Nation Of Language y el disfraz. Foto: Pablo Macías
Nation Of Language y el disfraz. Foto: Pablo Macías

Festival

Canela Party, la alegría resiste

“Gentrifica tu culo, no mi barrio” era uno de los eslóganes del festival Canela Party, celebrado en Torremolinos entre el 27 y el 29 de agosto. La afluencia del festival se mantiene ligeramente al alza, y eso, con una jornada menos que en ediciones anteriores, parece que favorece a los organizadores del ciclo malagueño. Más todavía con un cartel especializado, para público conocedor, el mismo que ha vuelto a ser el mejor embajador de un festival único en su especie.

El festival Canela Party volvió a liarla a finales de agosto en el Recinto Ferial de Torremolinos, en una edición que se antojaba clave para sus promotores, que han hecho de la resistencia y la alegría –parafraseando a IDLES, pecaremos de obviedad– su sello de distinción. Resistencia porque la independencia financiera es dura, alegría porque la buena actitud es la tónica, tanto por parte de la organización como por parte de trabajadores y artistas. Con un día menos de conciertos, eliminada la primera jornada gratuita entendemos que para ahorrar gastos, el reto era y es seguir siendo autosuficientes. La respuesta por parte del público no ha podido ser más positiva: 16.500 personas sumando las tres jornadas y récord de asistencia media por día en la historia del festival. La fiesta de disfraces del sábado tiene un tirón innegable, pero recordemos que se trata de un festival de música, el leitmotiv principal reside ahí.

El complicado acceso del festival a la contratación de ciertos artistas o la mala suerte en el apartado cancelaciones –The Beths, Ditz o Getdown Services– podían haber disuadido al personal, pero no. Esa fidelización de públicos es producto del mimo que han puesto al evento durante años. Son rápidos: ante una caída de cartel dolorosa e in extremis como la de Unknown Mortal Orchestra, responden contratando a unos jovencísimos Friko que supieron aprovechar su noche. Era, sin duda, una edición para eso mismo: para descubrir. Confirmando en directo a debutantes como Man/Woman/Chainsaw, en el apartado nacional también era oportuno dar espacio al flamenco de Ángeles Toledano, tirar de artistas-fetiche como Carolina Durante o dar pista a FUET!, sin dejar de contentar al público hardcore-metal que los vio crecer. Deafheaven, Speed o Upchuck podían hacerlo con nota alta, y así ha sido.

En esa vida paralela que vivimos en las redes sociales, este año hemos podido observar cómo el festival se vio envuelto en polémicas directamente ridículas, como la idoneidad o no de la fiesta de disfraces. Disfraces y confeti identifican al Canela Party, que puede presumir de ser el único festi en que las bandas vienen a ver al público. La otra discusión tenía que ver con la zona Gromenauer de pinchadiscos, y en ella se abordaba un tema más serio como es la profesionalización de las sesiones de DJ, que incluso en una cita de estas características, basada en la autogestión, quizá en algún momento se tendría que revisar. Ahora bien, dada la trayectoria y espíritu del festival no es posible imaginar mala fe por parte de la organización a la hora de promover este espacio. Pretender hacer ver lo contrario sería injusto. Isabel Guerrero

Jueves, 27 de agosto

La jornada inaugural del Canela Party fue en jueves, y qué jueves: para no pocos era el día fuerte del festival. Del plantel internacional sobresalían bandas como Basement o Man/Woman/Chainsaw, aunando veteranía y espíritu principiante. Y del panorama nacional teníamos a Me And The Bees, que abrieron el escenario Fistro con puntualidad e ilusión: son una banda amiga del festi, de hecho arrastraron a dos de sus jefes al escenario. La apuesta por el castellano en “Siempre igual” (2025) favorece a su pop guitarrero e indie, que cuenta la cara y la cruz del amor en “Crush” y “Así son las cosas”, con ese grito final que pone nudito en garganta: “¡Fue maltrato! ¡fue maltrato!”. El toque sixties de “The Only One” fue uno de los instantes más deliciosos de su set.

