Libro

Ozzy Osbourne

Últimos ritosLibros Cúpula, 2026

La casualidad ha querido que, en cuestión de pocas semanas, se hayan publicado en España dos libros de memorias de los dos miembros fundamentales de Black Sabbath, “Iron Man. Mi viaje a través del cielo y el infierno con Black Sabbath” (Libros del Kultrum, 2025), del guitarrista Tony Iommi, y “Últimos ritos” (“Last Rites”, Little, 2025; Libros Cúpula, 2026; traducción de Fernando Garí), del recientemente fallecido Ozzy Osbourne.

El cantante ya había publicado “I Am Ozzy (confieso que he bebido)” (2010; Global Rhythm, 2011) –reeditado años más tarde como Soy Ozzy” (Es Pop, 2018)–, lo que parecían unas memorias exhaustivas. Pero dado el cúmulo de cambios producidos en la vida del icono del metal durante los quince años posteriores, no resulta extraño que Osbourne escribiera –ayudado en realidad por Chris Ayres, con quien ya había trabajado en el libro anterior– una secuela centrada en estos tres últimos lustros. Completado y revisado por el propio cantante antes de su muerte en julio, a los 76 años, “Últimos ritos” se adentra en sus últimas reuniones con Black Sabbath, sus dos álbumes en solitario –“Ordinary Man” (2020) y “Patient Number 9” (2022), el broche final a su carrera– y el trascendental concierto de despedida “Back To The Beginning”, así como en los angustiosos problemas de salud que marcaron sus últimos años.

El libro empieza con una declaración de principios: “La gente me pregunta: si pudieras volver a empezar, sabiendo lo que sabes ahora, ¿cambiarías alguna cosa? Y yo digo, joder, no. Si estuviera limpio y sobrio, no sería Ozzy. Si hubiera hecho cosas normales y sensatas, no sería Ozzy”. Es una frase tan rotunda que viene impresa hasta en la contraportada del libro. Pero en la introducción, inmediatamente después de eso, reconoce que “es jodido lo que ha pasado”. Y que cuando se llega a los 70 ya no se trata de “un resfriado o de un esguince de tobillo”, sino de “mierda de la gorda”. Y si has llevado la vida que llevó él, “mierda de la gorda al cuadrado”. Habla, por ejemplo, de los ocho días que estuvo en coma en 2003 tras un accidente de quad, a resultas del cual se convirtió en “un hombre de hierro de verdad”, lleno de placas de acero y tornillos que hacían “saltar los detectores de metales de los aeropuertos”: una broma con una de las más famosas canciones de Black Sabbath, “Iron Man”. También pormenoriza la sucesión de idioteces que hizo durante varias semanas y que provocaron que una “simple” gripe derivara –él explica el camino– en una arriesgadísima cirugía de columna, a la que se sometió en 2019, llena de complicaciones, que hicieron que jamás finalizara la gira “No More Tours II” y terminara viéndose definitivamente como un viejo sin apenas movilidad, a los 70 años… La sucesión de calamidades, eso sí, la cuenta de una forma que no te queda más remedio que reírte…

Murió a los 76 pero, pese a todo lo que le pasó por su mala cabeza, no vivió mal, e hizo ese tipo de cosas absurdas que a los boomers nos gusta recordar –¡y que tanto escandalizan a los niños de ahora!–, como “despertarme en medio de una autopista de ocho carriles o surfear sobre el techo de un teleférico suizo” o beberse “cuatro botellas de coñac al día”, que él cita de pasada… El libro viene a recoger las reflexiones del cantante sobre buena parte de sus capítulos más oscuros y sus mayores triunfos musicales, además de sus humildes orígenes en Birmingham. Osbourne profundiza en las causas profundas de su adicción –“ser adicto es como cargar con una bomba sin detonar que no puedes soltar nunca”– que lo llevó a ser adicto a todo salvo a la heroína porque le daba repelús pincharse: desde la coca y el alcohol a todo tipo de medicamentos –cuyas recetas se apañaba para conseguir de formas insospechadas– o, incluso, al helado, hasta el punto de llegar a la prediabetes… Él achacaba sus adicciones a problemas infantiles y familiares como la pobreza, la dislexia y el trastorno por déficit de atención con hiperactividad. Osbourne escribe que “cada vez que me tocaba leer en voz alta, la clase entera se partía de risa”. “Tener que levantarme en clase para leer cuando no entendía lo que ponía en la página era, para mí, peor que la muerte”, lo que le transmitía una “sensación de catástrofe inminente que me acompañaba a todas partes”. Al crecer en una familia obrera en Aston, un barrio de Birmingham, Osbourne también sintió el aguijón de la pobreza, que le persiguió incluso después de alcanzar la fama y la fortuna. “Era el único crío cuyos padres no tenían ni una moneda para un cucurucho cuando pasaba el camión de los helados por su calle. Igual solo pasó un par de veces, pero dolía como si fuera siempre”.

