Cali, reducto salsero para siempre.
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Informe

Cali, la memoria de la salsa en el mundo

La salsa podría considerarse el primer género global de música latina. Antes de la revolución del urbano y el reguetón, varias décadas atrás, este ritmo causó conmoción mundial gracias a un grupo estelar de talentos que coincidieron en el tiempo a mediados de los sesenta en Nueva York y, entre muchas otras hazañas, realizaron giras por África y Europa. Sin embargo, la historia del barrio de Harlem, del Bronx, del sello Fania y de sus míticas leyendas ha sido mil veces contada, con su auge y caída. Por eso resulta emocionante saber que a miles de kilómetros de distancia, en la ciudad colombiana de Cali, se ha tejido durante estas décadas una historia paralela, que ha conseguido que hoy la salsa sea protagonista y parte de la identidad sonora y cultural de esta ciudad. Esa es la historia del documental “La salsa vive”, de Juan Carvajal.

Tito Gómez, vocalista del Grupo Niche, llevaba más de 15 años dedicado a la salsa. Puertorriqueño afincado en Nueva York, tenía una trayectoria que ya lo había llevado por múltiples agrupaciones y proyectos. Empezó con La Sonora Ponceña y La Terrífica en su natal Puerto Rico. Luego tuvo la oportunidad de participar como cantante al lado del referencial Rubén Blades en la orquesta de Ray Barretto, e incluso fue uno de los músicos invitados a participar en la mítica grabación “Tomorrow. Barretto Live” (Atlantic, 1976). Grabó con Fania tres producciones, una de ellas como solista: “Para gozar borinquen” (1977). Aunque talento le sobraba, no llegaba a sobresalir entre toda la producción que hubo en esa época. Soñaba con ser uno de los grandes del género y para eso había intentado, durante años y por todos lados, encontrar una oportunidad que lo pusiera en las grandes ligas de la salsa.

Tito Gómez encontró una nueva vida en Cali.
Tito Gómez encontró una nueva vida en Cali.
La vida le tendría reservada esa oportunidad, pero no en Nueva York, sino a kilómetros de distancia, en una ciudad de Colombia, en Cali, donde un grupo de salsa en ascenso buscaba nuevos integrantes con urgencia. Su director, Jairo Varela, había sufrido una renuncia general de sus miembros por un desacuerdo en los pagos. En un viaje de Jairo a Nueva York, escuchó en vivo a Gómez y lo convocó de inmediato sin pensarlo dos veces. Embarcarse en esta orquesta y dar el paso trasatlántico a Latinoamérica obligó a Tito a alejarse de su esposa, quien nunca estuvo convencida de mudarse a otro país, lo cual derivó en el distanciamiento de la pareja. El primer single de esta nueva etapa del Grupo Niche con la nueva incorporación del vocalista fue la canción “Cómo podré disimular”, que Tito grabó entre lágrimas en el estudio, destrozado por alejarse de su amor: “Cómo podré disimular, si tu recuerdo me hace daño, llevo una pena tan honda, que no puedo ya ocultarlo”. La historia del coste emocional que significó para Gómez mudarse a otro país para tener una oportunidad de oro en el mundo de la salsa ha quedado plasmada en esta canción del álbum “Tapando el hueco” (Zeida, 1988), que hoy es uno de los grandes clásicos del género y del Grupo Niche, nada menos que la orquesta de salsa más importante de Colombia.

De alguna manera, la historia de Tito Gómez y esta canción retrata cómo el epicentro de la salsa había cambiado. A mediados de los años ochenta, mientras la euforia de la salsa quedaba atrás en Nueva York, otras ciudades tomaban el testigo y se apropiaban de esta música y hacían de esta su identidad. Es el caso de Caracas o Lima. Y en Colombia, la ciudad de Cali configuró su personalidad y su cultura alrededor de la salsa. Un proceso que empezó muchos años atrás y se mantiene al día de hoy, al considerarse Cali una auténtica capital del género.