Me And The Bees, deliciosos. Foto: Soledad Villalba
Me And The Bees, deliciosos. Foto: Soledad Villalba
La herencia materna de Geordie Greep –su progenitora curró en un club de salsa– pesa lo suyo en “The New Sound” (2024), debut en solitario del londinense más allá de black midi. Hasta nueve músicos lo arroparon en el escenario para perpetrar esa descarga instrumental en la que hace suyo el mandato de no limits entre géneros; había chelo, piano, percusión, guitarras y vientos (Robert Wyatt: ¡presente!). Unos diez minutos de virtuosismo lujurioso, sin abrir la boca, para dejar con la suya abierta a un respetable que se lanzaba a un heterodoxo pogo mareante en temas como “Holy Holy”. La idea de nuevo sonido de Greep deconstruye a King Crimson y Zappa, restándoles electricidad para hacer su rollo más digerible por la vía latina en “Terra” o “Through A War”. El traje de crooner le sienta bien al guitarrista, que no paraba de decir “lovely, lovely” en su segunda aparición por un festival en el que ya tocó con black midi en 2023.

Geordie Greep: más allá de black midi. Foto: Pablo Macías
Geordie Greep: más allá de black midi. Foto: Pablo Macías
Basement eran baza fuerte, estaba cantado. Se notaba en las primeras filas del escenario, atestadas de fans con ganas de ver a la banda británica de post-hardcore y soft grunge. La condición liminal de su música los sitúa en terreno arcilloso donde grupos como Turnstile han triunfado a posteriori. Y “WIRED” (2026), el cat album, era un motivo de sobra para disfrutar de un directo que empezó con temas resultones y coreables como “Time Waster”. Medios tiempos de gancho guitarrero suficiente, hermanados con la tradición del alt rock estadounidense en “The Way I Feel”: Basement rima con Pavement, pero sin el carisma dejao de los segundos. Aunque tras “Whole” y “WIRED”, el concierto decayó un tanto. Se despidieron mejor con “Promise Everything”, sus guitarras rítmicas aceleradas y estribillos guays.

El gancho de Basement. Foto: Soledad Villalba
El gancho de Basement. Foto: Soledad Villalba
Cerca de la medianoche Maruja saltaron al escenario, donde colocaron una bandera palestina. Había expectación máxima por ver a los mancunianos, caídos del cartel en 2025. Su repertorio es esencialmente “Pain To Power” (2025), primer LP sobre el que había enormes expectativas. Pocos negarán el atractivo de “Bloodsport”, “Break The Tension” o “Look Down On Us”: ese fraseo airado, la poética del saxo alto, una sección rítmica incisiva. Y el directo lo pasan con nota alta. Harry Wilkinson –un mix de Zack de la Rocha y Henry Rollins versión new age– se esfuerza en diferenciarse de sus precedentes restándose hombrunismo, de hecho conmueve más cuando canta en “Saoirse” que cuando rapea. Pero que la guitarra esté tan en segundo plano resta fuerza al show. Por su parte, el espectáculo de Speed fue casi el colofón perfecto del día en el Fistro. El festival, que se llamó en sus comienzos Canelacore, se rindió un homenaje a sí mismo por mediación de esta banda interracial australiana liderada por Jem Siow, que enarboló la pegatina de MLG HXC –guiño a la parroquia local– en un ampli. Hardcore superlativo y metalizante, que generó un mosh pit en condiciones y vindicó una comunidad que desafía el código individualista actual. Isabel Guerrero

Speed, velocidad australiana. Foto: Soledad Villalba
Speed, velocidad australiana. Foto: Soledad Villalba
Segundo concierto del festival de los disfraces de 2026 y sonó un violín, el de Clio Harwood, una de las piezas más singulares de Man/Woman/Chainsaw, jovencísimo sexteto del sur de Londres que en su debut recién publicado, “Cannonball” (2026), logra dar sentido a una fórmula de post-punk de regusto folk y tono sinfónico. Todas sus virtudes brillaron en un directo en el que los contrastes se suavizaron y modularon la intensidad a su conveniencia. Se lucieron en el tramo final, sacando partido a los juegos de voces y los cambios de ritmo, especialmente en “Ode To Clio” y “Something Else To Give”. El hit imbatible de guitarras sinuosas que es “Nosedive” fue el glorioso punto final. Sorpresa y sonrisas en el escenario cuando salió el confeti, this is Canela Party.

