Estoy seguro de que, si no conocías a este colectivo antes, habrás pinchado en el enlace arqueando una ceja con curiosidad y recelo pensando que la Txaranga Urretabizkaia es eso: una txaranga. Una banda musical popular casi amateur que toca por las fiestas de los pueblos el himno del Athletic de Bilbao. Y habrás pensado: “¿Qué demonios pinta esto en Rockdelux? Pinchemos”.
Bien, pues creo que precisamente, y desde el mismo nombre que los representa, eso es lo que busca este combo mutante bilbaíno compuesto solo por metales (17 en la actualidad; mañana puede que más): sorprender, extrañar, divertir e incluso molestar (para hacerte pensar). Este no es un disco fácil. Quizá no sea ni siquiera un disco. Ceci n’est pas un disque, que dibujaría aquel.
Sí, quizá sea mejor definirlo como un objeto de arte, o como el producto de una de sus marcianas performances (en YouTube puedes encontrar hasta cien en las que versionan libremente desde Talking Heads hasta Devo). Porque de hecho así es: este doble LP con ocho temas (alguno cercano a los 20 minutos de duración) fueron compuestos para la exposición “Zortzia etzan” (“Tumbar el ocho” en euskera) presentada en la instalación sonora “Scala” en el Centro Internacional de Cultura Contemporánea Tabakalera de Donosti para la sonorización de su escalera de entrada. Durante más de tres meses, entre finales de 2023 y principios de 2024, se podía escuchar diariamente una de las once piezas creadas para sus ocho altavoces dispuestos en diferentes plantas en un espacio vivo y lleno de reverberaciones.
Para ello la Txaranga, fiel a su espíritu conceptual, libre y performativo, creó en vivo estos once temas en los que el octeto (para esta ocasión) experimentaba y jugaba con los sonidos generados por los propios visitantes del centro, con los materiales de la propia escalera y, claro, con sus instrumentos de viento (trompetas, saxos, clarinetes, tuba, y trompa). Aunque el resultado parezca improvisado, hay orden en este caos, como demuestran las partituras incluidas en el libreto, donde también se explican las intervenciones sonoras obtenidas en cada pieza desde la escalera, como en “Pomosordo”, donde utilizan las esquinas de la barandilla en forma de bola metálica como sordina de los instrumentos. O en “8” , donde el tempo, la afinación, el ritmo, los compases, las voces o la duración giran innegociablemente alrededor del número 8, a la par que en la instalación se proponía a la audiencia caminar al ritmo que sugiere el sonido mientras se intenta una coreografía montypythesca.
Este combo intergeneracional, abierto y autoregulado que crece cual monstruo multicéfalo a orillas del Nervión se siente, por su orientación claramente performativa, cercano al dadaísmo del colectivo Fluxus (compuesto por John Cage o Yoko Ono entre otros), pero también podríamos pensar al escucharles en las grabaciones más experimentales de Jim O’Rourke o a un Jon Hassell nacido en Basauri y pasado de vueltas. Sin duda son un ejemplo más de la inconformista cantera vasca de artistas poco acomodaticios que tienen su casa madre en el sello irunés que les publica, Bidehuts, hogar de Lisabö (con quienes colaboraron en su último disco, “Lorategi izoztuan hezur huts bilakatu arte”), pero que se extiende desde el propio IbonRG (miembro fundacional de la Txaranga), Aitor Etxeberria o Muxal hasta el sello especializado en música contemporánea y experimental de raíces vascas Hegoa (afincado en Londres).
Sin embargo la Txaranga va más allá. Las actuaciones en directo son el ADN del colectivo, donde cada aparición es una sorpresa tras un concepto y una apariencia diferente. Incluso esta obra ha saltado del centro cultural al LP y de ahí a una galería de arte, Aire, donde han presentado el disco en una exposición con las 200 portadas del disco reinterpretadas a mano por cada uno de sus miembros.
Aunque es difícil etiquetarlos, me atrevería a crear un nuevo acrónimo para ellos: INM. Intelligent Noise Music. Vamos a jugar con ellos a subvertir las etiquetas y versionar lo académico hasta la mínima expresión, como en el tema “Desmuntaturiko instrumentu baten zati guztiak aldi berean jotzen”, en el que desmontan un clarinete en las piezas más pequeñas posibles (y escuchas el proceso mecánico) para luego tocar una a una cada pieza y hacer sonar cada fragmento grabado desde un bafle diferente del sistema de sonido octófono instalado en la escalera de Tabakalera.
Al pasar esta locura de una grabación para ocho canales a una de estéreo, y en una versión más reducida, como reclamaba el formato de doble LP, sin duda se generó otra obra en el que la edición y la posproducción han jugado un papel fundamental; una especie de spin off que ahora cobra vida propia para hacer volar la imaginación lejos de la escalera de un centro cultural hasta el salón de casa de cada cual. En los últimos años han surgido muchos libros de diferentes productores musicales y cineastas (desde David Lynch a Rick Rubin pasando por Raül Refree) en los que se trata de explicar cómo ser creativo; cómo ordenar la imaginación. Quizá este “Zortzia etzan” sea un ejemplo más empírico y sugerente, menos pretencioso y poco ávido de sentar cátedra (salvo en cómo divertirse haciendo arte DIY) que permita a quien lo escuche y lo lea (las explicaciones de libreto son más que complementarias a la audición) pensar en crear libremente sus propias obras. Como un ocho tumbado que señala el infinito. ∎