La cosa fue así: el pasado 20 de marzo tenía que coger el coche para ir a no sé dónde. Como de costumbre, encendí la radio. Radio 3. Así de previsible soy, pese a la deriva de la emisora pública hacia sonoridades que, en el pasado, jamás habían sido siquiera contempladas. Pero, en este caso, en vez de los últimos minutos de ‘Turbo 3’, lo que sonaba era muy diferente: era una especie de sinfonía, algo completamente desconocido para mí, pero tremendamente atrayente e insospechado en el horario del programa de Julio Ródenas. Atrapado por la magia del momento, todo eran elucubraciones: “¿Será algo de Zbigniew Preisner, que no controlo?”, pensaba… Había voz, pero no me recordaba a la de Lisa Gerrard, además de que sonaba en un idioma ignoto para mí. Pero el descoloque siguió in crescendo cuando empezó a sonar una guitarra flamenca y, seguidamente, entró una voz flamenca que no reconocí porque, lo confieso, no soy aficionado. Pero debo decir que estaba en realidad más atento a lo que pudieran explicar desde la radio que al tráfico. Y estaba, también, intrigado. Sobre todo, embelesado. Todo se podría resumir en una frase: “¿Qué es esta puta maravilla?”. Y ahí ya lo dijeron: era una sinfonía por la paz compuesta por Fernando Vacas (Córdoba, 1971), que se estaba emitiendo en directo desde el Centro de Creación Contemporánea de Andalucía, el C3A, de Córdoba y que ya estaba llegando a su final. Todos sus pormenores me los encontré al día siguiente en estas mismas páginas, en una crónica de Gabriel Núñez Hervás.
Bien, pues esa “puta maravilla” ya está disponible en las plataformas digitales desde el pasado viernes, con el título de “Floating In The Air, Peace In Our Hands. A Symphony For Peace” (Eureka, 2025). Y esta es la conversación que tuve unos días antes con su creador, Fernando Vacas, el joven seguidor de Sonic Youth, The Jesus And Mary Chain o los Pixies que en 1993 puso en pie, en Córdoba, a un grupo llamado Flow al mismo tiempo que en Granada nacían Los Planetas, y que hoy, un poco menos joven, puede presumir de haber puesto en pie un monumento sinfónico que debería figurar en la historia de la música española del siglo XXI.
En los noventa, cuando diste tus primeros pasos al frente de Flow, tu principal referente eran Sonic Youth. Luego te convertiste en productor de referencia para artistas como Raimundo Amador o Russian Red y, más recientemente, en 2018 te metiste a hacer la ópera flamenca “A través de la luz”. ¿Qué formación musical tienes para atreverte a componer para toda una orquesta?
Yo siempre he huido de las enseñanzas regladas. Lo que sí he hecho ha sido juntarme con maestros de la música como Raimundo Amador, con el que me he tirado seis años tocando todas las noches la guitarra, hasta las siete de la mañana. Al final, algo se te pega. Además, mi familia ha estado muy dotada para la música: es una de las familias flamencas más potentes de Córdoba, incluso a nivel de mecenazgo, y siempre han estado metidos en líos con los flamencos y las peñas flamencas. Mi madre cantaba y bailaba que no veas. Yo tengo la suerte de que escucho algo y se me queda, porque nunca toqué el piano de pequeño y la guitarra la sostengo un poco, porque como soy zurdo no podía tocarla de forma normal. Pero eso me hizo resetearme y ponerme a hacer otras cosas. Ahora, por ejemplo, compongo casi todo con el piano y con la voz; sobre todo con la voz. Nunca he sido especialista en nada, pero siempre he ido pintando mi abanico de diferentes colores y, poquito a poco, voy avanzando en lo que creo que tengo que hacer, aunque tampoco es algo en lo que piense mucho, soy más bien de dejarme fluir.
Y, aparte del flamenco y el noise rock, ¿cuáles son tus referentes en el ámbito sinfónico?, porque esta obra de rock tiene más bien poco…
Philip Glass me gusta mucho. Pero soy un enamorado de Rajmáninov y, de hecho, me gusta tocarlo por gusto, para mí y para mis amigos. También me gusta “Carmina Burana”, pero no te creas que soy especialista en eso. Para estos últimos trabajos venía “entrenado”, porque había compuesto cosas para Semana Santa y muchos arreglos de cuerda para muchas bandas sonoras que me han ido dando mucho bagaje. Además, ha habido personas que me han dado claves para ir desarrollando los arreglos sinfónicos de la obra hecha. Por ejemplo, Michael Thomas. Pero he colaborado también con la arpista salmantina Angélica Vázquez Salvi. En fin, siempre me he mezclado con músicos curiosos, casi todos bastante genios, que han estado metidos en otro ámbitos y yo me voy empapando y después voy viendo lo que me pide el corazón.