Man/Woman/Chainsaw: la sierra post-punk. Foto: Pablo Macías
Man/Woman/Chainsaw: la sierra post-punk. Foto: Pablo Macías
Con Melody’s Echo Chamber en el escenario tuvimos un raro momento de calma en la primera jornada. Melody Prochet apostó por la sutileza y ofreció un concierto muy agradable para acompañar las animadas conversaciones que mantenían los espectadores. Hubiese ayudado un poco más de volumen arriba. En conjunto, su pop ensoñador envuelto en psicodelia sonó demasiado uniforme con un paréntesis central más ruidoso en el que acabó arrodillada en el suelo. Después recuperó la compostura para no perderla más. Dejó un buen recuerdo con “I Follow You” y se fue sin despedirse abrazada a su pandereta.

En la nube de Melody's Echo Chamber. Foto: Pablo Macías
En la nube de Melody's Echo Chamber. Foto: Pablo Macías
Unknown Mortal Orchestra era uno de los reclamos del festival, pero la vida tenía otros planes y cancelaron su actuación en el último momento por motivos de salud. Friko supieron aprovechar la oportunidad y se convirtieron en la gran revelación de la noche con algún “yo ya lo sabía” de rigor en los alrededores. El cuarteto de Chicago, curtido en mil escenarios, logró dos cosas muy difíciles: que el público antes parlanchín se quedara sin palabras e interpretar “Ceremony”, de New Order, a su manera y sin faltar al espíritu de la versión original. Supieron sonar dramáticos sin apabullar, crudos pero detallistas, acelerados sin perder el control. Inolvidable la efusividad de los bailes alocados del bajista David Fuller.

Friko: el sorpresón. Foto: Pablo Macías
Friko: el sorpresón. Foto: Pablo Macías
El cierre de la jornada estaba reservado para Baiuca pero un retraso en el vuelo de Prostitute obligó a adelantar su actuación. Alejandro Guillán volvió al festival con su tercer disco, “Barullo” (2024), el más libre y sintético de su discografía. La sorpresa que produjo su folktrónica de raíz gallega ya está superada y, esta vez, vinimos con la muñeira bien ensayada, aunque habrá pocas ocasiones para esa clase de baile. La percusión orgánica a cargo de Xosé Luis Romero y las voces de las pandereteiras Andrea y Alejandra Montero y de Antía Muiño enriquecieron un caldo sonoro en el que sobresalió el sabor de la electrónica. Se despidieron en alto con “Veneno” y “Barullo”.

Baiuca, fiesta gallega. Foto: Soledad Villalba
Baiuca, fiesta gallega. Foto: Soledad Villalba

En sustitución de Getdown Services se incorporaron Prostitute, cuyo punk industrial ruidoso sonó más amenazante y opresivo en directo que en su primer y único disco, “Attempted Martyr” (2026), el relato del ascenso y caída de un fanático religioso inspirado en sus vivencias en Dearborn, la ciudad de Estados Unidos con mayor población árabe, en la que crecieron. Moe Kazra se apropió en directo del papel protagonista y transmitió la rabia del personaje en contorsiones magnéticas. Escenificaron con sobriedad la amenaza de la violencia contemporánea y la intransigencia, como si se tratara de una pesadilla enloquecedora de la que nos saca la oportuna ráfaga de confeti. Viva el espectáculo. Ana Berrocal

Prostitute: ruido industrial. Foto: Pablo Macías
Prostitute: ruido industrial. Foto: Pablo Macías

Viernes, 28 agosto

FUET! abrieron el escenario Jarl con mentalidad ganadora. Escuchábamos en los bafles “Flashdance… What A Feeling” de Irene Cara, “que siga sonando esto todo el rato”, dijo uno. “Make It Happen” (2025) –así se titula el debut de la banda– es un homenaje al temarraco (y eslogan electoral). Pero el quinteto madrileño está a otra cosa: divertir al personal expandiendo los estrechos márgenes del hardcore. Rubén Armisén y sus gritos agudos son secundados por cambios de ritmo en “Green Lights” o pegando el acelerón cuando toca: en “Think Think Think” las voces a lo Chino Moreno sirven de amortiguador, tanto como la coda de la canción. Evocan en su concierto al colectivo Sopa Jervía y se ventilan una decena de temas en media hora. La recta final es su single “Roll With It”.

