“Red Dragon” arranca como una misa siniestra y radiofónica, con timbales tribales y bombos distorsionados, coros en UHF y un malévolo organillo. Es una forma de inducirnos el mood cultista y ritualístico, un poco “El proyecto de la Bruja de Blair”, que exige bucear en la discografía de SALEM: en los apenas quince minutos siguientes, la banda de Michigan –pionera del witch house en el ocaso de los dosmiles– da una muestra bastante exacta de lo que significa su sonido, convocando una bruma turbia, gótica y de aquelarre entre murmullos fantasmales; oxicodona y hip hop lobotomizado, y atmósferas shoegaze y melodías etéreas que recuerdan a la Elizabeth Fraser de Cocteau Twins.
Son tres vertientes que se relacionan sí o sí con las personalidades de los tres integrantes clásicos del grupo: John Holland regresa desde la ultratumba en “Snakes” o “Piggyhog”, en temas más terroríficos como “Vampyre” o incluso en puras hauntologías de found footage como “Hoodrych” y “Dirt”; Jack Donoghue vomita raps ralentizados, monstruosos y ketamínicos en “Tent” o en la pesadillesca “Salt lick”. Y Heather Marlatt –que abandonó definitivamente SALEM tras romperse su relación con Holland durante el hiato que mantuvo al grupo en completo silencio entre 2012 y 2020– permite que se rescaten dos temas donde es su voz la que comanda: la inanimada versión del “When You’re Gone” de The Cranberries que es “Withoutu” y la titular “Red Dragon”, colisión sideral de implosiones trap y ritmos choppeados, sintetizadores crepusculares, melodías dream pop y atmósferas etéreas que quizá es la que mejor sirve para definir lo que es el witch house y, en definitiva, lo que es el trío –ahora dúo– de Michigan.
Prácticamente todo son temas antiguos, enterrados, la gran mayoría pertenecientes a la etapa formacional de SALEM –entre 2006 y 2010– y editados oficialmente por primera vez e incluso terminados definitivamente ahora, que ven la luz compilados en una antología de treinta y un cortes publicada como complemento a una línea de ropa lanzada en colaboración con Supreme –expertos en sacar cultos al mainstream para comercializarlos: ya lo hicieron colaborando con Aphex Twin o My Bloody Valentine–. Tan solo cuatro temas nuevos actualizan el recorrido, los cuatro además bastante olvidables por no decir inacabados, como “Everyday”, y de los que quizá solo destaca verdaderamente el sintetizador de “Drive By”, que es como dejar escapar el aire poco a poco de un globo de helio. ¿Era necesario materializar así el legado de una banda que surge de la fantasmagoría, que siempre ha exigido para su entendimiento la devoción de un culto y cuya naturaleza es el misterio?
Hay, lógicamente, grandes momentos a lo largo de todo “Red Dragon”. Las guitarras slowcore de “You don’t have to be pretty anymore” no desentonarían entre el equipamiento de Kevin Shields. “$or3$” evoca ambientes trance con una épica emocional que todavía no ha encontrado un igual dentro de la genealogía witch house, y “Down2 da river”, con su atmósfera celestial y al mismo tiempo pesadillesca, podría haber sido un tema de Sunn O))) con John Maus en algún universo paralelo. También funeral –y excepcional– es la pieza de ambient “Hoer”, tremendamente contemporánea, aunque termine en un fantástico loop que no encuentra, por desgracia, continuidad. El triunfal apocalipsis vampírico de “Dirty poor”; la cascada de ruidos en la utopía digital de “OutsideDanNight”... Todas dan la pintura más o menos completa de una banda no solo influyente y fundacional, también adelantada a su tiempo y relevante hoy, y permiten acercarse como nunca antes a su repertorio, pero también desvelan demasiados detalles y disipan el aura mística. Es interesante que esta música esté de algún modo disponible de cara a la posteridad, quizá es hasta necesario. Pero también es de algún modo una paradoja porque rompe el embrujo de unas canciones que posiblemente siempre fueron reacias a ser descubiertas.
Más allá de esto, el disco no funciona como tal por su extensión larguísima, casi dos horas: hay momentos que son solo atmósferas y murmullos irreconocibles, igual que algo de relleno porque SALEM –como ya demostraron por ejemplo durante su última (y rarísima) actuación en el Primavera Sound 2025– siempre fueron capaces de lo mejor y de lo peor. Eran una banda de extremos, radical, y mucho más interesante por el sonido convocado que por las canciones en sí; cuando has escuchado el primer tercio de “Red Dragon” pocos detalles quedan por revelarse, y cada tercio restante, después, es un poco como volver a jugar la partida en New Game +. ¿Está pensado como un disco? En absoluto no, pero es que a nivel compilación, con el valor ilustrativo que se le presupone, tampoco está demasiado refinado y se acerca bastante a los bootlegs no autorizados hechos por los fans a lo largo de los años: se hubiera agradecido algo más de curaduría, una secuenciación cronológica, por ejemplo, o una división más clara por estilos o facetas.
Que la mejor “canción” aquí sea “Kin”, shoegaze saturado con alma post-rock y percusiones de trap industrial sin voces y sin letra, ajena a sus tres cabezas pero al mismo tiempo sumativo de las tres, probablemente sea el hecho más revelador de todos los que se derivan de “Red Dragon”: al final, la música, en esencia y trascendiendo los egos, era lo verdaderamente importante de SALEM. Y lo accesorio, solo formas de robarle la magia a la leyenda. ∎