El lector conocedor de la narrativa del autor húngaro entenderá que el caos, la cascada incesante, a borbotones, de palabras, frases, imágenes y hechos transcurren sin freno en un cuaderno de calamidades y desazón como este. László Krasznahorkai (Gyula, 1954) aplica una prosa desconcertante y, por momentos, pesarosa, volcada en una cosmovisión ordenada a su manera, que apela al apocalipsis. En origen, “Herscht 07769. La novela bachiana de Florian Herscht” (“Herscht 07769”, 2021; Acantilado, 2026; traducción de Adan Kovacsics) es una abrasadora reflexión sobre una nueva caída en el autoritarismo. Su corpus es una sola frase que se extiende a lo largo de poco más de 400 páginas. En esta ocasión, la obra no transcurre en Hungría, sino en un pueblo ficticio situado en Turingia, Alemania. El autor de “Tango satánico” (“Sátántangó”, 1985; Acantilado, 2017) lleva cuarenta años expresándose a contracorriente de la legibilidad.
El título de la novela proviene de la dirección que Florian Herscht usa como remitente en su correspondencia: Ernst-Thälmann-Strasse 38, 07769 Kana. La calle lleva el nombre del político y líder del Partido Comunista de Alemania entre 1925 y 1933, durante la República de Weimar. Arrestado por la Gestapo, Thälmann permaneció en aislamiento hasta 1944, momento en que se decretó su fusilamiento. En la Europa del siglo XX, el comunismo y el nazismo se entrecruzan. Igual pasa con el protagonista, que es obligado por el Jefe, un neonazi que le da empleo, a hacer cosas que no desea hacer.
Herscht, huérfano y enormemente corpulento, es un estudiante de física que pide ayuda a la doctora en física cuántica Angela Merkel, canciller de Alemania entre 2005 y 2021, con la intención de salvar el planeta. La obra presenta un mundo violento, donde el protagonista resulta ser el mensaje y el lenguaje empleado es una estrambótica perífrasis para comprender la esencia humana.
Según parece, en los estados del bienestar, el impacto de los neonazis es mayor. La furia del pensamiento único lleva décadas castigando el pensamiento crítico. ¿Qué queda del Berlín libertario de la República de Weimar? No parece casual que el autor haya escogido Turingia como escenario literario. Y desde 2022, Moscú está en guerra con Ucrania. Todo arde. Solo queda una memoria desvaída por la barbarie. Por tanto, hablar de apocalipsis en Europa Central puede sonar a catástrofe, pero no le resta visos de posibilidad.
Aunque suene redundante, Krasznahorkai hace de Krasznahorkai. Sin ataduras ni contemplaciones. Justo antes de empezar, suelta “La esperanza es un error”. Sería normal abandonar. No obstante, el lector, tan juicioso como temerario, seguirá. Asume el nivel superior del riesgo y quiere más de Krasznahorkai. El lector sufrirá. El esfuerzo intelectual castigará su sistema neuronal. La niebla cerebral está ahí.
Resulta arduo atinar si el escritor magiar se fía de sí mismo. Pero resulta meridiano que tiene un disgusto mágico –de ahí su prosa desbocada– con el ser humano, ya que se hace difícil saber si lo envía al banquillo de los acusados o al de los suplentes. Enigmas suficientes para leer un texto sin red. Todo es lineal hasta alcanzar el infierno o lo que eso signifique. Para entender al autor de “El barón Wenckheim vuelve a casa” (2016; Acantilado, 2024), hay quien acude a Samuel Beckett. Y en lo descriptivo su obra se entiende como “un vasto río negro de tipografía”.
“Herscht 07769” es tanto una novela como un ensayo, ambos cosidos por un torrente de metaficción que abre las puertas al absurdo de la realidad. En la memoria revuelta del lector, esta maraña de palabras acude al rescate con una sentencia del periodismo de investigación: “Hay un fusilado que vive”. La muerte, cuando se levanta, crea vértigo.
Al igual que otro afligido observador del mundo –el Premio Nobel de Literatura 2016, Bob Dylan, distinguido “por haber creado una nueva expresión poética dentro de la gran tradición estadounidense de la canción”–, László Krasznahorkai es aplaudido “por su obra convincente y visionaria que, en medio del terror apocalíptico, reafirma el poder del arte”. Para las artes no es sencillo explicar cómo somos. Una canción o un libro difícilmente cambiarán el mundo. Aun así, ambos autores son notarios de la paradoja y la culminación humanas. El universo que muestra este libro es una genuina manera de percibir el magnético caos del ser humano al borde del abismo. ∎