FUET!: diversión hardcoreta. Foto: Soledad Villalba
FUET!: diversión hardcoreta. Foto: Soledad Villalba
Que el flamenco regrese al Canela es una buena noticia, Ángeles Toledano lo sabía y se atrevió a poner a la peña a bailar sevillanas (literal, eh). Este arte tiene la sagrada virtud de saber detener el tiempo, aunque sea por bulerías con arreglos electrónicos que la jienense lanzaba en comandita con el guitarrista onubense Benito Bernal. O por alegrías en “X LAS NIÑAS”, dedicada a las amigas del pub Fantasy de su pueblo, Villanueva de la Reina. La puesta en escena fue blanquísima e incluyó una instalación con forma de manos –“esas manos como palomas”, que diría la bailaora Matilde Coral– y visuales con eclipses lunares para lucimiento de la protagonista, en bata de cola blanca. Cuando por fin se levantó, se deshizo de los cacharros y se arrancó por fandangos, el show –que le estaba saliendo bordao– aupó a esta joven cantaora hasta la luna.

Ángeles Toledano: flamenco lunar. Foto: Pablo Macías
Ángeles Toledano: flamenco lunar. Foto: Pablo Macías
La virtud principal de High Vis es juntar de una tacada arpegios ochenteros y el shoegaze de Ride, o The Stone Roses, y un poquito de Sugar e incluso Hüsker Dü con el puntito de cabreo vocal de las nuevas generaciones del rock británico. El grupo interpretó un repertorio equilibrado con prevalencia de su LP “Guided Tour” (2024), donde se puede apreciar lo dicho: esa herencia post-punk y britpop, chulísima en temas como “Drop Me Out” o “Mob DLA”, con la que arrancaron fuerte. Bob Mould estaría orgulloso de composiciones como “Out Cold”, sin duda. Guitarras jangle, prístinas, combinadas con tambores correosos en “Walking Wires” o igualmente cañeras en “Altitude”. Pulgar arriba.

High Vis: pétalos de shoegaze. Foto: Soledad Villalba
High Vis: pétalos de shoegaze. Foto: Soledad Villalba
“There Is A Light That Never Goes Out” es un himno y Rufus T. Firefly es una grandísima banda. La canción de The Smiths despidió a los de Aranjuez, que hicieron su primer Canela dejando un halo de belleza: las letras pueden ser tan evocadoras (“Todas las cosas buenas”) como afiladas (“El principio de todo”). Teclados omnipresentes y Julia Martín-Maestro –jefa incontestable a la batería– hallando espacio para esos breaks que dotan de robustez el sonido de un grupo por el que el indie no hizo nada (lo dicen ellos), ni falta que les hacía. La faceta funk eleva una propuesta eminentemente psicodélica y es contrarrestada con pasajes más atmosféricos en un global bailable porque –no hay que olvidarlo, colega– estamos en un festival. Eso sí, con Víctor Cabezuelo cantando “Río Wolf” en bata.

La robustez de Rufus T. Firefly. Foto: Soledad Villalba
La robustez de Rufus T. Firefly. Foto: Soledad Villalba
Tres heavilones lisboetas haciendo dance-rock industrial, esto es MAQUINA., combo ideal, al menos a priori, para echar el resto al finalizar la jornada del viernes. Tienen un batería-cantante que sigue el patrón metronómico y las bases rítmicas de temas como “Dança” fueron epítome de un concierto que pecó de monotonía salvo por unos cuantos riffs. Y a veces, ni eso. Isabel Guerrero

MAQUINA.: monótonos. Foto: Soledad Villalba
MAQUINA.: monótonos. Foto: Soledad Villalba
Un viaje por el shoegaze espacial de Gazella fue el premio gordo para quienes no temieron pisar asfalto bajo un sol de agosto. El quinteto valenciano consiguió que las canciones de sus dos discos sobresalieran por encima de distorsiones, capas de ruido y del horario poco favorable que les colocó en el escenario Fistro en el primer turno de la tarde. Mientras se expandían las zonas de sombra en el recinto, asistimos hipnotizados a la disputa entre sintetizadores y guitarras por ser protagonistas. El centro de atención, no obstante, fue en gran parte la menuda y enigmática Irene Ricart, que asumía el papel de vocalista que dejó vacante Raquel Palomino a finales del año pasado. Aprovecharon una pausa entre canciones para lanzar un sentido “os queremos” a los chicos de Mala Gestión, que estaban entre el público: una escena typical Canela.

