento para gran parte del personal. Y claro, sus incursiones en la cultura popular, apareciendo prácticamente de la nada, desde esa especie de agujero negro online, son cuando menos curiosas. ¿Quién es ese tal EsDeeKid que ahora resulta que puede ser Timothée Chalamet?

El caso de fakemink, sin embargo, es particular: su explosión, además de viral –coincidiendo con el lanzamiento de una “Easter Pink” (2025) que aprovechaba el tirón revivalista del electroclash al mismo tiempo que actualizaba con inteligencia el sonido de Kanye West y Kid Cudi en la época de “The College Dropout” (2004), “808s & Heartbreak” (2008) y “Man On The Moon: The End Of Day” (2009)–, ha tenido una atención más especializada, con perfiles en revistas de postín y actuaciones en festivales importantes, y eso lo que en cierto sentido lo ha ido empujando, poco a poco, pero especialmente a lo largo del año pasado, a la primera línea. “The Boy Who Cried Terrified .” es su primer lanzamiento después de confirmarse definitivamente como la bandera principal de este nuevo rap británico posdigital, la antesala además a su primer disco –un “Terrified” que llegará este año y que tiene la difícil tarea de retener la frescura de una mixtape, “London’s Saviour” (2023), que con el debido paso del tiempo se reivindicará como uno de los ejercicios más desacomplejados y originales del rap británico, prácticamente un reseteo cultural que para mí comparte filosofía con los discos de Hyperdub en los dos mil–. El problema al que se enfrenta fakemink, rapero de 21 años, es uno al que otros compañeros de generación como Jawnino han respondido dando la callada y recluyéndose aún más, con todo el derecho, en su mundo de fantasías digitales, shorts y números –y sonidos– de nicho: cómo pasar de ser un nombre más en una playlist, una de las sombras que proyecta la alargada figura de Dean Blunt, un conjunto masticado de beats agresivos, a un rapero superventas al que paran por la calle.

“Blow The Speaker .”, en este sentido, puede leerse casi como un manifiesto de lo que es conceptualmente la música de fakemink, algo explosivo diseñado para reventar los altavoces, con subgraves predominantes –“Can't hear you, gotta speak up / Turn the bass up, blow the speaker”–, pero que, por el contrario, adopta un sonido sorprendentemente limpio para él y, sobre todo, abandona sus espacios habituales para acariciar algo de hierba: “I only got my keys, no, I ain't got my phone”, rapea, antes de confesar lo mucho que adora el tacto de la lluvia. El fakemink que enfrenta 2026 es uno preocupado por su lugar en el mundo real, y que siente de verdad el estrés de los vuelos a Los Ángeles –esa ciudad que es “Hell-A” más que LA, habitada por “demonios”–, la presión que conlleva toda la expectación generada: “Made my own beats, now they calling me Yeezy / Young millionaire, man, I feel like Weezy”, dice en “Young Millionaire .” con su característico efecto vocal entre infantil y robotizado. Y la sensación no es la de alguien que esté presumiendo de nada, sino más bien la de un chaval que se está viendo superado y no entiende absolutamente nada, que “llora completamente aterrorizado” sintiéndose como en “El show de Truman” (Peter Weir, 1998). La elección de “Give It To Me”, de Michael Jackson y Slash, como base para el sample, refuerza un poco esa idea de juguete roto.

Para cuando llega “Dumb .” todo se ha descontrolado completamente, y el personaje parece haber consumido a la persona un poco a la manera del Marty Supreme de Josh Safdie, por seguir en el universo Chalamet. Ahora sí las producciones, especialmente una “Mr. Chow .” que encaja perfectamente en el canon del rapero, tan paralelo a lo que en EEUU hacen xaviersobased, OsamaSon o Nettspend, se distorsionan completamente y se adentran en una espiral febril de estimulantes fragmentos e insistentes juegos melódicos, como las imágenes de una fiesta que se suceden en la mente a hipervelocidad entre laguna y laguna, veladas siempre tras el sfumato que da la resaca. Y la narrativa personal de fakemink se convierte un poco en la pelea entre su pequeño demonio interior, ambicioso y confrontativo, y un chaval emocional y aterrorizado que está a gusto entre colchones de sintetizador como los de “Milk & Honey .”, que seguramente le recuerden una época feliz en la que creía que todas las respuestas a las preguntas del mundo se encontraban en un tema de Ye, y que solo tiene “espacio en su corazón para el amor, no para el odio”. Pero todo regresa esta vez a la quietud y a unas estructuras sorprendentemente más familiares.

Ante el delirio que debe ser crecer como una cadena de restaurantes que desborda las fronteras nacionales, alojarse en los hoteles de cinco estrellas más lujosos del mundo, fakemink responde dejándose llevar a veces, pero sobre todo con calma y una comodidad quizá necesaria para atreverse a dar el gran salto. También puede ser que ya nunca vuelva a sonar tan disruptivo como cuando salió de unas nuevas honduras de SoundCloud tras los confinamientos de la pandemia y que la opción haya sido optar por un sonido más ordenado, más limpio, más nítido y más comercial. Pero que termine este pequeño EP sampleando a Burial y a la vez refiriéndose a Frank Ocean en el mismo tema, “fml .”, en el que parece deconstruir en sus propios términos los tópicos que rodean a ese drill del que, de algún modo, emergen todos estos nuevos raperos, deja espacio a la esperanza. Él lo tiene claro: “Solo soy un chaval, no un dios, pero cuando hablamos de música, soy el jefe. Huelo como Kilian y todos estos tíos de aquí huelen a Hugo Boss”. ∎

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