Con sus dos discos de principios de los dosmiles, “Is This It” (2001) y “Room On Fire” (2003), The Strokes reescribieron el manual del rock de la década, pero desde entonces han ido dando tumbos: cada álbum es un intento de recuperar aquella chispa que casi nunca vuelve. Ha habido destellos sueltos, algún single, y “The New Abnormal” (2020) les devolvió algo de crédito, pero la sensación general es la de una banda que impresiona por lo que fue y decepciona por lo que hace. “Reality Awaits”, su séptimo LP y el primero en seis años, llega con todo el mundo pidiéndoles que salven el rock, y ellos responden con un disco raro e incómodo. El rock alza la mano en señal de auxilio y Julian Casablancas se limita a chocar los cinco.
Lo primero que se oye, y lo que supone un cisma, es el Auto-Tune. Julian, una de las voces más reconocibles del rock, se la tapa de arriba a abajo con el recurso estético más artificial que existe, canción tras canción. Quien haya seguido a los Voidz, su otra banda, la experimental y gamberra, ya sabe de qué va esto, y es que “Reality Awaits” suena al disco donde The Voidz se funden con The Strokes. Muchas veces está traído con algo de humor; otras veces es un chiste que solo entiende él mismo.
El disco se llama “Reality Awaits”, la realidad espera, y la portada la firma Richard Prince, un artista estadounidense que lleva décadas cogiendo imágenes que no son suyas (los anuncios del vaquero de Marlboro, por ejemplo, a lo que remite directamente la portada) y venderlas como obra propia, por cientos de miles de dólares y casi siempre entre demandas. Es el hombre que convierte la copia en arte y que se pasa la vida preguntando si algo es auténtico o prestado (recuerden el arte de “Sonic Nurse”, el álbum de 2004 de Sonic Youth). Julian, que a los 20 fue la cara del rock auténtico, de lo cool sin esfuerzo, a los 47 se disfraza con voz de robot en un disco sobre lo falso apadrinado por el pintor de lo apropiado. En una época en la que ya no se sabe qué es de verdad y qué lo escupe una máquina, el que vendía autenticidad ha decidido sonar de mentira: “Soy un parásito”, canta en bucle en “The Fruits Of Conquest”.
Pero tampoco es que se hayan reinventado. En el fondo siguen siendo los Strokes de siempre, las guitarras nerviosas de new wave, el bajo redondo, la batería seca, haciendo lo que llevan haciendo veinte años; lo que cambia es todo lo que ahora amontonan encima. “Dine N’Dash” coge esa electricidad de siempre y la enturbia a ritmo de post-punk; “Going Shopping” es un rock de crucero tropical y veraniego; “The Fruits Of Conquest” se escurre hacia el funk, y entre medias asoma más new wave, alguna balada que se tuerce y un moderneo raro para una banda que no parece entender que, en realidad, la realidad no espera a nadie. Por lo demás, las letras son las de un Casablancas izquierdista: “Psycho Shit” es una canción anti-imperialista y “Going Shopping” va de cómo el bienestar y las compras nos adormecen. Todos queremos hacer de este mundo un lugar mejor y también nos flipa poseer cosas. Algo de Ursula K. Le Guin se cuela en su discurso, mientras en “Lonely In The Future” hace de veterano que mira por encima del hombro a la chavalada de internet, y hasta le tira beef a Anthony Fantano.
“Reality Awaits” pide varias escuchas, como casi todos sus discos, y a ratos cuesta saber si está muy bien o si nos están tomando el pelo. La realidad espera, dice el título. Más bien, sigue avanzando sin que ellos se den cuenta. La realidad no espera. ∎