Gazella: hipnosis bajo el sol. Foto: Soledad Villalba
Gazella: hipnosis bajo el sol. Foto: Soledad Villalba
Alex Edkins se plantó por quinta vez en un escenario del Canela. Las cuatro anteriores acudió como vocalista y líder de METZ, mientras que en esta ocasión presentó oficialmente su proyecto paralelo en solitario, Weird Nightmare, que dedica a exprimir la fórmula genérica del indie rock guitarrero. En los primeros 30 segundos, que corresponden al comienzo de “Headful Of Rain”, nos dejó claro lo que trajo preparado: un buen concierto de power pop jubiloso que justificó su insistencia en volver. Hasta pronto, pues.

Weird Nightmare: júbilo power pop. Foto: Soledad Villalba
Weird Nightmare: júbilo power pop. Foto: Soledad Villalba
También para Mannequin Pussy deberían estar abiertas siempre de par en par las puertas de este festival. Marisa Dabice actúa como lideresa incontestable del show en reñida competencia con una precisa sección rítmica. Sus contorsiones, sus provocaciones, sus gritos, su sensualidad, todo su poderío, serían solo una anécdota si el espectáculo no se sostuviera sobre un sonido impecable y un espléndido repertorio. Tras el discurso político final, antes de despedirse con “Loud Bark”, estábamos convencidos de que está sobradamente preparada para encabezar una revolución y arrastrarnos con ella. En cuanto se fueron, empezamos a echarlas de menos.

Mannequin Pussy: incontestables. Foto: Pablo Macías
Mannequin Pussy: incontestables. Foto: Pablo Macías

El trío madrileño La Paloma hizo parada en Torremolinos dentro de la gira de festivales que les mantiene ocupados este verano. El sonido, que no les benefició en ningún momento, les jugó una mala pasada al poco de comenzar, cuando un apagón inesperado al principio de “Intacto” les obligó a reiniciar el tema. Quisieron sonar directos y crudos y el resultado fue un indie rock intrascendente con algunos buenos momentos como “Algo ha cambiado” o “Sigo aquí”. En el tramo final invitaron a Santi Garcia, su productor de confianza, a coger la guitarra en “La edad que tengo”, que sigue siendo de lo mejor de su repertorio.

La Paloma y sus circunstancias. Foto: Pablo Macías
La Paloma y sus circunstancias. Foto: Pablo Macías

El vacile de los valencianos Mala Gestión, que salieron disfrazados un día antes de la convocatoria oficial, fue cosa seria, como era de esperar de un grupo que fuerza una rima para mencionar la cerveza Skol y consigue que haga gracia. La impostura estropea cualquier chiste, pero en sus gamberradas no hay nada artificial. Convencen cuando estallan, cuando bromean y en las baladas. Acabaron montando una rave privada con Las Petunias, con quienes atacaron “Sandalias del PSOE”, y echaron el cierre con un pogo de nivel al ritmo de “Noche de casino”. Ana Berrocal

Mala Gestión y las gamberradas. Foto: Pablo Macías
Mala Gestión y las gamberradas. Foto: Pablo Macías

Sábado, 29 de agosto

A la jornada de la fiesta de disfraces se apunta casi todo dios, empezando por los grupos, de ahí que joseluis, sus músicos y su técnico de escenario se transformaran en joselvis: ibicencos duplicados del rey de baratillo. El murciano presentaba “por ahora para siempre”, su fantástico estreno discográfico del año pasado. Rock alternativo intimista, con medios tiempos que van creciendo y desembocan en solos clasicistas (“Fortuna”, asimilable a Grupo de Expertos Solynieve, pero con entidad propia), que por algo el músico es muy de Neil Young, Wilco y Elliott Smith. Le dedicó “Guapo” a los hombres, “porque ellos saben lo que se siente”, y cerró con la lastimera a la par que deliciosa “Navajas de Albacete”.

