Enfrentando la vida. Foto: Alfredo Arias
Enfrentando la vida. Foto: Alfredo Arias

Entrevista

Ben Kweller, tragedia en tres actos: “Necesito creer en Dios. Es la única forma de sobrevivir”

El músico californiano afincado en Texas perdió a su hijo Dorian en febrero de 2023, en un triste accidente de tráfico cuando regresaba a casa de ver a un amigo. Tras varios meses sin poder coger una guitarra, Ben Kweller recuperó poco a poco el hábito de componer hasta reunir las canciones que integran su álbum “Cover The Mirrors”. El disco es un homenaje a su primogénito no en tono luctuoso, sino a modo de celebración de su corta vida. En una conmovedora conversación, el artista narra las últimas horas de Dorian y disecciona los detalles de este larga duración. También habla de sus primeros referentes en la música, su facilidad para tocar casi cualquier instrumento y su próximo reto: publicar el disco póstumo de su vástago.

ACTO I: LA MUERTE

Había sido un día ventoso en Dripping Springs, Texas, donde los Kweller tienen su granja, el rancho Heart Springs, pero a la hora de la cena la temperatura era agradable, de unos diecinueve grados, para un invernal 27 de febrero. Los cuatro se sentaron a la mesa: Ben Kweller (San Francisco, California, 1981), reputado cantautor de rock, afincado en Texas desde bebé, cuando su padre, que era doctor, encontró allí trabajo; también su esposa Liz y los dos hijos de ambos, Dorian, el mayor, y Judah. Mientras se servían la comida, Dorian, de 16 años, murmuró que después de cenar iría a casa de su amigo Dylan a patinar. Era lunes, plena semana lectiva, y Liz se puso algo seria: le indicó que debía estudiar para el examen del día siguiente. “Un comentario típico de madre”, recuerda Kweller. “Dorian dijo que lo sabía, pero que iba a quedar con su amigo igualmente”.

Tras el último bocado, Dorian cogió las llaves del coche y les dijo: “Os quiero”.

Como viven en el campo, las distancias entre una finca y otra son amplias. Aun así, “a las nueve de la noche normalmente estaba en casa”, dice Ben. Había quedado atrás esa hora y Dorian no regresaba. No quiso llamarlo: Liz había regañado al chico por no estudiar y reprenderlo ahora por llegar tarde le parecía castigo excesivo; en lugar de eso, buscó su localización en el móvil. “Vi que estaba en la carretera, volviendo a casa”. Liz, ya un poco inquieta, se quedó más tranquila. “Pero cincuenta minutos después seguía en el mismo sitio”, añade Ben. Al músico le dio un vuelco el corazón.

Fue a buscarlo. “Cuando giré una curva, vi luces de ambulancias, policía…”, evoca con una sonrisa resignada que desarma al periodista, cuyos ojos se humedecen. “Vi su coche entre los árboles. La puerta estaba arrancada. Y ahí supe lo que había pasado”.

“Oh Dorian”, vídeo dirigido por Ben Kweller.

Lo que había pasado lo supo por otra conductora, una chica que circulaba detrás de Dorian en un coche rojo. La mujer explicó que un autobús que avanzaba en sentido contrario invadió el carril del muchacho, obligándolo a efectuar un brusco desvío. Quizá por su inexperiencia al volante, Dorian perdió el control del coche y terminó saliéndose de la carretera. Los terrenos que la rodean son yermos, pero una inoportuna arboleda tapiza justo el margen de ese punto kilométrico. Allí fue a parar el renqueante vehículo. “Una rama atravesó el parabrisas y lo golpeó en la cabeza. Fue instantáneo. No sintió nada”, dice Ben.

El periodista se enjuga los ojos con torpe disimulo; no quiere que Ben vea su lástima. En cambio, ahí está el rockero, narrando minuto a minuto la muerte de su hijo con verbo fluido, sin rabia ni pena, más bien con paz: como si el simple hecho de hablar de Dorian mantuviera vivo al chico y le aportara cierta clase de postrera felicidad. En ese momento, como padre de tres chicas adolescentes, me pongo en su piel y me doy cuenta de que no estoy entrevistando a un músico de rock, sino a un hombre que ha perdido a su hijo. Y está contando al detalle cómo ocurrió.