Una de las cosas que llama la atención es la enorme dimensión del proyecto: una orquesta sinfónica dirigida por Michael Thomas, el Coro de la Escolanía de Córdoba, varias voces femeninas internacionales incluida la de Estrella Morente… ¿Cómo conseguiste hacerlo llegar a buen puerto?
Yo soy especialista en buscarme la ruina todo el rato… (risas). Me gusta… no plantearme retos, sino hacer que las ideas que tengo se lleven a cabo. Y esta, en realidad, tuvo los ingredientes de una epopeya. Lo tenía compuesto desde hace un año y había logrado que se fuera a estrenar en la mezquita catedral de Córdoba, pero al final me fallaron y en el último momento conseguimos el espacio del auditorio del C3A. Fue un poco milagroso. Menos mal que tengo una “chamana” detrás que me va mandando magia y dirigiéndome en este mundo de locos, porque si no, hubiera caído en el intento.
En el momento de su estreno absoluto dijiste que al principio iba a ser una pieza sencilla y que, después de dos años de trabajo, se convirtió en una sinfonía de cuatro movimientos. ¿Por qué se te fue “complicando”?
Efectivamente, al principio iba a ser una pieza sencilla, de unos 18 minutos. Yo me considero un tipo entre punk y hippie o entre hippie y punk, con alma flamenca y también contemporánea. No tengo pudor en decirlo aunque se me tache de hippie: siempre me ha interesado y me ha preocupado mucho la paz. Y empecé a trabajar en esta pieza antes de que pasara lo de Ucrania o lo de Palestina. Hice una obertura y una segunda pieza y ya la tenía prácticamente ubicada compositivamente. Pero entonces llegó Michael Thomas, que es muy amigo mío, y me dijo que estaba dirigiendo el Festival de la Guitarra de Córdoba con la Orquesta Sinfónica de Córdoba… y quedamos para comer. Michael y yo ya habíamos colaborado en la época en que yo trabajaba con el grupo Prin’ La Lá y le hice una mezcla de un disco muy curioso que no llegó a salir, de versiones de Sonic Youth, Björk, My Bloody Valentine, etc. Y después de comer se vino al estudio para que le pusiera lo que estaba haciendo… Me daba un poco de vergüenza porque para mí es una eminencia, un veterano que ha trotado mucho por todo el mundo. Pero cuando se lo puse me dijo que había hecho una maravilla y me “obligó” a desarrollarlo como una sinfonía de tres o cuatro movimientos, asegurándome que era “de lo más maravilloso que he escuchado últimamente” y que le había conmovido y llevado a otro planeta… Yo soy un simple músico callejero pero inquieto, que ha ido aprendiendo sobre la marcha. Él es un musicazo que ha dirigido orquestas sinfónicas por todo el mundo. Me pidió que lo acabara y que cuando estuviera lo llamara para darle tres pinceladas entre los dos.
Que el disco exista está muy bien, pero ¿hay planes de volverlo a llevar al directo? Y, en todo caso, ¿sería con la misma dimensión o algo más reducido?
Tenemos hechos los arreglos para hacerlo con una orquesta sinfónica, pero también están hechos para hacerlo con una orquesta de cámara de unos diez músicos: percusión, viento, cuerda, además de guitarra flamenca, piano, arpa y las cantantes. Estuvimos invitados a Nueva York, a propuesta de la UNESCO, para estrenarla en la sede de las Naciones Unidas, pero se pospuso… El disco es el mismo concierto que sonó en Radio 3 de RNE, aunque se ha editado y se ha vuelto a dimensionar para darle un toque más artístico. La idea es también meterlo en una plataforma digital OTT, “La paz es femenina”, y ahí ubicarlo con diferentes proyectos, mensajes, miniconciertos, que tengan todos relación con la paz para poderle ofrecer un megáfono y que llegue a todas partes del mundo y que todo el mundo se pueda unir. El concierto se grabó pero no con sonido ambiente, sino micro por micro; hicimos un trabajo de microfonía espectacular y después me fui al estudio de Youth, que es una persona muy de paz, muy espiritual, y que también me había dicho, cuando escuchó lo primero, que quería estar en el proyecto. Así que cogimos todas las pistas y nos las llevamos a su estudio y allí le dimos otra entidad: ya no es solo directo, sino que, aunque se pueda escuchar una respiración, tiene magnitud y envergadura de disco, que es lo que queríamos, que se escuchara en muy buenas condiciones.