Inicialmente, los grandes “amores musicales” de Osbourne tenían poco que ver con la música que lo hizo famoso. En el libro cita “You Really Got Me” de The Kinks como “la primera canción realmente heavy”. Cuenta que se compró el single “cinco veces porque no paraba de desgastarlo. Puede que fuera mi primera adicción”. Bastantes años después conoció a Ray Davies en el Madison Square Garden y le confesó que esa pieza le parecía, básicamente, “la canción perfecta”. Y el líder de The Kinks le devolvió el cumplido, diciendo que le gustaba “Paranoid”.

Ozzy también desvela que “de chaval, estaba loco por los Beatles” y escribe que cuando descubrió su música fue “como si me hubiera acostado en blanco y negro y despertado en color”. También señala que Elton John, quien colaboraría con él cantando y tocando en “Ordinary Man”, la canción que dio título a su álbum de 2020, le fascinaba en los años setenta: “Llegaba a casa después de cantar sobre brujas y Satanás y me ponía a llorar con ‘Your Song’”. Peter Gabriel –sobre todo su álbum “So” (1986)–, Phil Collins, Kraftwerk, el “Rock Me Amadeus” de Falco y Prince también tuvieron una presencia constante en su vida un poco más adelante.

No todo gira en torno a malos momentos; hay mogollón de anécdotas descacharrantes. Como la del día en que vaciaron sobre Bill Ward, el batería original de Black Sabbath, el depósito de aguas negras de una autocaravana. O como cuando, pensando que caía sobre la mansión que habían alquilado una redada policial, y con la taza del váter atascada, se ventilaron por la nariz una cantidad enorme de polvo blanco: “Cuánta cocaína nos metimos esa tarde, ni idea. Pero no conseguí pegar ojo en lo que me parecieron años”. En un momento dado, Ozzy quiso dejar el tabaco y empezar “a fumar un puro de vez en cuando” para cuidarse las cuerdas vocales “y disfrutar del sabor del tabaco sin tragar el humo”. En la siguiente escena vemos a Ozzy fumándose “treinta Montecristos al día, inhalando cada calada, y con media casa convertida en un fumadero”. Después de eso volvió al tabaco, y “un paquete de Marlboro me sabía a medio polvo”.

Lo más sorprendente es cuando descubrimos que la famosa anécdota del murciélago decapitado de un mordisco –sabíamos que fue una equivocación, que lo mordió pensando que lo que le habían tirado era un murciélago de juguete, de goma– partió de un antecedente no tan publicitado. Lo que no había trascendido es que pocos meses antes, en plena reunión con una veintena larga de ejecutivos de marketing de CBS, la compañía que iba a publicar en Estados Unidos su debut en solitario “Blizzard Of Ozz” (1981), en virtud de un acuerdo de distribución con Jet –el sello de su mánager Don Arden, padre de Sharon, la que luego se convertiría en esposa y mánager–, el cantante quiso sorprender con su visión de lo que es el “espectáculo” y, en vez de dejar volar en la reunión un par de palomas que le había entregado Sharon para que las soltara mientras gritaba “paz” o “rock’n’roll”, sacó una de ellas del bolsillo de la chaqueta donde las escondía y… ¡sí! ¡La decapitó de un mordisco! Pudo ser el fin de su carrera –la compañía amenazó con enterrar el disco y no aceptar rescindir el contrato–, pero “Crazy Train”, el primer single, ya había comenzado a sonar en todas las emisoras de heavy metal de Estados Unidos y los de CBS aceptaron que “este tío está como una puta cabra, pero quizá venda discos”.

Es posible que el libro no atraiga más que a los muy fans de Ozzy y Black Sabbath, pero yo no lo soy y me lo he pasado en grande, porque el tipo cuenta sus mierdas de una forma muy divertida y nos recuerda que hubo una época en la que, sin que estuviera todo permitido, muchos se las apañaban para divertirse de un modo que la mojigata sociedad actual no toleraría. Y así estamos: permitiendo que gente como Trump o Putin, sin tantos escrúpulos como el resto, nos lleven a su huerto… ∎

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