La literatura también se hizo eco de este frenesí. A mediados de los setenta, la fiebre por la salsa se había extendido por toda Latinoamérica y, en todo este paisaje, Cali ocupó un lugar protagónico. Es retratada como el epicentro de un movimiento social y cultural en el libro “¡Que viva la música!” (Colcultura, 1977) de Andrés Caicedo, un genial autor que se suicidó a los 25 años y dejó como única obra esta novela que cuenta la historia de una joven caleña de clase alta llamada María del Carmen Peralta, que inicialmente se muestra muy seguidora del rock pero, poco a poco, se va desclasando y sumergiéndose en la Cali profunda para entregarse por completo al disfrute de la salsa.
“¡Que viva la música!” muestra a la salsa como un género revolucionario, que deja atrás el relato de las élites conservadoras de Cali que veían una amenaza en estos ritmos que ponían en riesgo la estabilidad cultural de la ciudad. En una reciente edición de la novela que incluyó diversos prólogos, el escritor Jaime Manrique dice: “La novela es al mismo tiempo un ataque demoledor y feroz de lo que Caicedo llama ‘el sonido paisa’ de la aburguesada y mediocre cultura colombiana de esa época. La forma en que sus jovencitos caleños drogadictos abrazan la salsa y los géneros afrolatinos de la música innovadora y vibrante de Puerto Rico y Nueva York, una música moderna que competía en su originalidad, fuerza y radicalismo con lo mejor del rock en los años sesenta, es un repudio a la hipocresía, corrupción y mediocridad de las instituciones colombianas”. Estamos hablando de una obra literaria que en su discurso social es equiparable –y coetánea– a “Siembra” (Fania, 1978) de Willie Colón y Rubén Blades.
Sin embargo, “¡Que viva la música!” es quizá el único referente histórico del que no se vale Juan Carvajal en “La salsa vive”, al menos de manera explícita. Él mismo lo argumenta: “Su obra es fundamental, pero esta película decidió hablar desde la música y la gente que la practica hoy. Preferí que Caicedo estuviera como espíritu, en la fiebre de la ciudad, antes que como capítulo literario. Era una cuestión de foco: menos cita y más calle”.
A la mejor generación de la salsa colombiana le tocó convivir en espacio y tiempo con las épocas de apogeo del narcotráfico colombiano. En Cali, los más grandes capos fueron los del cártel de Cali, rivales directos del cártel de Medellín que lideraba Pablo Escobar. Fue determinante en el devenir de la salsa en la ciudad, pues hubo una inyección de dinero que terminó de pavimentar la industria salsera, también de inflarla y triplicar su influencia. “Los narcotraficantes de Cali eran muchachos de esa misma generación, de los de la vanguardia estética de los setenta, solo que mientras unos se van por esa vanguardia estética, otros se van por la delincuencia. Ellos tienen un ‘feeling’ por esa música. Primero por la vieja guardia antillana, por el bolero, y cuando entra la pachanga en los sesenta y el bugalú, la salsa también entró por ahí”, explica Alejandro Ulloa en “La salsa vive”, y sobre el momento en que ellos empiezan a poner sus narcodólares encima de la mesa agitando toda la escena musical de la ciudad, añade: “Cuando ellos ya tienen plata dicen ‘entonces tráiganme a La Sonora Matancera, es que a mí me gusta cómo cantan Celia Cruz, Daniel Santos, Nelson Pinedo, yo los quiero tener en mi fiesta, en mi casa, en mi barrio, en mi cumpleaños, en mi matrimonio. Tráelos en un vuelo chárter y llévamelos al hotel Intercontinental’”.
Sería mentir si no se aceptara que aquellos años fueron dorados. El ambiente de fiesta, la industria musical salsera, el talento artístico, el ecosistema de discotecas, bares y auditorios para tener una orquesta o conjunto a la hora que se dispusiera hicieron de Cali por esos años una “rumba” interminable en la que muchos ganaron. “Trabajo había para todo el mundo y todos los días. Si ganaba el Deportivo Cali, se tocaba; si ganaba el América de Cali, se tocaba. Por cualquier motivo se tocaba. Te llamaban un miércoles a las dos de la tarde que hay un evento a las siete. Fue una época de bonanza en la que solo tenías que cuidarte y tomar precauciones”, rememora en el documental Francia Elena Barrera, directora y cantante de la Orquesta Femenina D’Caché, que hoy se mantiene vigente y vivió estos años con intensidad.
Los líderes del cártel de Cali, los hermanos Rodríguez Orejuela, revolucionaron el mercado de la droga convirtiéndolo en un negocio global. Estados Unidos se les quedó pequeño, ya estaba demasiado saturado, así que idearon su expansión por Europa, asociándose con pares que se encargaron de la distribución por España, Italia, Reino Unido y Rusia. Mientras Pablo Escobar se llevaba todos los titulares y la popularidad por sus excentricidades y sus atentados terroristas, los hermanos Rodríguez Orejuela optaron por un modelo de más bajo perfil, caracterizado por tener muy buenas relaciones corporativas y sociales con políticos y empresarios de todo Colombia.
