Libro

Kae Tempest

Una vida buscandoRandom House, 2026

Lo primero que pensé al ver el título del último libro de Kae Tempest, “Una vida buscando” (“Having Spent Life Seeking”, 2026; traducción de Gabriela Ellena Castellotti), fue que se trataría de una autobiografía, o de otro ensayo a la manera de su magnífico “Conexión” (2020; Sexto Piso, 2021). Al fin y al cabo eso precisamente, buscar, es lo que ha hecho siempre Kae durante toda su carrera como músico, poeta y novelista. Tratar de expresar el tumulto en su interior, sus luchas íntimas, su ansia de contacto con los demás. Buscarse a sí mismo a través de la palabra, en un continuum en el cual vida y arte son casi la misma cosa. La una y el otro van siempre de la mano, desde sus días de juventud en las casas okupas de Londres, cuando todavía se hacía llamar Kate, hasta hoy, convertido en uno de los referentes indiscutibles del rap, el spoken word y uno casi diría de la literatura contemporánea a nivel europeo.

Y aunque es cierto que estamos ante una novela de ficción –la segunda tras “Cuando la vida te da un martillo” (2016; Sexto Piso, 2018)–, los paralelismos entre la vida de su protagonista Rothko Taylor y la del propio Kae, a quien hemos visto transicionar a lo largo de los últimos años, y que en su ultimo disco, “Self Titled” (2025), reivindicaba ferozmente la conquista de su identidad, son obvios. También se filtran en la historia su relación con las adicciones propias y ajenas, así como la importancia del arte, la música y la comunidad para dar sentido a esas existencias al margen, que de otra manera podrían haber acabado demasiado pronto.

La novela narra la vida de Rothko en dos momentos concretos, durante su adolescencia y en el presente, veinte años después, tras una larga estancia en prisión. Saltamos del ahora al entonces y de nuevo al ahora, y en esos saltos, con prosa ágil, impresionista y sentida, descubrimos su compleja vida familiar, su brutal conflicto identitario, sus primeros contactos con el amor, el sexo, las drogas, el rechazo, el miedo, el placer y la pérdida. Conocemos a su madre adicta, a su padre distante, a su hermana, a su primer gran amor clandestino.

Es también el retrato de un lugar, Edgecliff, un pueblo ficticio junto al mar, en el que llueve a menudo y al cual todos los personajes parecen de alguna manera atados. Pese a que se centra mucho en la perspectiva del propio Rothko, la novela está atravesada por pequeños retazos de las distintas vidas que pueblan ese lugar inhóspito a la par que bello. Al ir recorriendo las calles del pueblo, sus pubs, cafés, callejones y playas, sus edificios obreros y sus adosados de clase media, a uno le viene a la cabeza la hermosa canción “People’s Faces” del álbum “The Book Of Traps And Lessons” (2019), en la cual Kae habla de la calma y la conexión que siente, incluso en los peores días, cuando se para a observar los rostros de los desconocidos de la calle. Al imaginar sus vidas, sus pequeñas alegrías y sinsabores.

La conexión con su obra musical es, de hecho, palpable a lo largo de todo el libro. En algunos pasajes, a uno le parece estar escuchando un beat, sobre el cual Kae maneja su fraseo con una cadencia y una maestría propias de alguien que lleva ya más de veinte años haciendo de la poesía su modo de vida y su escudo contra el dolor del mundo. Es la suya una prosa viva, honesta, cruda cuando toca, pero recorrida por una enorme carga de ternura.

La novela gira, de hecho, en torno a los mismos temas que Tempest ha tratado una y otra vez en sus canciones: la soledad, los conflictos de clase, la búsqueda desesperada de una conexión humana genuina, la iluminación, el perdón, la redención. Cómo todos somos seres falibles, con una historia personal y una mochila a las espaldas, y cómo nos esforzamos en encontrar la felicidad, tropezando una y otra vez con la misma piedra. Igual que toda su obra, es una declaración de amor a las partes más rotas de nuestro interior, una furiosa reivindicación de lo colectivo, de la mano tendida sobre el abismo como única forma de encontrar algo de paz, aunque sea efímera.

Y aun así, puede leerse y disfrutarse plenamente aunque no se conozca la faceta musical previa del autor. Es una pieza narrativa sólida, poderosa, rica en matices e imágenes, de personajes de carne (mucha carne) y hueso estupendamente construidos, que acaba consiguiendo, a través de sus constantes saltos temporales, una fuerte impresión de realidad y momentos de gran emoción y belleza. Una historia de espíritu y paisaje netamente británico, también, con ecos al free cinema, la literatura kitchen sink. “La soledad del corredor de fondo” (Alan Sillitoe, 1959) en clave queer y contemporánea.

En tiempos de individualismo feroz, en los que los psicópatas en el poder parecen estar ganando la partida, contaminándonos con su rechazo radical ante cualquier muestra de empatía, es más necesario que nunca leer a alguien como Kae y un libro como este, que no ceja en su empeño de recordarnos que solo podemos salvarnos a través del otro. Es más, que en realidad somos también los otros y los vínculos que construimos. Que solo mediante ese acto de entrega podemos encontrar sentido y una manera más digna de estar en este mundo a menudo hostil. ∎

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