Grupo Niche con Tito Gómez a la voz: “Cómo podré disimular”.
La manera en que esta ciudad adoptó la salsa y la convirtió en alma y cultura identitaria por encima del tiempo, de tendencias y picos de popularidad se cuenta en el documental “La salsa vive” (2025) del realizador Juan Carvajal, quien se ha dado a la tarea de contar cómo este género está hoy presente en un ecosistema de melómanos, coleccionistas, bailarines, músicos, orquestas, academias de baile, fotógrafos, empresarios, investigadores y demás gestores culturales, interesados en mantener viva una cultura alrededor de este género. Nueva York juntó las diferentes músicas caribeñas y las amplificó. Cali se convirtió en guardiana de esa memoria grabada y la convirtió en práctica cotidiana. En una nació el lenguaje. En la otra se volvió rutina afectiva. Comparten algo esencial: resiliencia y orgullo de barrio”, afirma Carvajal sobre cómo logró Cali tomar el relevo de este género. Este realizador caleño es el fundador y director del Colombian Film Festival de Nueva York y ha vivido entre las dos ciudades: “Entendí que mi vida estaba partida en dos pulsos: la ciudad donde la salsa se nombró y la ciudad donde sigue respirando a diario. De ese doble latido nace mi mirada”.

Para defender esta teoría, “La salsa vive” se ha valido de un repertorio estelar de figuras del género, que son entrevistados a lo largo del documental, siendo Rubén Blades quien conduce el hilo narrativo. La presencia del astro panameño sirve para intentar explicar por qué la salsa en Nueva York, aunque entró en declive, cumplió luego un papel integrador en Latinoamérica al ser un territorio en el que convergen situaciones sociales de la misma índole.

Tráiler del documental “La salsa vive” (2025), del realizador Juan Carvajal.
Otras luminarias salseras comparten en primera persona sus impresiones sobre lo que significó para ellas llegar a Cali. Es el caso de Henry Fiol, quien recuerda de manera nítida su primera visita a esta ciudad de Colombia: “Yo fui a Cali por primera vez en 1980. En aquel entonces el gobierno colombiano obligaba a realizar una presentación gratuita para el pueblo. Había miles y miles de asistentes y yo no estaba esperando una cosa así. Cuando terminamos el concierto, brincaron encima del carro a la salida. Fue como la llegada de The Beatles”. Samuel Formell, percusionista y director musical de Los Van Van, rememora: “No se me olvida cuando trabajé por primera vez en el Teatro Jorge Isaacs de Cali, y vi cantar las canciones en el teatro entero. Mi padre estaba vivo todavía. Sentí que este trabajo que mi padre había hecho por tantos años había tenido un lindo resultado aquí en Cali”. Al hablar de su padre se refiere a Juan Formell, fundador de Los Van Van, una de las orquestas más míticas de Cuba. Ángel Lebrón, compositor y arreglista de Los Hermanos Lebrón, también se suma a las memorias de su llegada a Colombia: “Nosotros entramos por primera vez en 1970 a Buenaventura; los únicos colombianos que conocíamos en Nueva York eran blancos, y cuando llegamos a Colombia vimos a todos esos negros y dijimos ‘se parecen a mamá, se parecen a la tía’. Nos sentimos en familia”.

Sin embargo, el personaje más especial para Juan Carvajal es la leyenda salsera Larry Harlow, que aparece a través de fragmentos de archivo y de quien asegura que fue su inspiración para rodar el documental: Lo conocí apenas llegué a Nueva York. Tocó un par de veces en el Colombian Film Festival y nos hicimos amigos. Conversábamos horas sobre lo que pasó en los sesenta y setenta, sobre todo qué había sido de la salsa en esta ciudad. El proyecto, de hecho, iba a llamarse ‘Lamento de un guajiro’. Tras su fallecimiento decidí viajar a Cali y empezar de cero. Lo que encontré allí fue un mundo vivo que hoy es el que está en la película”.

Influyente Larry Harlow, personaje especial para Juan Carvajal.
Influyente Larry Harlow, personaje especial para Juan Carvajal.
Las visitas recurrentes de artistas internacionales a la ciudad de Cali, tal como estas voces constatan, pueden considerarse uno de los puntos de inflexión y de apasionamiento por la salsa en esa ciudad. Un terreno que ya venía siendo abonado desde décadas atrás por la fascinación de la música cubana transmitida en la radio caleña de los años cincuenta, así como el auge del cine mexicano de la época de oro que exhibía películas del género rumberas, con figuras como Ninón Sevilla o María Antonieta Pons, quienes protagonizaban escenas de baile tropical y antillano.