joseluis, de Elvis. Foto: Pablo Macías
joseluis, de Elvis. Foto: Pablo Macías
Con Karen Dió asalta la duda razonable de cómo sonaría con una banda en condiciones. Y no es porque sus compañeros –batería y guitarrista ¿disfrazado de Troy Van Leeuwen?– lo hicieran mal. Es que es un mal de la precariedad musical actual, incluso aunque su punk-pop, a priori, no precise gran cosa a nivel instrumental. Canciones tiene para parar un tren: “Euphoria” o “Free Youself”, de su últimísimo EP, “Do It”, noventera hasta decir basta, o “Sick Ride”, en la que mira descaradamente a The Offspring. La brasileña, con pintas de alienígena bubblegum, tocó la guitarra en alguna que otra canción: “Poor Man”, fifties a su manera. Y aunque la versión de “Aserejé” sonó patatera, el set acabó en punto alto con perlas grunge como “3AM”. Para feminismo bien entendido están “Bexy” o “So Funny”, con las que evoca a las mejores Veruca Salt.

Karen Dió: dame pop-punk. Foto: Pablo Macías
Karen Dió: dame pop-punk. Foto: Pablo Macías
Nation Of Language dieron, con probabilidad alta, “el concierto” del festival. Vestidos de brujos, Ian Devaney, Aidan Noell y Alex McKay venían a rematar su gira en Torremolinos y confesaron sentirse en un lugar especial. Lo siguiente fue un regalo para sus admiradores: “This Fractured Mind”, “September” y “Sole Obsesion”, la tríada inicial de la decena de temas que tocaron, contenían lo mejor de su pop con sintetizadores emotivo y superbailable. Ese sonido minimalista y al tiempo repleto de matices que asume a unos OMD en clave contemporánea en “Inept Apollo”. El público respondía, y para cuando tocaron “Wall & I”, la conexión con los neoyorquinos era máxima. Parecían pasárselo genial en el escenario, arremolinados en un aquelarre amable del que fuimos espectadores de excepción.

Nation Of Language, vencedores. Foto: Soledad Villalba
Nation Of Language, vencedores. Foto: Soledad Villalba
“Facecard” es una de esos temas que nos devolvieron la ilusión en 2022 por el punk-rock melódico no exento de rabia. Kaila “KT” Thompson es frontwoman por derecho y el sábado, vestida de corista góspel y declamando como si no hubiera un mañana, convirtió el concierto de Upchuck en un puto espectáculo. “I’m Nice Now” (2025), su estreno con Domino Records, ha supuesto una evolución en su sonido, pasado por las manos de Ty Segall, con verdaderos aciertos como “New Case”. Chris Salado, batería, se colocó al frente para berrear “Un momento”, uno de los temas que la banda de Atlanta tiene en castellano. La jefa mantuvo el pulso todo el rato: “fuck Trump, fuck ICE”, gritó, antes de bajar al barro, a estas alturas con restos de disfraces por doquier.

Upchuck: puro espectáculo. Foto: Pablo Macías
Upchuck: puro espectáculo. Foto: Pablo Macías

En la tradición del punk-pop acelerado encaja estupendamente un trío de voces a pleno pulmón y con la mala hostia que gastan Natalia Montes, Cecilia Soto y Elsa Moreno, Las Petunias. Empezaron el show homenajeando a Cariño con “Si quieres”, para soltarse con la muy rockera “AGOTA LA SUERTE”, del EP “Ahí te pudras, maldita” (2025), que tocaron prácticamente entero. El resto del set lo basaron en su debut largo, “Creo que soy de porcelana” (2024). La puntilla fue para “Marcelo Criminal”, en la que disparan contra indies pijos et al. Cualquiera se mete con estas tres…

Las Petunias: claro y alto. Foto: Soledad Villalba
Las Petunias: claro y alto. Foto: Soledad Villalba

Ataviado con una túnica negra, Miguel García Cantera, alias Dandy Piranha, pidió “oídos abiertos” para CERVATANA, grupo que comparte con uno de sus compañeros en Derby Motoreta’s Burrito Kachimba, José Ugía, y con el tour manager de la banda sevillana. No era el único sentido pendiente de abrir en el concierto de cierre de este Canela, también convenía afinar la vista para fijarse en las contorsiones de la bailarina de danza contemporánea Elena Gog. Sustentaron el show sintetizadores, baterías limpias, guitarras y secuenciaciones más rockeras de lo que se pudiera pensar. La rave, sin embargo, se impuso, para goce de todos. Isabel Guerrero