“Para mí, la única forma de entenderlo es pensar que alguien dijo: ‘Tienes que venir con nosotros’. Fue algo muy extraño”, dice Ben. Se perciben notas de cristiana aceptación en su crudo relato. ¿Creías en Dios antes de aquella noche de 2023?, le pregunto. “Siempre he sido espiritual. Pero después de esto lo siento más fuerte. Ahora necesito creer. Es la única forma de sobrevivir”. No pensó en dejar la música pero admite que necesitó tiempo: “Dos o tres meses. Ni siquiera podíamos escuchar canciones. Porque en nuestra casa siempre escuchábamos música. Dorian amaba la música. Y si estábamos en el coche, intentábamos poner la radio, pero la apagábamos, porque era demasiado para digerir”.

Poco a poco fue recuperando el hábito de componer hasta reunir el repertorio de su álbum más reciente, “Cover The Mirrors” (The Noise Company, 2025). Dedicado a la memoria de Dorian Zev Kweller, el disco se publicó el día del cumpleaños del chico, el 30 de mayo.

ACTO II: EL DISCO

Casi tres años después del fatal accidente, Ben Kweller está en un hotel madrileño presentando “Cover The Mirrors”. Ha viajado a España con Liz, quien aprovecha la mañana de entrevistas de su marido para rastrear el centro de la ciudad en busca de galerías de arte, ya que estudió en The Fashion Institute Of Technology de Nueva York, aunque ahora apoya a su pareja en labores de marketing y trabaja en una agencia inmobiliaria. Grabar un álbum sobre tamaña tragedia familiar implica hablar de ello constantemente. Así se lo digo, y agrego que, por ese motivo, me resulta muy complicado entrevistarlo; no quiero que se disguste.

“Me siento afortunado de poder hablar de Dorian”, dice. “Me ayuda a curarme. Me ayuda a llorar. Hablar sobre aquello es lo mejor. Porque a veces encuentras a alguien, un extraño, y te pregunta: ‘¿Tienes hijos?’. Y respondo: ‘Sí, tengo dos niños, pero uno se murió’. A veces la gente no sabe cómo reaccionar. Es demasiado. Pero a mí y Liz nos encanta hablar de él. Sigue con nosotros, en un modo diferente. No físicamente”. Es entonces cuando me aventuro a destapar la caja de los truenos y me cuenta los pormenores del fatídico accidente.

“Me siento afortunado de poder hablar de mi hijo Dorian. Me ayuda a curarme. Me ayuda a llorar. Hablar sobre aquello es lo mejor. Porque a veces encuentras a alguien, un extraño, y te pregunta: ‘¿Tienes hijos?’. Y respondo: ‘Sí, tengo dos niños, pero uno se murió’”

Pasados los meses de negación de la música, Kweller se sentó al piano y compuso “Going Insane”, la canción que abre “Cover The Mirrors”. “Conduce en la noche sin importar la distancia, escudo familiar, cofre del tesoro”, dice la letra. El disco –cuyo título hace referencia a la costumbre de cubrir los espejos en jornadas de luto– rebosa tristeza pero también contiene trazas de esperanza. “Es algo natural”, afirma. “Siempre he sido optimista. Creo en la luz al final del túnel. Así es mi personalidad y así hago música”.

“Diría que el álbum tiene un concepto y es ese”, explica. “Pero cada canción es un pequeño dibujo. La composición es muy extraña, porque las canciones solo vienen a veces. Y, en ocasiones, no sé de qué tratan. En esos días, obviamente, estaba muy triste y desesperado. Pero a veces escribía algo feliz; no podía evitarlo. Todo surgió a través de perder a Dorian y querer estar con él”.

Dorian quería dedicarse a la música. La sangre del rock circulaba por sus venas y dejó muchas canciones grabadas en su ordenador. “Hacía música bajo el nombre de ZEV. Tenía seis temas terminados, aunque estaba trabajando en un álbum completo y en el ordenador había como cincuenta canciones”, dice Kweller. Una de esas canciones que el chico dejó en su computadora se titula “Trapped”; su padre la terminó y la ha incluido en “Cover The Mirrors”. “Es como una colaboración”, señala.

