Paula Reyes y Adriana Ubani forman Pipiolas desde 2021, un grupo que nació en los márgenes del teatro y la escritura para terminar ocupando su lugar dentro del pop alternativo español. Tras el impacto de “No hay un dios” (Elefant, 2023), su debut, “Pipiolas” (Elefant, 2026) no busca repetir la fórmula, sino fijar posición: tomar su propio nombre como título es una forma de delimitar quiénes son y desde dónde hablan, especialmente en un contexto que a menudo reduce el pop a algo menor. Pese a todo, han elegido quedarse.
El disco avanza hacia una estética más cohesionada, con un imaginario claramente ochentero que mezcla dramatismo sintético y vocación de pista de baile. Hay teclados por doquier, pulsos mecánicos y un aire entre lo romántico y lo inquietante que puede recordar tanto a Mecano como a New Order, pero pasado por el filtro de su sarcasmo generacional. La producción abraza un tono más oscuro y compacto, donde las melodías luminosas conviven con letras que buscan la incomodidad.
Desde la apertura con una versión particular de “My Favorite Things” –entre las canciones que Richard Rodgers y Oscar Hammerstein escribieron para el musical “Sonrisas y lágrimas” (1959)– que ya plantea un juego entre lo inocente y lo tétrico, el álbum despliega un recorrido temático tan crítico como divertido. “No tocar” se enfrenta al abuso de poder masculino sin ambigüedades; “soy una estrella!!!” ironiza sobre la obsesión por el éxito y la fragilidad que esconde; “Mi amiga” explora el deseo y la bisexualidad desde la ambivalencia de las etiquetas; “Menores” apunta con precisión a ciertas dinámicas masculinas que preferirían no ser nombradas, y “Feria Cañete” cierra el trayecto con una luz serena, casi redentora. Aunque el tono general sea sombrío, el disco termina recordando que incluso en la oscuridad hay una voluntad clara de celebración y resistencia. El 8 de mayo lo presentarán en directo en Madrid. También actuarán en la próxima edición del Fan Futura Fest de Los Alcázares, que se celebrará los días 24 y 25 de julio. Y el 13 de septiembre tocarán en Ciudad de México.
¿Cómo es esto de haber decidido llamarlo “Pipiolas” sin que sea un debut? El primer disco suele ser el homónimo, ¿no?
Paula: Sí, también nos encanta llamar la atención, eso siempre está bien. Pero más allá de eso, era una manera de reafirmarnos. Hemos pasado por un proceso de preguntarnos qué hacer con el proyecto, dónde colocarlo, si tenía futuro o no. Y la respuesta ha sido este disco.
Cuando empezasteis, daba la sensación de que Pipiolas convivía con vuestras otras disciplinas como la interpretación, la escritura… ¿Ahora os sentís más músicas que antes?
Adriana: No es que nos sintamos más músicas porque nos sintamos menos actrices o menos escritoras. Pero es verdad que, cuando llevas un tiempo haciendo música, ves que funciona y partes de la base de que escribes e interpretas canciones, hay una certeza más clara y más tranquila. Es como decir “sí, hacemos música, y si haces música, eres música, punto”. Sin entrar en si vienes del conservatorio o no, porque no es nuestro caso.
Paula: Creo que ahora hay una seguridad más serena, más asentada. Y también entendemos el pop como algo con muchísimas aristas, igual que el arte en general. Tiene muchas disciplinas y mola no quedarte solo en una. Más que quitarle espacio a lo otro, ha sido aceptar que la música es una más para nosotras, y que tiene su propio lugar.
¿Cómo es vuestro yo músico tres años después de haber iniciado Pipiolas? ¿Ha habido un esfuerzo consciente por formaros más o ha sido algo más intuitivo?
Paula: Hemos tomado la decisión de profesionalizarnos, pero no tanto desde lo académico. No hemos querido estudiar la música como algo matemático porque sentimos que perderíamos algo que ha sido muy nuestro: la intuición. Esa inexperiencia o esa falta de conocimiento técnico en algunos puntos nos ha dejado espacio para crear desde un lugar muy instintivo, y creemos que esa intuición es una de nuestras armas más potentes.
Adriana: Exacto. No se trata de que no nos hayamos formado, sino de que hemos entendido la formación de otra manera. Igual que en la interpretación hay muchas vías para aprender y crecer sin pasar necesariamente por un método concreto, en la música también. Por ejemplo, hay una forma de entender la interpretación muy tipo Cristina Rota, que consiste en acudir siempre a lo más traumático, a pensar en tu padre muerto para poder llorar en escena. Y eso puede funcionar una vez, pero no puedes depender siempre del mismo recurso. Para nosotras, profesionalizarse también tiene que ver con eso: con no depender siempre del mismo lugar emocional o creativo, y no esperar únicamente a que aparezca la inspiración como algo mágico.
Habláis de formación, pero no de tecnificación. ¿Cómo entendéis esa diferencia?