Sonido bestial

Pero son las actuaciones de Richie Ray y Bobby Cruz en 1968 y 1969 en la Feria de Cali –evento que se realizaba a finales de diciembre, después de Navidad y que puede considerarse el evento canónico donde se celebra la salsa cada año– lo que marca un antes y un después. Gracias a estas visitas empieza a crearse una comunión por los conciertos salseros, que continuó en 1972 con Ismael Miranda, Óscar d’León en 1975, Joe Quijano en 1976, el legendario Héctor Lavoe en 1977, Rubén Blades con Willie Colón en 1978, Los Hermanos Lebrón y el gran Eddie Palmieri en 1979, Fania All Stars en 1980 y muchas visitas más, tal como atestigua el investigador Alejandro Ulloa en el documental.

Anuncio de la actuación de Richie Ray con Bobby Cruz, en 1968, en la Feria de Cali.
Anuncio de la actuación de Richie Ray con Bobby Cruz, en 1968, en la Feria de Cali.
Cali empieza a atesorar episodios memorables y a generar sus propias leyendas, que fueron alimentando esa fama de “capital mundial de la salsa”. Allí vivió durante una temporada Héctor Lavoe por cuenta de un empresario de conciertos llamado Larry Landa, quien en nombre de la amistad que los unía quiso cuidarlo y mantenerlo lejos de sus adicciones, no sabemos si logrando el efecto contrario. El mismo Larry Landa, que se considera uno de los propulsores la industria musical salsera de la ciudad, es quien crea un carnaval en una ciudad contigua llamada Juanchito conocida en los ochentas por sus megatemplos de discotecas salseras, por donde desfilan gran cantidad de estrellas para presentarse ante los habitantes del lugar a plena luz del día de forma gratuita. Hay quienes recuerdan haber visto a figuras como el maestro Johnny Pacheco, Rey Reyes, Pedro Conga, Roberto Torres o Pete “El Conde” Rodríguez, entre muchos otros. En YouTube es famoso el vídeo de la mayestática Celia Cruz cantando “Burundanga” con La Sonora Matancera bajo un árbol donde se montaba la tarima al aire libre.

“Burundanga” con Celia Cruz y La Sonora Matancera (al aire libre en Juanchito, al lado de Cali).

La literatura también se hizo eco de este frenesí. A mediados de los setenta, la fiebre por la salsa se había extendido por toda Latinoamérica y, en todo este paisaje, Cali ocupó un lugar protagónico. Es retratada como el epicentro de un movimiento social y cultural en el libro “¡Que viva la música!” (Colcultura, 1977) de Andrés Caicedo, un genial autor que se suicidó a los 25 años y dejó como única obra esta novela que cuenta la historia de una joven caleña de clase alta llamada María del Carmen Peralta, que inicialmente se muestra muy seguidora del rock pero, poco a poco, se va desclasando y sumergiéndose en la Cali profunda para entregarse por completo al disfrute de la salsa.

“¡Que viva la música!” muestra a la salsa como un género revolucionario, que deja atrás el relato de las élites conservadoras de Cali que veían una amenaza en estos ritmos que ponían en riesgo la estabilidad cultural de la ciudad. En una reciente edición de la novela que incluyó diversos prólogos, el escritor Jaime Manrique dice: “La novela es al mismo tiempo un ataque demoledor y feroz de lo que Caicedo llama ‘el sonido paisa’ de la aburguesada y mediocre cultura colombiana de esa época. La forma en que sus jovencitos caleños drogadictos abrazan la salsa y los géneros afrolatinos de la música innovadora y vibrante de Puerto Rico y Nueva York, una música moderna que competía en su originalidad, fuerza y radicalismo con lo mejor del rock en los años sesenta, es un repudio a la hipocresía, corrupción y mediocridad de las instituciones colombianas”. Estamos hablando de una obra literaria que en su discurso social es equiparable –y coetánea– a “Siembra” (Fania, 1978) de Willie Colón y Rubén Blades.

