Si bien en el mundo anglosajón las monografías dedicadas a sellos discográficos están lo suficientemente extendidas como para haberse chequeado en la pantalla, ahí queda la extraordinaria “Stax: Soulsville USA” (Jamila Vignot, 2024) como muestra, en España se mantienen como Rubicón infranqueable. Por ello, saludemos como pionero este “Hispavox. El sonido de una época” firmado por José María Díez Monzón (Santander, 1950), técnico de sonido de la casa durante ocho años mollares de su existencia, los que engloban desde 1977 hasta 1984.
Mucho lamentamos que entre los singles que distribuyó Hispavox en España –de sellos como Motown, Atlantic, Vogue– no figurara “You Can’t Judge A Book By The Cover” de Bo Diddley, pues nos daría pie idóneo para apuntar los no pocos escollos formales del libro: portada desoladora, combinación formato grande más tapa blanda de incómodo manejo, maquetación a tres columnas y, uf, ausencia de un índice que se antoja fundamental para un texto de voluntad enciclopédica. Y hasta aquí unas suspicacias que se diluyen a poco que uno deje correr las páginas, porque el objetivo de Díez apunta a hercúleo: cubrir la historia completa de Hispavox desde su misma fundación en 1959, algo que, hablando del sello que se disputa con Belter el título de más representativo del país, implica miles y miles de registros de música clásica, experimental, gregoriano, zarzuela, flamenco y, en fin, cualquier manifestación sonora que uno pueda alcanzar a imaginar. También pop, claro: el éxito internacional en 1959 de “Un telegrama” de aquel primer conato de chica yeyé que conociera España, Mona Bell, lo convertiría en eje central de la compañía.
Desistamos de hacer censo porque por fugaz que este fuera resultaría apabullante: desde Karina y Raphael hasta Nacha Pop y Alaska y Los Pegamoides, rara es la figura que dejó de pisar aquellos estudios donde Waldo de los Ríos y Rafael Trabucchelli erigieron esa catedral gótica del pop que fue el “sonido Torrelaguna”. Lejos de suponer un reparo, la prosa funcional del autor termina siendo perfecta aliada, pues uno de los aciertos es aplicar el mismo rigor a todos los artistas sin gradación de valía artística, lo que lo convierte en fuente única de información para tantas grabaciones hoy obviadas –valga el eufemismo, porque aquí entran discos de Torrebruno o casetes destinados a la Feria de Abril– pero de rendimiento económico infalible que permitieron apuestas arriesgadas, algo que Hispavox siempre entendió como esencial en su misión.
El libro es también crónica de una industria, y Díez no deja de lado las mecánicas del estudio, las relaciones de poder o la evolución hacia las dinámicas del gran mercado –de la mano de José Luis Gil, el supervillano de la serie documental “Locomía” (Jorge Laplace, 2022)– que antecedieron a su absorción por EMI. Es esta la argamasa de una narración que se aviva en los años pasados por el autor en la casa, a la que ni tan siquiera el laberinto que abren los apartados solo al alcance de un técnico de sonido –longitudes de onda, ecualizaciones, ustedes ya me entienden– hacen caer el libro en terreno pantanoso. Al contrario, el resultado es tan atípico como fundamental: un amplio mosaico del sello más allá del brillo de sus primeros espadas, un pozo de descubrimientos discográficos sin fin e incluso, por momentos, un amago de panorámica completa de la historia de la música española como nadie la había afrontado hasta ahora. ∎