Las cantantes que intervienen son Estrella Morente, Shira Golan, Giorgia Fumanti, Sarah Lee Guthrie, Ladan, Teresa Jiménez, Luna La Hara, Miriam Toukan, Svalarna, Amy Scott-Samuel, Valentina Levchenko, R.U.T y Lola Jiménez, pero tengo entendido que se cayeron del proyecto Patti Smith, Beth Gibbons, Maria de Medeiros y Björk… ¿Se las puede recuperar para un posible estreno internacional?
Por supuesto. Me encantaría. Con Patti Smith, que la estuviste tú viendo en directo el otro día en Madrid, tuve una reunión en París hace dos años y medio y otra después, en Granada. Ella estaba con muchas ganas de participar, lo que pasa es que andaba con muchas más cosas y no para, y no pudo apuntarse. Y Beth Gibbons, de hecho, estaba aquí, en Córdoba, pero su gira americana arrancó antes de lo previsto inicialmente y se tuvo que ir a Estados Unidos una semana antes. Maria de Medeiros es íntima amiga mía, pero la pilló rodando una película en Brasil. En realidad, tocamos muchos nombres, como el de Noa, pero por unas cosas o por otras fue imposible que pudieran estar en la fecha en la que se celebró el estreno. Esto es como un equipo de fútbol y lo que importa es que los que vayan a “jugar” lo hagan bien. Y las que cantaron en Córdoba son todas maravillosas. Es un proyecto abierto que siempre se puede combinar y compartir con muchos otros artistas.
¿Hay elementos electrónicos o intervenciones sonoras poco convencionales?
Me acuerdo que vi una vez un documental sobre los nazis, en el que cogían a delfines amaestrados y les ponían una especie de mochila con una bomba para dirigirlos contra barcos para reventarlos. Eso me impactó y se me quedó grabado. Entonces empecé a pensar que los animales no son ajenos a la guerra, son sensibles a ella. Y, partiendo de esa base, conseguí que la Fundación TBA21 Thyssen-Bornemisza Art Contemporary, que formó parte del proyecto tanto en financiación como en asesoramiento, nos facilitara un banco de sonidos que tenían de delfines y ballenas en diferentes estados: nerviosos, con felicidad, con tranquilidad... Esos sonidos los pasamos por una cinta y en según qué partes de la sinfonía los fuimos incluyendo con efectos, y le dio una ambientación que te metía directamente en lo que son las entrañas de la tierra.
La espiritualidad que has querido transmitir en esta obra, ¿no la habías expresado nunca antes?
Sí, en Prin’ La Lá, que es el grupo que montamos mis primas y yo, siempre hubo espiritualidad, lo que pasa es que era un mensaje un poco más naíf y partía desde una posición muy oscura, por el desierto personal que yo estaba atravesando en esa época, por muchas sustancias y otras situaciones. Esas cosas a veces sacan lo mejor y otras lo peor de ti, y a mí me rescató una espiritualidad que tenía ahí enterrada de pequeño y que, de pronto, salió. Llevo como 15 o 20 años preocupado por la paz. A mí me gusta vivir en una comunidad en la que la gente se sienta contenta y que todo el mundo se lleve bien. La guerra es algo que no consigo entender; no lo concibo. En cambio, siempre he sentido obsesión por la paz, hasta el punto de que si estaba con alguien en casa, charlando, en plan íntimo, y me preguntaba qué busco o qué quiero en la vida, siempre terminaba diciendo “la paz en el mundo”. Y seguíamos tomándonos otro whisky y hablando de la vida (risas). Pero, por los acontecimientos de los últimos cinco años, es cuando tiene, si no más sentido, sí su momento para reivindicarla e intentar ayudar para que suceda, por lo que yo defino como el “control remoto de la espiritualidad y de la energía”. Lo que nosotros hemos podido aportar, nuestro granito de arena, es esto, y ahora seguiremos deseando tocarlo en directo y que la gente lo pueda escuchar para impulsar este sentimiento de comunidad y de unidad. Porque cuando lo escuchas en directo sientes toda la energía de todo el mundo que está tocando y escuchando y sintiendo. La energía que se crea es muy fuerte. ∎