Después de entregar la tercera parte de su trilogía (2022-2024) formada por “Ciudad en llamas”, “Ciudad de los sueños” y “Ciudad en ruinas”, el estadounidense Don Winslow anunció que ese sería su último libro porque necesitaba todas sus energías en cuestiones políticas destinadas a frenar, en la medida de lo posible, la segunda irrupción presidencial de Donald Trump. Como las cosas han ido como han ido, Winslow ha vuelto a la literatura. En cine, solo un ejemplo: Steven Soderbergh proclamó a principios de la pasada década que dejaba de rodar, y desde entonces no ha parado de realizar películas –con cámaras de cine y con móviles– y series televisivas. En música, el eterno retorno no es precisamente un mito. De modo que conviene no creer siempre (o casi siempre) a un autor cuando anuncia su despedida. Es lo que ha hecho el británico Julian Barnes (Leicester, 1946), que el pasado 19 de enero cumplió los 80 y publica ahora una novela, escrita entre 2022 y 2025, asegurando que será la última.
El título, en este caso, parece definitorio: “Despedidas” (“Derparture(s)”, 2026; traducción de Jaime Zulaika; edición en catalán, “Comiats”; Angle Editorial, 2026; traducción de Alexandre Gombau i Arnau). Definitorio, también, por el recuento de raíz proustiana que Barnes hace de algunos aspectos de su propia vida y de gente cercana a él. Pero ya anuncia nada más empezar el viaje que la memoria es ese lugar donde degradación y embellecimiento se superponen; aunque no es ni mucho menos el tema central, las intersecciones al orden del día entre realidad y ficción aparecen de vez en cuando en el volumen. Avanzado el libro, asegura que no hay problema en falsear el contexto si uno respeta la veracidad central, fundamental, de la historia. En la página 19, no antes, sentencia que esta será su última novela. ¿Cuándo, cómo y porqué decide un autor que está será su última novela, disco, película o lienzo? Anunciarlo, ¿no le hace adquirir el valor, esquivo, del testamento? ¿Debemos leer entonces “Despedidas” como una obra testamentaria teniendo en cuenta que no sería descabellado que Barnes volviera a publicar algo en los próximos años? O, ateniéndonos al título de su anterior obra, el exquisito y sutil ensayo “Mis cambios de opinión” (2025), ¿puede replantearse en un futuro no tan lejano algunas de las ideas, dudas y certezas desperdigadas en “Despedidas”, algo que invalidaría toda opción de testamento, ya que hasta estos pueden revisarse y modificarse?
La novela es en realidad un conjunto de relatos, cinco en concreto, conectados entre sí desde esa idea del recuerdo que antecede a la despedida. Recuerdo que es ficción, claro. El primero, “El gran I Am”, sobre el recuerdo autobiográfico involuntario, le permite discurrir críticamente sobre la magdalena de Proust: “Yo he subsistido con los secos mendrugos del recuerdo voluntario”, certifica Barnes. Tenemos alrededor de 70.000 pensamientos al día, nos recuerda el autor, y argumenta con una anécdota de Friedrich Nietzsche en la que repitió un texto ajeno convencido de que era suyo (brillante coartada para el plagiador, si fuera el caso), que el cerebro juega de forma permanente con nosotros. Barnes avisa: todo recuerdo puede ser exagerado, incluso fraudulento, de modo que mejor tomarse “Despedidas” como una ficción pese a partir de experiencias vividas y personajes muy próximos al autor. El afán de certeza puede extraviarnos, sugiere, y propone que tal vez Marcel Proust fuese un novelista en busca de una teoría para el andamiaje de su obra (“algo muy francés”, remacha con sorna). Ese estilema literario que es la memoria proustiana está siempre presente en el libro, sea la evocación del olor de una tostada quemada o un cuarteto de cuerda de Beethoven antes de hacer el amor. Pero Barnes se confiesa no proustiano, y lo cita para discrepar de él.
Evocaciones y realidades. Otra parte de “Despedidas” está centrada en la coincidencia del COVID y el confinamiento con que se le diagnosticara un cáncer en la sangre. Desde esa atalaya de las ocho décadas vividas, el escritor tira siempre de ironía: “El cáncer es estupendo para adelgazar”; el gobierno estaba “empecinado en defender el sagrado derecho del ciudadano inglés en ir al pub y contagiar a otros”. Iniciado el confinamiento, y asumida su enfermedad, Barnes encargó un cofre con treinta películas de Ingmar Bergman y, ante las protestas de algunos amigos, dijo que el director de “El séptimo sello” (1957) era un cineasta subestimado como humorista. Todas estas disquisiciones, memoria y fabulación a partes iguales, aunque no proporcionales, sirven en el fondo de preámbulo para lo que serían las dos partes centrales del libro, “El principio de la historia” y “El final de la historia”; en medio de ambos, el texto “Tratable” explica con precisión toda su experiencia médica y hospitalaria.
La historia es la de Jean y Stephen, primero amigos (el principio) y, cuarenta años después, nuevos viejos amigos (el final), sobre los que Barnes había jurado no escribir. Él hizo que se conocieran en sus tiempos universitarios, que salieran juntos un tiempo antes de separarse. Y él, asumiendo sin problemas el carácter de un celestino, quien les hizo reencontrarse cuatro décadas después, más viejos y, solo en teoría, más sabios, para que retomaran su historia allá donde la dejaron. Ahora, en este nuevo proceso, el de “un amor de floración tardía y reencuentro largamente demorado”, Barnes queda con los dos por separado y cada uno le cuenta su versión de la relación. ¿Hay un material mejor que este para un escritor? Pero el autor es sincero, y piensa, no sin cierta amargura, que en esta historia confundió la vida con la literatura, y eso nunca es bueno.
“Dicen que cuando envejecemos, a menudo recuperamos recuerdos olvidados de la infancia. Al mismo tiempo perdemos la capacidad de recordar los años intermedios”, escribe en la quinta historia, “A ninguna parte”, que empieza con comentarios sobre el efecto que ha tenido en Barnes la poesía y la prosa de Stéphane Mallarmé, Arthur Rimbaud, Charles Baudelaire, Théophile Gautier, Gustave Flaubert y George Sand. Quizá debería replantearse el anuncio de que “Despedidas” es su última novela antes de que la vejez devore la memoria de los años intermedios y, con ello, el recuerdo que tiene sobre los demás porque, aunque le parezca una frase desalentadora, la suscribe. Es de T. S. Eliot: “Lo único que sabemos de los demás son los recuerdos que tenemos de los momentos que pasamos juntos”. Y vuelve sobre Jean y Stephen, y se pone en duda a sí mismo a partir de ese recuerdo compartido que va evaporándose con el tiempo. ∎