Los referenciales “¡Que viva la música!” (Andrés Caicedo, 1977) y “El imperio de la salsa” (César Pagano, 2018).
Los referenciales “¡Que viva la música!” (Andrés Caicedo, 1977) y “El imperio de la salsa” (César Pagano, 2018).

Sin embargo, “¡Que viva la música!” es quizá el único referente histórico del que no se vale Juan Carvajal en “La salsa vive”, al menos de manera explícita. Él mismo lo argumenta: “Su obra es fundamental, pero esta película decidió hablar desde la música y la gente que la practica hoy. Preferí que Caicedo estuviera como espíritu, en la fiebre de la ciudad, antes que como capítulo literario. Era una cuestión de foco: menos cita y más calle”.

Cali ají

Pareciera que llegados a este punto ya se hubiese tocado lo más interesante de esta historia (y de este documental), pero lo cierto es que aún podría considerarse todo lo anterior el preámbulo a la era más apasionante de la salsa caleña, nada menos que el apogeo de la producción musical local. No solo la salsa caleña merece capítulo y documental aparte, sino que la ebullición de orquestas y agrupaciones locales –se llega a estimar que durante los años ochenta y mediados de los noventa llegaron a existir cerca de cien agrupaciones, según la información de “El imperio de la salsa” (Icono, 2018), del autor César Pagano– convierten ahora sí a Cali en el lugar donde había que estar para prosperar en el género.

“Mientras iban cayendo las cosas en Nueva York, Cali se mantuvo y el ambiente de Cali me envolvió. A pesar de que mucha gente me criticó y decía que yo debía estar en Nueva York, yo preferí quedarme en Cali”, afirma el pianista y compositor peruano Alfredo Linares, a quien esta ciudad le cambió la vida. Llegó a Cali para hacer una presentación en calidad de artista de latin jazz, para consagrarse años más tarde como leyenda salsera, una vez asentado allí.

También a Alfredo Linares le cambió la vida Cali.
También a Alfredo Linares le cambió la vida Cali.
El caso es que esta ciudad no solo se dedicó a recibir lo mejor de la élite salsera a nivel mundial, sino que se estimuló e inspiró para hacer su propio cancionero y para ver nacer sus propias figuras. La cúpula salsera caleña estuvo encabezada por La Misma Gente, La Suprema Corte, La Orquesta Internacional, Son de Azúcar, Anacaona, Yerbabuena o The Latin Brothers, la orquesta a la que perteneció Piper Pimienta. Por encima de todas ellas, fuera de toda liga, estaban Guayacán Orquesta y Grupo Niche, orquestas que son las más importantes del país y que han dejado una huella en la ciudad imposible de ignorar apenas se llega allí.

Grupo Niche empezó como un proyecto en el que la salsa adquiriría una nueva denominación de origen al incorporar el espíritu y los sonidos del Chocó, un departamento de la Región Pacífica de Colombia donde el noventa por ciento de la población es afrodescendiente. “Niche” es una forma cariñosa de llamar a alguien de color negro. Cali los adoptaría como propios y, desde 1981, su lista de éxitos se hizo interminable. Como dato curioso, una de las cumbres de este grupo podría considerarse justamente su presentación en el Madison Square Garden de Nueva York en 1986.

Gran parte del repertorio de Grupo Niche es un cancionero dedicado a esta ciudad y a toda la Región Pacífica: “Buenaventura y Caney”, “Cali pachanguero”, “Cali ají”, “Del puente pa’llá”, “La canoa ranchaa”, “Atrateño”, “Lamento guajiro”, “El movimiento de la salsa”, “Mi valle del Cauca”, “Mi pueblo natal” y otras tantas que hoy son himnos de la música caleña pero pertenecen también a la memoria popular de las fiestas colombianas, que hoy prenden cualquier festejo al llamado de “si por la quinta vas pasando, es mi Cali bella que vas atravesando”. Aunque, claro, sus clásicos son de toda índole y muchos de ellos también románticos, como “Una aventura”, “Busca por dentro” o “Sin sentimiento”, mérito de la pluma de su líder y fundador, Jairo Varela, uno de los músicos y letristas más importantes del género, considerado un genio por todos.