Fue finalmente este interés en codearse con miembros de otras esferas de la sociedad lo que los llevó a la ruina. Ernesto Samper, el presidente colombiano elegido en 1994, se vio implicado en uno de los escándalos más grandes del escenario político en décadas al descubrirse que su campaña a la presidencia recibió financiamiento del cártel de Cali. Las grabaciones que incriminaban a Samper conocidas como los “narcocasetes” y el proceso judicial en la Cámara de Representantes que se abrió para juzgar su culpabilidad conocido como el “Proceso 8000” causaron tal revuelo que, irremediablemente, derivaron en la captura de los miembros del cártel.
Ernesto Samper nunca dejó la presidencia, siempre afirmó que “todo ocurrió a sus espaldas”. Algunos de sus colaboradores terminaron en la cárcel, pero al final resultó absuelto del juicio político. Se dedicó durante todo su mandato a defenderse y a proteger su legado. Quien no corrió la misma suerte fue Jairo Varela, el director del Grupo Niche, quien en 1995 fue apresado por enriquecimiento ilícito, lavado de activos y por recibir dinero del cártel de Cali. El documental rescata imágenes de archivo donde el músico intenta explicar qué ha pasado: “A mí me están condenando, creo, porque no conozco la resolución, por unos cheques que recibí, por unos adelantos para unos bailes del Grupo Niche en las casetas de Carnaval del Norte, y yo creo que si se trata de artistas todo el mundo sabe que fueron muchos los ingresos, lo cual no es condenable porque todo el mundo está en su derecho al trabajo. Y pues lo mío es lo malo”.
Las desgarradoras imágenes de Jairo Varela tras las rejas rescatadas en “La salsa vive” son un retrato de aquella época en que se veía el desmoronamiento de esa etapa del narcotráfico y cómo eso intentaba arrasar con uno de los genios de la música colombiana. Sin embargo, allí, lejos de hundirse, se le vio ensayando con su orquesta. Sus integrantes no lo abandonaron y lo visitaron constantemente. Allí siguió componiendo. En una famosa entrevista de archivo que usan en el documental, Jairo relata: “Yo hice un tema a raíz de mi estadía en el penal que se llama ‘Prueba de fuego’ y dice ‘defender un país con mis principios y mis ideales, defender una tierra no sé si ajena, valga la pena. Que aprendí a querer, porque terminar como yo entre cadenas, y un canto de amor acabe en tanto llanto. De que valió poner en alto mi bandera altanera, si el premio que recibo sin motivo es una larga condena. De que valió, me pregunto yo, mi bandera y mi emblema, si yo soy parte de la solución, no del problema’”.
“Prueba de fuego” es la canción que da título a uno de los tres álbumes que Jairo Varela compuso en la cárcel. A él siempre le pareció que su reclusión tuvo que ver más con problemas de racismo, pues las élites caleñas nunca aceptaron que una persona de su origen étnico pudiera tener tanto éxito. Meses antes de su captura, Varela había inaugurado en el oeste de Cali, el sector más exclusivo de la ciudad, una extravagante discoteca para 6000 personas llamada Disc Show Room, la cual llamó la atención de las autoridades y vecinos del sector. En la cultura popular quizá solo se le puede declarar culpable por haber puesto su poesía a disposición de la cultura narco. La letra de la canción “Mi hijo y yo” es un acróstico para José Luis Santacruz, otro destacado miembro del cártel de Cali.
Jairo Varela salió libre en 1999, el Grupo Niche nunca paró de sonar, siguió adelante contra todo pronóstico y sobrevivió aquellos años. ¿Cómo lo hizo? Juan Carvajal asegura de manera contundente: “Con canciones invencibles. Más allá del contexto, hay escritura, arreglos, disciplina de orquesta y una relación íntima con la ciudad. La obra de Varela, y la de muchos, se volvió patrimonio afectivo: la gente la canta porque la siente propia. Eso la sacó del ruido”.
“La salsa vive” se prepara en 2026 para continuar su ruta de exhibición en festivales de cine en el mundo entero. Este mes de enero pasó por el Palm Springs International Film Festival, uno de los encuentros cinematográficos más importantes de Estados Unidos.
Durante 2025, el documental tuvo la oportunidad de estar en escenarios tan destacados como el festival South By Southwest de Austin, Texas, donde tuvo su estreno mundial. Después pasó por el festival de San Diego y más tarde llegó a su gran estreno en el Carnegie Hall de Nueva York. Ese día fue muy especial porque se encontraron por primera vez Rubén Blades y Henry Fiol, quienes son entrevistados en el documental, y, pese a llevar tantos años en el mundo de la salsa, no se conocían. Después la película siguió su periplo por el festival Internacional de Seattle, siguió para Guadalajara e incluso fue exhibida en el In-Edit de Barcelona.
En Colombia se convirtió en un caso particular. Rompió récords de taquilla con más de 24.000 personas entrando a ver un documental, algo que hoy en día no es nada fácil. Terminó siendo el documental más visto en Colombia en los últimos años. En los premios de cine locales Macondo, “La salsa vive” se llevó tres premios: mejor documental, mejor montaje y mejor sonido. ∎