Álbum

Martin

La insolaciónUniversal, 2026

“La insolación” es una novela de 1963 de Carmen Laforet algo menos conocida que “Nada” (1945). Sigue el despertar de Martín, un adolescente que encuentra en los veranos de un pueblo levantino una vía de escape a un entorno familiar opresivo, franquista y gris. Allí irrumpe en su vida la familia Corsi, un núcleo excéntrico y cosmopolita que encarna todo aquello que su mundo no le ofrece: libertad, sofisticación y una forma distinta de estar en el mundo. La novela avanza como una memoria en construcción, mientras la adolescencia aparece como un territorio atravesado por el deseo de huir, de entender y de pertenecer, pero también por la evidencia de que esa transformación nunca es limpia ni del todo luminosa.

“La insolación” también es el debut de Martin. Inspirado en la novela de Laforet, el exconcursante de ‘Operación Triunfo’ 2023 traza un relato autobiográfico alrededor de sus veranos. El vasco, que se llama igual que el protagonista del texto (con una tilde desplazada que, si no se pronuncia como es debido, lleva a sus acérrimos fans por el camino de la amargura), publica una suerte de texto cruzado: es, a la vez, el protagonista de la obra en primera persona, pero también un diario personal de su propia vida.

“Otro verano”, el tercer adelanto del trabajo y la segunda canción del disco, es el tema que más se asemeja a su propio concepto. En este, Urrutia salta de junio en junio, escribiendo algunas líneas sobre lo que más le ha marcado de cada uno de los veranos de su vida: “El verano de mis 15 años ya no pude regular mi temperamento (…) El verano de mis 16 años (…), la mirada de un chico en la playa se me queda grabada en la cabeza, y no sé si es pregunta o respuesta”, canta, mostrando esa adrenalina adolescente que acompaña su despertar emocional y personal. “El verano de mis 19 lo sabemos todos, está todo documentado”, prosigue, siendo consciente del entorno del que viene y de lo que le vio nacer como artista.

Sin embargo, la trayectoria de Martin sigue la estela de aquellos triunfitos que han querido desmarcarse olímplicamente del pop de fabricación en cadena y manufacturado que provoca que gran parte de los chicos y chicas que salen de ahí acaben con sus sueños frustrados. Es más cercano a Amaia que a Aitana, a Natalia Lacunza que a Lola Índigo, y a Juanjo Bona antes que a cualquier otro compañero de su edición. Pese a todo, hay algo diferencial en el proyecto de Urrutia, y es que todo su universo estético es puramente noventero: no en el sentido grunge, y tampoco podríamos hablar de Los Planetas. No hay Radiohead, no hay Portishead, no hay Björk. Hablamos de esas escenas dominadas por los fanzines, por lo naíf, por las letras infantiloides y por todo aquello que más tarde daría como fruto el término tontipop. Es La Buena Vida, Family y un poco del chicle de los primeros discos de La Casa Azul. De hecho, en “La insolación” se incluye una versión de “Nadadora”, perteneciente a la opera prima de Family “Un soplo en el corazón” (1994).

¿Cómo un chaval de 22 años ha podido recrear el espíritu de unos años del indie español en los que no había nacido? Tiene algo de truco: la dirección estética (producción, arreglos) es de Hidrogenesse. No estamos hablando de los Hidrogenesse modernos, de los que hicieron las canciones de Stella Maris y “Daniela Forever” (2025), sino de aquellos que hicieron el “Animalitos” (2007) y “No hay nada más triste que lo tuyo”. Así, “Nuevos recuerdos” tiene una estructura completamente caótica, colmada de beats lo-fi y segundas voces que se intercalan prácticamente de forma aleatoria. “Me han dado un bolígrafo” profundiza en ese sentimiento de escritura automática: “Me han dado un bolígrafo, escribo lo primero que pienso”, dice en los primeros versos, y se atreve incluso a cantar “tarará” como si la letra no estuviese terminada y tampoco hiciese falta.

“La insolación” se asienta precisamente en esa grieta donde la memoria analógica de los noventa se encuentra con la inmediatez del registro digital contemporáneo. Urrutia no solo rinde homenaje a una escena que no habitó, sino que la utiliza para validar su propio cuaderno de bitácora: tiene la textura de un fanzine autoeditado y la ligereza del chicle pop, pero late con la urgencia digital de quien necesita fijar sus recuerdos antes de que el sol del presente los desdibuje. No vaya a ser que alguien se olvide de él. ∎

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