Contra la adversidad. Foto: Alfredo Arias
Contra la adversidad. Foto: Alfredo Arias

En algunas canciones habla de beber o escapar. “Es una metáfora”, aclara. “He disfrutado de drogas o alcohol en momentos de mi vida, pero la música es mi verdadera droga”. Aunque si hay un tema poco apto para corazones hiperestésicos es “Oh Dorian”: “Niño de cristal, doble Géminis (…) Nada como estar a su lado, ojalá pudiera verlo de nuevo (…) Oh, Dorian, ¿adónde fuiste? Oh, Dorian, por favor, házmelo saber. Oh, Dorian, mi mejor amigo. Pero no puedo esperar a estar contigo de nuevo (…) Desde que se fue, se nota en la cara de todos, nada es tan divertido”·

“Fue muy fácil escribirla”, revela. “Fue la última que compuse. Pensé que sería triste, pero salió feliz. Porque él era así. La escribí pensando también en sus amigos. Y en esa edad, los amigos son todo. Pensaba en todas nuestras amistades y en Liz y mi otro hijo, Judah”.

Un selecto puñado de colaboradores dejan su huella en el disco, como si estamparan su firma en un libro de condolencias: Waxahatchee, Coconut Records, The Flaming Lips, MJ Lenderman o el actor y bajista Chris Mintz-Plasse, a quien vimos de adolescente en “Supersalidos” (Greg Mottola, 2007). “La idea nació con ‘Dollar Store’. Escuchaba una voz femenina en mi cabeza. Pensé en Waxahatchee, le mandé la canción y dijo que sí. Después pensé en otros amigos. Porque la pérdida no es solo mía. Es de todos”, dice Kweller.

ACTO III: LA VIDA

El doctor Howard Kweller sigue pasando consulta de medicina general en la calle Wesley de Greenville, Texas. De aspecto imponente y ceñudo –alto, barbudo, escrutadores ojos rasgados–, parece el menos indicado para informarte de que padeces una enfermedad terminal. Tiene el galeno, sin embargo, un lado sensible que se expresa a través de su amor a la música. Toca la guitarra y canta, y fue quien enseñó a su hijo Ben a aporrear la batería cuando el crío solo tenía 7 años. Durante un tiempo, cuando colgaba la bata, tocaban juntos en casa versiones de The Beatles, The Hollies y Jimi Hendrix. Howard es, por cierto, buen amigo de Nils Lofgren, vecino del barrio, y la cercanía con el rockero multinstrumentista –miembro temporal de la E Street Band y también de Crazy Horse– supuso para el pequeño Ben otra importante revelación en su temprano descubrimiento del rock’n’roll.

“Mi primer recuerdo es escuchar ‘Magical Mystery Tour’ de The Beatles”, evoca ahora Ben. “Y ‘All You Need Is Love’. Tenía unos 8 años. Me puse a llorar. Miré el piano y dije: ‘Quiero hacer eso”. Y, efectivamente, aprendió a tocar el piano y comenzó a escribir sus propias canciones, al inicio sencillas como es de esperar en un preadolescente novato. En 1991, cuando tenía 10 años, Nirvana publicaron su célebre e influyente “Nevermind”, álbum que ayudó a Ben a moldear su forma de expresarse con la música y a manejarse con la guitarra. “Si The Beatles me hicieron escribir canciones, Nirvana cambió mi vida”, dice. Y luego estaba el country: “Crecí en Texas. Cada vez que entras en una tienda, suena country de fondo. Todo eso es lo que soy”.

“Mi primer recuerdo es escuchar ‘Magical Mystery Tour’ de The Beatles. Y ‘All You Need Is Love’. Tenía unos 8 años. Me puse a llorar. Miré el piano y dije: ‘Quiero hacer eso’... Si The Beatles me hicieron escribir canciones, Nirvana cambió mi vida... Crecí en Texas. Cada vez que entras en una tienda, suena country de fondo. Todo eso es lo que soy”

Ben Kweller sabe tocar piano, guitarra y bajo. “Todos los instrumentos del rock… y unas notas de violín”, dice. Y canturrea: “Happy birthday to you, happy birthday to you… Nada serio”. Pero más relevante que su destreza como intérprete es su estilo como compositor. Su música siempre suena honesta, aunque se mantenga alejada de los cánones supervendedores. “A veces he intentado sonar más comercial, aunque desde mi manera de entender ese concepto. En mi tercer álbum (se refiere a “Ben Kweller”, publicado en 2006 en ATO Records) toco todos los instrumentos y tiene un sonido más pop, al estilo de Tom Petty”, reconoce.