Adriana: La formación es una cosa y convertirlo todo en una matemática técnica es otra muy distinta. El riesgo en cualquier disciplina artística es ese: aprender sin perder la intuición. En el flamenco, por ejemplo, se habla del duende, pero el duende no aparece porque sí ni porque una artista concreta lo tenga como un superpoder. Aparece después de horas y horas de ensayo, de búsqueda, de insistencia. No es algo divino que cae del cielo. Es consecuencia del trabajo.
¿Habéis incorporado algún tipo de rutina artística a vuestro día a día?
Paula: No tenemos una rutina impuesta como tal, pero está presente constantemente. Es como la escritura. Yo no me siento de tal hora a tal hora a escribir porque me lo haya marcado en una agenda, pero escribo casi todos los días. Puede ser en una libreta, en una nota del móvil, grabando algo. Es algo que forma parte de mí.
¿Sois antiacadémicas?
Paula: Yo no me consideraría antiacadémica. Lo que sí creo es que la formación no es la panacea. Hace falta algo innato, algo que tienes que tener. No creo que únicamente con disciplina vayas a llegar a ningún sitio, pero tampoco creo que solo con talento, sin formarte, puedas sostener una carrera.
Dentro de todos los métodos que habéis estudiado, ¿hay alguno que os interese especialmente y que esté presente en este disco?
Paula: A la hora de interpretar, trabajo mucho desde la empatía. Es lo que me permite conectar. Y creo que eso también ha estado en el LP. En el primero quizá empatizaba más conmigo misma, con lo que yo estaba viviendo, pero ahora siento que he podido hablar desde otros lugares. Me he visto capaz de escribir cosas que no son meramente mías, que tienen que ver con Adriana o con puntos de vista que quizá no comparto al cien por cien. Y eso ha sido muy divertido y muy tranquilizador a la vez. No deja de hablar de nosotras, porque todo parte de nosotras, pero sí hemos ampliado el ángulo.
Adriana: Si no eres capaz de ponerte en otro punto de vista solo vas a contar siempre lo mismo desde el mismo lugar. Y eso en algún momento deja de ser interesante y emocionante. Pero sin dejar de ser honestas. No hablaríamos de algo que no nos interpela o no nos atraviesa de alguna manera. Lo que sí hemos intentado es no acudir siempre a la víscera o al trauma como único motor creativo.
Es que estamos en un momento de la música muy visceral. Cuando dices “mi música es lo que yo soy”, no te permites jugar tanto con otros discursos…
Adriana: No es un disco ajeno para nada. Todo lo que está ahí nos ha tocado de alguna manera. Pero somos muchísimas cosas, no una sola. Esto es una parte nuestra, no la totalidad. Puede no gustarte nuestra música y no por eso no gustarte nosotras. Eso lo entiendo.
Paula: También te digo que no podría compartir mi vida con alguien que no admire lo que hago. No podría estar con una persona a la que le pareciera una mierda mi trabajo, porque al final sí es una parte importante de ti. No es todo lo que eres, pero es algo que construyes, que defiendes. No creo que pudiese ser amiga de Adri si me diese vergüenza ajena cómo actuase.
¿Te puede interesar algo que no te guste?
Adriana: Sí, claro que puede interesarte algo que no te guste. Y me parece que eso está muy bien. Si solo te interesa lo que te gusta, te conviertes también en algo un poco vicioso.
Paula: Es que para mí va de la mano. Si algo me interesa es porque, por una razón u otra, me está gustando. Quizá no de la manera más evidente, pero hay un gusto ahí. Llámalo gusto, llámalo interés, pero el respeto se me queda corto. Respetar está bien, pero para mí no es suficiente.
Hablando de admiración, hay una canción en el disco que se llama “Mi amiga”. ¿Está dedicada entre vosotras o habla de otra cosa?
Paula: Nos lo han preguntado ya varias veces. En la primera entrevista que hicimos pasó exactamente lo mismo. Era un chico y nos dijo: “¿Va de vosotras, de vuestra amistad?”. Es una canción sobre la bisexualidad.
Digamos entonces que tendemos a utilizar la amistad como refugio cuando en realidad lo que hay es otra cosa.
Paula: Sí, es como extravalorar el concepto de amistad para meter ahí a gente en casillas que no corresponden. Es como decir: “Te gusto, tía. No me estés volviendo loca”. Y tú a mí. Entonces no me digas que somos amigas. No somos amigas. No me metas en una casilla que es muy importante, porque la amistad es algo muy serio. ¿Quién ha dicho que yo quiera ser tu amiga? Esa conversación tampoco se ha tenido. Podemos ser pareja y podemos casarnos si quieres, pero eso se entiende que requiere un consenso. En cambio, la amistad se coloca como una especie de lateral cómodo, como si fuese menos comprometida.
Hace poco se volvió viral un momento de Amaia y Aitana en ‘Operación Triunfo’ hablando de lo amigas que son y de cómo, aun queriéndose mucho, hubo momentos en los que sintieron envidia la una de la otra. ¿Os reconocéis en ese tipo de sentimientos dentro de vuestra relación? ¿Creéis que cuando dos mujeres trabajan juntas en una misma industria es inevitable que aparezca esa comparación o esa competencia?