Grupo Niche, en Cali, en 1989.
Grupo Niche, en Cali, en 1989.

Lluvia con nieve

A la mejor generación de la salsa colombiana le tocó convivir en espacio y tiempo con las épocas de apogeo del narcotráfico colombiano. En Cali, los más grandes capos fueron los del cártel de Cali, rivales directos del cártel de Medellín que lideraba Pablo Escobar. Fue determinante en el devenir de la salsa en la ciudad, pues hubo una inyección de dinero que terminó de pavimentar la industria salsera, también de inflarla y triplicar su influencia. “Los narcotraficantes de Cali eran muchachos de esa misma generación, de los de la vanguardia estética de los setenta, solo que mientras unos se van por esa vanguardia estética, otros se van por la delincuencia. Ellos tienen un ‘feeling’ por esa música. Primero por la vieja guardia antillana, por el bolero, y cuando entra la pachanga en los sesenta y el bugalú, la salsa también entró por ahí”, explica Alejandro Ulloa en “La salsa vive”, y sobre el momento en que ellos empiezan a poner sus narcodólares encima de la mesa agitando toda la escena musical de la ciudad, añade: “Cuando ellos ya tienen plata dicen ‘entonces tráiganme a La Sonora Matancera, es que a mí me gusta cómo cantan Celia Cruz, Daniel Santos, Nelson Pinedo, yo los quiero tener en mi fiesta, en mi casa, en mi barrio, en mi cumpleaños, en mi matrimonio. Tráelos en un vuelo chárter y llévamelos al hotel Intercontinental’”.

Sería mentir si no se aceptara que aquellos años fueron dorados. El ambiente de fiesta, la industria musical salsera, el talento artístico, el ecosistema de discotecas, bares y auditorios para tener una orquesta o conjunto a la hora que se dispusiera hicieron de Cali por esos años una “rumba” interminable en la que muchos ganaron. “Trabajo había para todo el mundo y todos los días. Si ganaba el Deportivo Cali, se tocaba; si ganaba el América de Cali, se tocaba. Por cualquier motivo se tocaba. Te llamaban un miércoles a las dos de la tarde que hay un evento a las siete. Fue una época de bonanza en la que solo tenías que cuidarte y tomar precauciones”, rememora en el documental Francia Elena Barrera, directora y cantante de la Orquesta Femenina D’Caché, que hoy se mantiene vigente y vivió estos años con intensidad.

Orquesta Femenina D’Caché, en 1992.
Orquesta Femenina D’Caché, en 1992.

Los líderes del cártel de Cali, los hermanos Rodríguez Orejuela, revolucionaron el mercado de la droga convirtiéndolo en un negocio global. Estados Unidos se les quedó pequeño, ya estaba demasiado saturado, así que idearon su expansión por Europa, asociándose con pares que se encargaron de la distribución por España, Italia, Reino Unido y Rusia. Mientras Pablo Escobar se llevaba todos los titulares y la popularidad por sus excentricidades y sus atentados terroristas, los hermanos Rodríguez Orejuela optaron por un modelo de más bajo perfil, caracterizado por tener muy buenas relaciones corporativas y sociales con políticos y empresarios de todo Colombia.

Fue finalmente este interés en codearse con miembros de otras esferas de la sociedad lo que los llevó a la ruina. Ernesto Samper, el presidente colombiano elegido en 1994, se vio implicado en uno de los escándalos más grandes del escenario político en décadas al descubrirse que su campaña a la presidencia recibió financiamiento del cártel de Cali. Las grabaciones que incriminaban a Samper conocidas como los “narcocasetes” y el proceso judicial en la Cámara de Representantes que se abrió para juzgar su culpabilidad conocido como el “Proceso 8000” causaron tal revuelo que, irremediablemente, derivaron en la captura de los miembros del cártel.

