Disco destacado

Man/Woman/Chainsaw

CannonballFiction-Universal, 2026
De toda la escena que ha surgido en los últimos años en torno a la sala Windmill, en el barrio londinense de Brixton, hay quien dice que Man/Woman/Chainsaw son lxs mejores. Eso es debatible, y aunque es cierto que este joven sexteto (cuatro chicas y dos chicos) tiene conexiones con Geordie Greep, black midi y Fat White Family, y un espíritu libérrimo comparable al de Squid y Black Country, New Road, su mayor valor es que, en realidad, no se parecen a nadie, y que esto es solo el principio.

El grueso de sus componentes se conoce desde los 14 años (ahora su edad media ronda en torno a los 21), llevan tocando juntxs media vida y eso lxs ha llevado a apuntalar un sonido imprevisible que, sin embargo, y como ellxs suelen remarcar, no busca lo raro por lo raro, sino que todo tenga un sentido. Si su primer EP “Easy Peazy” (2024) tiraba hacia un post-punk más ruidista, y extremo por momentos (producía Daniel Fox, de Gilla Band), su primer álbum apuesta en mayor medida por baladas de pop sobre relaciones, conducidas por la voz femenina, pero siempre hay algo que quiebra ese punto de partida y lo lleva a otro lugar.

Hay en Man/Woman/Chainsaw (un nombre que define a la perfección a la banda) un interesantísimo juego de dinámicas internas. Las voces se reparten entre Vera Leppänen, Billy Ward y Emmie-Mae Avery, y cada una de ellas parece encarnar un papel. Las dos chicas muestran su dependencia romántica de otra persona, aparentemente a tumba abierta, pero siempre aportando sutiles recursos poéticos que rompen con el cliché y abren el punto de mira. Ward solo canta tres temas en el álbum, más sucios y macarras, rollo la bella y la bestia. Claro que eso no es así de simple tampoco, pero esos tres cortes muestran una contraposición respecto a la línea general. De ellos, el mejor es “Goddam, Lizard Man!”, tercer corte, que, dentro de la narrativa del álbum, parece funcionar como la advertencia de un amigo diciéndole a la protagonista de los dos primeros temas (“Only Girl” y “Canyons”) que no se pille tanto, que ese hombre que muestra tantos encantos es, en realidad, un demonio que la va dejar hecha trizas. Y lo hace cantando como si fuera Nick Cave.

Control sin egos. Foto: Charlie & Charlie
Control sin egos. Foto: Charlie & Charlie
Hay un fascinante reparto del espacio de cada canción entre los diversos instrumentos. El sexteto nunca cede a la tentación del atropello o el caos. Tal vez por ser menos habituales dentro de este estilo art rock, cobran más protagonismo el violín de Clio Starwood y el piano de Emmie-Mae Avery, aunque sus formas de tocarlos tampoco son convencionales. Al escuchar cada tema, te da la impresión de que ellxs van siempre por delante delx oyente, que tienen muy clara la función de cada parte de la canción y que a ti solo te queda aceptar la invitación a unir la línea de puntos. Paralelamente a eso, tal vez solo sea casualidad que el dúo de productorxs elegido esté conformado por Seth Evans (varón) y Margo Broom (mujer transgénero), pero sin duda es ese otro factor más que contribuye a ampliar el espectro de una fluidez total sobre la propuesta.

Así que aquí tenemos a un grupo sin egos (no hay componentes que se impongan a lxs demás), joven, inteligente y muy divertido. Pero, por encima de ello, tenemos a un grupo que da la impresión de que podría hacer lo que quiera. Tienen temas más abruptos o vanguardistas, y otros que podrían ser increíblemente comerciales. “Still Angry”, por ejemplo, me la imagino cantada a voz en grito tanto por las fans de Wet Leg como las de Adele; hay otros momentos que me llegan a recordar a The Carpenters o ABBA y luego está ese enorme hit que es “Nosedive”, un bombazo de electro-pop bailable que recuerda la era dorada de DFA. ∎


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