Adriana: Sí entiendo que, cuando desde fuera se construye una narrativa que os coloca una frente a la otra, eso pueda generar fricción. En el caso de ellas, todo el rato era “tú eres Amaia, tú eres Aitana”, como si tuvieran que ocupar lugares opuestos. Pero a nosotras nunca nos han puesto en esa situación.
Paula: Claro. Nunca se ha creado un relato externo de compararnos en plan “tú escribes más”, “tú haces más teatro”, “tú estás más presente”. No. Somos actrices, sí, y hemos hecho castings para el mismo papel, pero no ha habido una narrativa que nos obligara a competir.
Vosotras sois Pipiolas, pero la palabra evoca algo inmaduro, infantil. ¿Qué significa titular así un segundo disco, cuando ya tenéis experiencia y tablas? ¿Hay algo político, humorístico, o es simplemente una forma de seguir disfrutando?
Paula: Un poco todo. También hay una parte práctica: no podemos cambiarnos de nombre ahora. Ojalá fuéramos Las Maduritas, pero no.
Adriana: En la contraportada del vinilo se ve muy claro ese juego. En la portada estamos deformadas, con máscaras, pero detrás se ve que no es una foto real: estamos armadas con nuestra esencia. Venimos del narciso y del espejo de la primera portada, y siempre vamos a partir de ahí. La ironía, el sarcasmo, el niñateo forman parte de nosotras. Cuando tengamos 40 años ya veremos, pero ahora mismo es así.
¿De dónde parte esa deformación de las máscaras, esa imagen un poco feísta de vosotras mismas?
Adriana: De la idea de madurar, pero entendida con ironía. La deformación no es solo afearse, es mutar. No queríamos hacer una lectura literal ni moralista. Todo el disco bebe de una estética ochentera y ahí aparecen referencias como “Spitting Image”, los guiñoles, esa exageración caricaturesca.
Paula: También es interesante algo que comentábamos el otro día: cuando se deforma algo masculino, suele llevar a un imaginario concreto; cuando se deforma algo femenino, enseguida se asocia a lo estético. Y no va por ahí. No es una crítica a la cirugía estética ni nada parecido. Nos lo han preguntado, pero no tiene que ver con eso. Es más una reflexión sobre cómo cambiamos, cómo nos miramos y cómo elegimos representarnos.
Venís de dos veranos girando muchísimo, incluso en festivales que no necesariamente tenían que ver con vuestro sonido. Ahora sacáis disco y no hay prácticamente fechas. ¿Qué ha pasado con la gira?
Paula: Es una pregunta que también nos hacemos nosotras. No sabemos muy bien qué ha pasado. Hemos pasado de estar dos veranos sin parar, tocando en muchísimos festivales, incluso en algunos donde la programación no tenía mucho que ver con nosotras, a de repente sacar disco y no tener prácticamente fechas. No tiene mucho sentido, sobre todo cuando acabas de publicar algo nuevo.
Adriana: Yo creo que no ha habido maldad, pero sí una relajación. Cuando las cosas van bien parece que se van a sostener solas, y no es así. Si no hay un engranaje interno recordando constantemente que estás viva, que acabas de sacar disco, que sigues aquí, es muy fácil que te olviden. Hay tantos grupos y todo va tan rápido que, si no estás empujando todo el rato, desapareces.
Paula: Y también hay algo estructural. Somos mujeres en la industria, y eso juega en contra si no tienes un equipo muy fuerte sosteniéndote.
Venís de tener un equipo que os sostenía y de repente os encontráis dudando incluso de si merecéis la pena. ¿Habéis pasado por ahí?
Paula: Sí, totalmente. Hemos pasado por ahí. Cuando vienes de una inercia en la que parece que todo está en marcha y de repente no ocurre lo que esperas, empiezas a dudar de todo. Incluso de ti misma. Ha sido una Navidad complicada, siendo honestas. Muy dura.
De hecho, en el disco habláis de pastillas, de diazepam, incluso de dejarlo. ¿Qué papel ocupa la ansiedad o la salud mental en este nuevo trabajo?
Adriana: Hay un cambio claro. Cuando decimos “ya no me tomo diazepam ni pastillas” estamos dialogando con el imaginario del disco anterior. Antes hablábamos desde un lugar más ansioso. Este sigue siendo un disco oscuro, porque creo que siempre tendremos una parte oscura, pero es una oscuridad más calmada, más asentada.
¿Cómo se puede estar tranquila en un paisaje que sigue siendo oscuro?
Paula: Supongo que es una postura bastante existencialista. Asumir el absurdo de la vida y decidir seguir. Una vez decides que vas a vivir, algo tienes que hacer con eso. Para nosotras, hacer arte es la manera de comunicarnos con la vida.
Adriana: Me considero una persona feliz aunque el mundo sea objetivamente un desastre. Decidir que todo es blanco o negro me parece una forma muy complicada de vivir. El negro absoluto existe, pero no todo tiene que ser negro todo el tiempo. El arte, en el fondo, lo inventamos también para hacer la vida más vivible. Este disco habla un poco de eso. De estar presentes. Y estar presentes, incluso en la oscuridad, da paz. ∎