Ernesto Samper, en plena campaña electoral en 1994.
Ernesto Samper, en plena campaña electoral en 1994.
La crisis política nacional frenó de golpe la fiesta en Cali en 1995, cuando capturaron a los hermanos Rodríguez Orejuela. Aquel ambiente utópico de salsa y celebración a cualquier hora del día paró de repente, dejando un silencio atronador en toda la ciudad: “Cali se quedó así como en el viejo oeste, con una bola de heno, quedó así, perdida, abandonada, no había para donde ir, no había dinero, todo el mundo preocupado porque la gente venía con un ritmo de gastos y de repente eso se cayó. La economía se frenó”, comenta Heynar Alonso López, locutor y melómano, otra de las voces analistas invitadas a hablar en “La salsa vive”.

Prueba de fuego

Ernesto Samper nunca dejó la presidencia, siempre afirmó que “todo ocurrió a sus espaldas”. Algunos de sus colaboradores terminaron en la cárcel, pero al final resultó absuelto del juicio político. Se dedicó durante todo su mandato a defenderse y a proteger su legado. Quien no corrió la misma suerte fue Jairo Varela, el director del Grupo Niche, quien en 1995 fue apresado por enriquecimiento ilícito, lavado de activos y por recibir dinero del cártel de Cali. El documental rescata imágenes de archivo donde el músico intenta explicar qué ha pasado: “A mí me están condenando, creo, porque no conozco la resolución, por unos cheques que recibí, por unos adelantos para unos bailes del Grupo Niche en las casetas de Carnaval del Norte, y yo creo que si se trata de artistas todo el mundo sabe que fueron muchos los ingresos, lo cual no es condenable porque todo el mundo está en su derecho al trabajo. Y pues lo mío es lo malo”.

Las desgarradoras imágenes de Jairo Varela tras las rejas rescatadas en “La salsa vive” son un retrato de aquella época en que se veía el desmoronamiento de esa etapa del narcotráfico y cómo eso intentaba arrasar con uno de los genios de la música colombiana. Sin embargo, allí, lejos de hundirse, se le vio ensayando con su orquesta. Sus integrantes no lo abandonaron y lo visitaron constantemente. Allí siguió componiendo. En una famosa entrevista de archivo que usan en el documental, Jairo relata: “Yo hice un tema a raíz de mi estadía en el penal que se llama ‘Prueba de fuego’ y dice ‘defender un país con mis principios y mis ideales, defender una tierra no sé si ajena, valga la pena. Que aprendí a querer, porque terminar como yo entre cadenas, y un canto de amor acabe en tanto llanto. De que valió poner en alto mi bandera altanera, si el premio que recibo sin motivo es una larga condena. De que valió, me pregunto yo, mi bandera y mi emblema, si yo soy parte de la solución, no del problema’”.

Jairo Varela, en una entrevista desde la cárcel, en 1996.

“Prueba de fuego” es la canción que da título a uno de los tres álbumes que Jairo Varela compuso en la cárcel. A él siempre le pareció que su reclusión tuvo que ver más con problemas de racismo, pues las élites caleñas nunca aceptaron que una persona de su origen étnico pudiera tener tanto éxito. Meses antes de su captura, Varela había inaugurado en el oeste de Cali, el sector más exclusivo de la ciudad, una extravagante discoteca para 6000 personas llamada Disc Show Room, la cual llamó la atención de las autoridades y vecinos del sector. En la cultura popular quizá solo se le puede declarar culpable por haber puesto su poesía a disposición de la cultura narco. La letra de la canción “Mi hijo y yo” es un acróstico para José Luis Santacruz, otro destacado miembro del cártel de Cali.

Jairo Varela salió libre en 1999, el Grupo Niche nunca paró de sonar, siguió adelante contra todo pronóstico y sobrevivió aquellos años. ¿Cómo lo hizo? Juan Carvajal asegura de manera contundente: “Con canciones invencibles. Más allá del contexto, hay escritura, arreglos, disciplina de orquesta y una relación íntima con la ciudad. La obra de Varela, y la de muchos, se volvió patrimonio afectivo: la gente la canta porque la siente propia. Eso la sacó del ruido”.