CERVATANA: rave y goce. Foto: Soledad Villalba
CERVATANA: rave y goce. Foto: Soledad Villalba
La espontaneidad es el superpoder de Amor Líquido, el primer grupo que vimos en la jornada del sábado. También cuentan con una potente colección de composiciones de punk-pop con estribillos altamente coreables en las que describen sin solemnidad escenas hiperrealistas de lo cotidiano. Además, se manejan bien en las canciones lentas, como la lovesong adolescente –para todas las edades en realidad– que es “Tus manos”. Además de cantar, Sara Puertas comparte cualquier cosa que se le pasa por la cabeza, desde comentarios sobre los disfraces que adivina desde el escenario hasta la realidad de la vida de un músico: “Qué coñazo es hacer un disco”, se sincera cuando anuncia que en septiembre publicarán su segundo trabajo largo.

Amor Líquido y la espontaneidad. Foto: Pablo Macías
Amor Líquido y la espontaneidad. Foto: Pablo Macías
Sandré pusieron a prueba nuestros oídos. No hay tapones que resistan la salvajada de los barceloneses, hábiles en la práctica de un punk directo y descontrolado que deja exhausto a quien se les ponga por delante. Rosa Pagés se impone a gritos a una base rítmica desmadrada. El desparrame era total y acabaron tirados por el suelo, pero siguieron un rato más. Con Miguelito García en los alrededores esperando su turno para tocar con CERVATANA era obligatorio que subiera a defender con ellos “CABEÇA”, el tema de “PACIENCIA INFINITA” (2026) que firman juntos, y hacer posible así uno de los momentos más especiales de la noche.

Sandré: directos y sin dobleces. Foto: Pablo Macías
Sandré: directos y sin dobleces. Foto: Pablo Macías
Los Kiss de pega que salen al escenario son los miembros del cuarteto californiano Wavves. Un sonido estandarizado restó algo de brillo a sus canciones. El surf-punk jovial de sus discos sonó más uniforme y serio, pero igualmente disfrutamos –y bailamos– con “So Long”, “Way Too Much”, “Green Eyes” y, sobre todo, “Goner”.

Wavves: surfeando el indie. Foto: Pablo Macías
Wavves: surfeando el indie. Foto: Pablo Macías
Vaya circo montaron Carolina Durante, literalmente. Si dieran un premio al disfraz más currado de los artistas, sería para ellos. Convirtieron el escenario en una carpa circense con payasos, forzudos y animales enjaulados a los que también se sumaron una banda de músicos extra y un ejército de payasos. Un despliegue escenográfico e instrumental acorde a su posición: actuaron por primera vez en el Canela como una joven promesa y volvieron convertidos en uno de los grupos de referencia de su generación. Como prueba, la entrega de un público dispuesto desde el primer minuto a dejarse la voz en todos los estribillos en los que se reconoce.

En el trono: Carolina Durante. Foto: Soledad Villalba
En el trono: Carolina Durante. Foto: Soledad Villalba
La escena del metal, tan exigente con el etiquetado, mantiene desde hace más de una década un debate abierto sobre el aperturismo estilístico de Deafheaven, que es lo que convierte a la banda de San Francisco en la candidata idónea para un festival tan propenso a facilitar el acercamiento de públicos y géneros aparentemente incompatibles. Por el camino del black metal –¿o post-metal?... qué divertidas las discusiones sobre categorías musicales– nos llevaron al infierno y nos guiaron a la salida. Recibieron merecidamente la ración de confeti negro de esta edición.

Deafheaven: gloria e infierno. Foto: Pablo Macías
Deafheaven: gloria e infierno. Foto: Pablo Macías

El dúo irlandés –en directo un trío con el añadido de la batería– Chalk nos puso a bailar a base de post-punk electrónico y ansioso. El arranque con “Get Fucked” sirvió de aviso –“see ya later on the floor”– y no tardó en correrse la voz por todo el recinto de que algo importante estaba pasando en el escenario Fistro. El público disperso se congregó para participar de una catarsis que no dejó de intensificarse. Ana Berrocal

Chalk, enchufados a la intensidad. Foto: Soledad Villalba
Chalk, enchufados a la intensidad. Foto: Soledad Villalba
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