Jesucristo y los 12 apóstoles. Foto: Sharon López
Jesucristo y los 12 apóstoles. Foto: Sharon López

Concierto

La unción de Rosalía en Madrid

Anoche en el Movistar Arena de Madrid tuvo lugar el primero de los cuatro conciertos que Rosalía ofrece en la ciudad para presentar su álbum “LUX”. Esta semana hay tres citas más –mañana, el viernes y el sábado– y los días 13, 15, 17 y 18 de abril actuará en Barcelona. Visto lo visto en la sala madrileña –también en el inicio de esta gira mundial en territorio francés– no resulta exagerado afirmar que estamos ante uno de los grandes acontecimientos musicales de los últimos años.

La llegada de la gira “LUX” a España, entrada triunfal de Rosalía en la capital del reino, no se produjo en Domingo de Ramos, sino en Lunes Santo. Arropada por miles de entregados discípulos, la beata pop catalana fue ungida de la cabeza a los pies con el preciado perfume de una gratitud plural, capaz de silenciar hasta al más roñoso de los Iscariotes. Madrid derramó sobre ella un aromático bálsamo de cariño, la llevó en volandas sobre un paso engalanado de fervores y la subió a los altares del reconocimiento perdurable.

El cirio pascual llevaba meses encendido –hacía tiempo que no se veía tanto menesteroso a las puertas del templo, buscando una entrada de última hora para ser testigo del misterio– y en el ambiente flotan intuiciones de excepción, de primera y última vez: durante las casi dos horas que dura la liturgia también se detectan señales de un adiós involuntario, el vaticinio de una despedida, porque no se sabe cuándo volverá a pasar esta estrella de los magos, no está claro que suceda.

Quizá por eso se recibe a los apóstoles de la orquesta Heritage –que son casi dos docenas– con una exaltación poco habitual. Su desempeño desde el centro de la pista en formación de crucero catedralicio resulta potentísimo. Academia y calle, finura y soniquete combinando a la perfección con el entramado digital que aflora impío al sistema de sonido del recinto. Lo de siempre y lo de ahora mismo, la madera y el cable, la tradición y la avanzada estableciendo un diálogo de cuerdas extáticas, glitches profanos, vientos en continuo rolar, bombos mutantes, palmas al límite y drama pianístico.

Pop cristiano. Foto: Sharon López
Pop cristiano. Foto: Sharon López

Sobre esas aguas, turbias o cristalinas según la ocasión, empieza a caminar la voz invicta de una Rosalía trasfigurada en bailarina. Recorre todas las octavas que quiere con naturalidad y firmeza, muy quieta en “Sexo, violencia y llantas” y “Reliquia”, segura sobre las puntas en una “Porcelana” que termina rompiéndose entre percusiones abrumadoras, dulcísima frente a las gasas que se despliegan a la altura de “Divinize”, piadosa hasta el estremecimiento cuando interpreta con los ojos empañados por la emoción una “Mio Cristo piange diamanti” que ya pertenece al patrimonio inmaterial de todos los asistentes. Antes de acometerla, Rosalía interpela a los madriles recordando haber actuado, años ha, en la trinchera flamenca de Casa Patas, asegurando que allí había sentido el duende como nunca.

Dividido en cuatro tramos al igual que “LUX” (2025), el espectáculo cambia de rumbo cuando sube el telón del segundo y empieza a sonar “Berghain”. Del blanco satén y la túnica inmaculada se pasa a la barroca negrura de plumas, tules, corpiños y coletos en los que afloran golillas y gorgueras. La claridad con que se coreografía cada movimiento escénico no impide a la diva del Baix Llobregat ejecutar su fraseo, antes de encender la mecha ravera que preludia el paseo a lomos de la era “Motomami” (2022). Con “SAOKO”, “LA FAMA” y “LA COMBI VERSACE” Rosalía abre gas y despierta al devoto de su ensoñación, haciendo rueda por caminos mundanos antes de tomar el siguiente desvío hacia “LUX”, a la altura de ”De madrugá”.

Trance e iluminación. Foto: Sharon López
Trance e iluminación. Foto: Sharon López

El espectáculo es tan complejo y dinámico que sorprende por lo preciso de su ejecución y continuidad. El tercer acto comienza al compás de timbales, cajón, tambores y turbopalmas introduciendo “El redentor”. Rosalía dispara una flecha envenenada de flamencura desde la última estación del Calvario, aferrada al pie de micro y cortando la respiración de los cofrades, aunque después aligera el peso del costal con una versión del “Can’t Takes My Eyes Off You” de Frankie Valli que el público recibe como una favorita más de su himnario, para confirmar la permanencia de los verdaderos salmos pop. Luego abre el confesionario para escuchar el testimonio de Esty Quesada (Soy una pringada), que le cuenta lo suyo sobre un tenue colchón de acordes que no es sino preludio de “La perla”, que el respetable berrea a pleno pulmón mientras ella se deja llevar por un enjambre de manos-mimo. Subida a un piano blanquísimo pulsado por el mallorquín Llorenç Barceló, se bebe “Sauvignon Blanc” de un trago bien largo, digno de brindis, y más tarde clava “La yugular” en una de las cimas de intensidad de la velada.

Antes del intermedio –que dista mucho de ser mero trámite– se interpela a la grada en un juego –“imita la pose”– que combina kiss cam y paseo pictórico, con “La joven de la perla” de Vermeer, “El grito” de Munch o “Anciano en pena” de Van Gogh retando desde las pantallas. De camino a ese altar musiquero que ocupa la orquesta regala “Dios es un stalker”, repartiendo bendiciones entre las primeras filas. Junto a los músicos cantará una electrizante versión de “La rumba del perdón” y también “CUUUUuuuuuute”, mientras el estrobotafumeiro convierte el recinto –ahora sí que sí– en inesperada catedral del techno.

Para que no decaiga, de nuevo en el escenario grande, suenan “BIZCOCHITO” y “DESPECHÁ”, porque en este rito también se contemplan las cualidades curativas del baile, aunque el final no puede ser más solemne. Es un acierto desplazar “Focu’ranni” a esta parte del show, quizá no tanto “Novia robot”, pero lo que resulta inapelable es cerrar con “Magnolias”. Sola frente a su parroquia, cuajando una interpretación emocionantísima que sabe a gloria bendita y arrebata el lagrimal, Rosalía culmina su anhelado tránsito, fundiéndose poco a poco con la luz. ∎

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