La calle del Sabor

¿Qué pasa después de estos años? “La salsa sigue, sigue su curso, porque están los bailadores, está el sentimiento, está la memoria musical, están las colecciones discográficas, no se necesita la presencia de los narcos, y ya después de esto se vuelca la salsa sobre la ciudad”, asegura Alejandro Ulloa. La última parte de “La salsa vive” se centra en lo que vino después de esta etapa, es decir, el presente de Cali donde la salsa está en la cotidianidad, tal como asegura el músico salsero Álvaro del Castillo, exmiembro de Grupo Niche, hoy con una destacada carrera solista: “Nos enamoramos con salsa, disfrutamos de lo que estamos haciendo con salsa, de la lavada de la fachada de la casa el domingo, de escucharla en el transporte, en bicicleta, moto o carro. La salsa en las calles de Cali es algo muy normal y muy popular”.

El baile, no solo como expresión habitual durante la fiesta sino como práctica académica y profesional, ha tomado un lugar protagónico en la ciudad. “Hay tres cosas en Cali que han hecho que la salsa no se muera. Los bailarines, los bailadores y nuestras orquestas. Los bailadores son los que conectan la salsa con el pueblo porque rumbean en las discotecas y hacen que otros se apasionen por la salsa”, dice el bailarín profesional Camilo Zamora.

La Calle del Sabor cierra cada viernes y sábado para que solo se baile salsa.
La Calle del Sabor cierra cada viernes y sábado para que solo se baile salsa.
De acuerdo con libro “El imperio de la salsa”, hacia 2010 existe en Cali “un número cercano a las doscientas academias de baile de salsa, que ha derivado en catorce mil bailarines profesionales que incluso brindan la posibilidad de exportar ese estilo a otros países. Esto se suma a espectáculos de alto nivel como la Carpa Delirio y el teatro permanente que ha inaugurado el más famoso bailarín de Cali, y tal vez de Colombia, Luis Eduardo ‘El Mulato’ Hernández, con su compañía Swing Latino”. Este maestro del baile aparece en “La salsa vive” contando el inicio de su escuela en el barrio popular San Pedro Claver y la manera en que muchos jóvenes del barrio se han vinculado al baile a través suyo viendo en esta práctica una opción de vida.

Hoy en día, la salsa en Cali es un presente cultural que se mantiene a través del barrio obrero como símbolo. En la memoria de lo que fueron las noches en las discotecas de Juanchito. En el registro fotográfico de décadas que pueden verse en el Museo de la Salsa. En la plazoleta y el Museo Jairo Varela como lugar de encuentro. En templos de baile como La Topa Tolondra, La Matraca, La Caldera del Diablo, Mala Maña, El Chorrito Antillano o la calle del Sabor, una calle que se cierra cada viernes y sábado para que solo se baile salsa, y la cual cierra el documental con gente que baila y canta de manera eufórica “Cali pachanguero”. También están las fuentes de soda, las casas y las esquinas donde un equipo de sonido convierte cualquier tarde en clase magistral. ∎

Recorrido del documental

La salsa vive” se prepara en 2026 para continuar su ruta de exhibición en festivales de cine en el mundo entero. Este mes de enero pasó por el Palm Springs International Film Festival, uno de los encuentros cinematográficos más importantes de Estados Unidos.

Durante 2025, el documental tuvo la oportunidad de estar en escenarios tan destacados como el festival South By Southwest de Austin, Texas, donde tuvo su estreno mundial. Después pasó por el festival de San Diego y más tarde llegó a su gran estreno en el Carnegie Hall de Nueva York. Ese día fue muy especial porque se encontraron por primera vez Rubén Blades y Henry Fiol, quienes son entrevistados en el documental, y, pese a llevar tantos años en el mundo de la salsa, no se conocían. Después la película siguió su periplo por el festival Internacional de Seattle, siguió para Guadalajara e incluso fue exhibida en el In-Edit de Barcelona.

En Colombia se convirtió en un caso particular. Rompió récords de taquilla con más de 24.000 personas entrando a ver un documental, algo que hoy en día no es nada fácil. Terminó siendo el documental más visto en Colombia en los últimos años. En los premios de cine locales Macondo, “La salsa vive” se llevó tres premios: mejor documental, mejor montaje y mejor sonido. ∎

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