A los 9 años ya tenía un pequeño repertorio de temas de su cosecha… Como su hijo Dorian. Se presentó a un certamen de composición de la revista ‘Billboard’ y recibió una mención especial. A los 12 formó su primera banda, Radish, un trío que grabó un par de álbumes independientes. Ben envió a Nils Lofgren un ejemplar del segundo disco de Radish, “Dizzy” (Autoeditado, 1995), y el músico y vecino quedó tan impresionado que movió los hilos para que su productor, Roger Greenawalt, les grabase un tercer disco, “Restraining Bolt” (1997), que publicó el eminente sello Mercury y brindó a la joven banda –Ben contaba entonces 16 años– inesperadas apariciones en programas de televisión nacional como los de Conan O’Brien, David Letterman y “Weird Al” Yankovic. Fueron teloneros de Faith No More y tocaron en el festival de Reading de aquel año.

Grabaron otro álbum que no se publicó –Mercury fue absorbida por Universal– y en 2000 Ben se trasladó a Nueva York con el amor de su vida, Liz Smith. En la Gran Manzana deberían de lloverle oportunidades, probablemente pensó. Se ganaba la vida ofreciendo conciertos acústicos y grabó cuatro EPs. Entró en los radares de artistas de enjundia: Evan Dando, Jeff Tweedy, Juliana Hatfield y Guster se lo llevaron de gira.

Canciones que curan... Foto: Alfredo Arias
Canciones que curan... Foto: Alfredo Arias

A partir de 2002 empezaron a ver la luz sus álbumes en solitario. Solo dos de ellos, “On My Way” (RCA-ATO, 2004) y “Changing Horses” (ATO, 2009), consiguieron colarse entre los cien más vendidos en Estados Unidos, lo cual no es mucho decir. A pesar de su escaso éxito, Kweller cuenta casi desde el principio con una sólida base de fans y excelentes relaciones con sus compañeros de profesión, entre quienes es muy querido. Con todo, un extraño incidente en el que estuvo a punto de morir toda la familia le apartó de la música durante cinco años: en 2013, durante unas vacaciones en México, sufrieron una severa intoxicación por monóxido de carbono.

Así lo relató a ‘Nashville Noise’: “En medio de la noche, Lizzy se despertó y dijo: ‘¡Ben, levántate! Algo anda mal, me siento fatal’. Salté de la cama de inmediato y me desplomé en el suelo. Instintivamente, nos arrastramos hasta la puerta principal y la abrimos. El aire fresco entró a raudales en la cabaña. Llamé al 911. Sacamos a los niños de la cama, intentando despertarlos a sacudidas, y logramos sacarlos a todos afuera. Los niños lloraban y perdían el conocimiento intermitentemente; era como una escena de una película de terror. Cuando llegaron las ambulancias, nos hicieron análisis de sangre y dijeron que nuestros niveles de monóxido eran tan altos que estábamos a quince minutos de no despertar… Pasamos el día siguiente en el hospital con oxígeno puro y los días posteriores nos sentíamos letárgicos y con la mente en blanco. Cuando volvimos a casa, yo era un zombi incapacitado. Le dije a mi equipo que cancelaran todo. Estaba harto”.

“Me gustaría reunir las quince mejores canciones de mi hijo. Es divertido, porque he sido un artista toda mi vida y he estado escribiendo temas, publicando música y tocando en el escenario tantos años que acumulo mucha experiencia. Me siento afortunado de poder hacer realidad el sueño de Dorian, y que me resulte sencillo”

Afortunadamente, ha lanzado dos discos después. “Mi vida entera han sido nuevos inicios”, dice. Mientras otros artistas cambian a lo largo de su carrera, Ben Kweller se ha mantenido fiel a un sonido. “No por elección: es lo que soy. Lo más importante para mí es que las melodías y las letras sean lo más auténticas posible. Me gustaría escribir un diario, es una idea romántica, pero no lo hago; las canciones son mi diario”.

“Cover The Mirrors” no ha entrado en listas de ventas. Su agenda de conciertos, en cambio, suele estar repleta: tras recorrer su país, acaba de girar por Europa y el Reino Unido y en julio tocará en Australia. “Para los fans es algo muy emotivo: todo el mundo tiene su propia pena, su propia pérdida. La música les toca de una forma personal y catártica”.

Y ya sabe cuál será su próximo proyecto: “Si pudiera montar el disco de Dorian sería genial”, dice con una mezcla de orgullo y dolor. “Me gustaría reunir sus quince mejores canciones. Es divertido, porque he sido un artista toda mi vida y he estado escribiendo temas, publicando música y tocando en el escenario tantos años que acumulo mucha experiencia. Me siento afortunado de poder hacer realidad el sueño de Dorian, y que me resulte sencillo. Seguramente, cuando vuelva a casa la semana que viene me meteré en el estudio y me pondré a ello”. ∎

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