Cómic

Pia-Mélissa Laroche

La cantilena de maderaLibros Walden, 2026

Pia-Mélissa Laroche (Melun, 1985) es una ilustradora, diseñadora y dibujante francesa cuya obra permanecía inédita en nuestro país hasta la reciente publicación de “La cantilena de madera”. Editada en su país por Éditions Matière en 2023, reúne dos piezas distintas: “Mandolina” –que la autora empezó a realizar en 2020, en realidad– y “Talar los árboles, bloquear las fuentes y volcar las piedras”. Su aparición en nuestro mercado ejemplifica perfectamente cómo ha cambiado este en los últimos diez años: se trata de una obra sin vocación comercial, que hasta no hace tanto tiempo habría sido muy difícil ver por estos lares. Libros Walden, una editorial pequeña que ya reúne un interesante puñado de cómics en su catálogo, destaco aquí los excelentes “Ultrasound” (2023) de Connor Stechschulte y “Maleficio” (2024) de George Wylesol, se ha animado con esta autora que se sitúa en las coordenadas del cómic contemporáneo más críptico y lírico. En las dos historias que componen el libro no vamos a encontrar relatos en un sentido clásico, ni siquiera en un sentido posmoderno; son piezas libres, con un punto intuitivo en su realización, sensoriales y con un aliento sinestésico que ya anticipa el evocador título de la edición en castellano.

Ambas carecen de palabras y dejan todo el protagonismo al preciosista dibujo de Laroche, de trazo elegante y preciso, que evoca el art noveau, especialmente en “Mandolina”, en su querencia por la línea curva y voluptuosa, que solo contrasta con las rectas en momentos puntuales. En esta primera historia, en blanco y negro, la autora trabaja fundamentalmente con el ritmo, a través de un flujo de acción y transformación, que nos lleva de una situación a otra con transiciones inesperadas, de espíritu surrealista, en las que los cuerpos y los objetos mutan y se derriten de una página a otra. Páginas que, irónicamente, mantienen un orden cartesiano con retículas firmes, que permiten trabajar de manera aún más precisa el ritmo, en ejercicios que recuerdan a los que han practicado autores españoles como Roberto Massó (Cáceres, 1987) o Andrés Magán (Vigo, 1989). El hilo conductor de las notas musicales, a menudo transmutadas en bichos –metáfora un tanto obvia, por su parecido–, evita que el discurrir de la historia se acabe convirtiendo en una sucesión incoherente de ocurrencias visuales, y mantiene el interés siempre que se entre en el juego y se conecte con la propuesta estética, entre lo cuqui, lo absurdo y lo grotesco.

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Creo, sin embargo, que “Talar los árboles, bloquear las fuentes, volcar las piedras” resulta más contundente tanto en lo gráfico como en lo conceptual. Esta segunda historia narra, literalmente, lo que describe su título, pero, al mismo tiempo, está contando algo diferente. Con ilustraciones a toda página y una paleta de colores de gran potencia visual que recuerda a las ilustraciones de los cuentos infantiles de hace décadas y que se encuentra en la línea de otro interesante título de Laroche, el minicómic “La fleur au fusil” (kuš!, 2022, no traducido aquí), esta historia presenta a tres afanados personajes que acicalan por turnos a un gigante, quizá una suerte de elemental de la naturaleza. La decisión de usar páginas completas –a veces incluso dobles páginas– y la repetición de figuras –los árboles, fuentes y piedras del título– otorga al relato una gran fuerza icónica, muy evocadora, en la que se clavan los ojos a poco que se tenga cierto gusto por este tipo de estéticas. Aquí Laroche prescinde del estudio del ritmo y de la acción frenética al renunciar a la retícula, y se centra, más bien, en el estatismo de ilustraciones que, aunque siguen siendo narrativas, invitan a la pausa, al disfrute de la naturaleza y su lento discurrir, con un elemento sobrenatural o mítico que emparenta la historia con esa corriente que Santiago García denominó “primitivos cósmicos”, que hace algo más de una década renovó la ciencia ficción y las narraciones de dioses, extraterrestres y potencias extraplanares desde postulados arties.

Este tipo de cómic que parece escabullirse de etiquetas no termina de encajar con las de “vanguardia”, “alternativo” o “poético”. Su denominación es un dolor de cabeza para la crítica –al menos lo es si uno se obsesiona con la clasificación de las cosas–, pero yo últimamente creo que el término de “cómic posnarrativo” acuñado por Horacio Muñoz Fernández es bastante adecuado, al enfatizar la superación de modelos narrativos convencionales y centrar la atención en lo estético y lo sensorial. En este sentido, “La cantilena de madera” no aporta nada excesivamente novedoso a una corriente que ya va necesitando cierta renovación; aunque hay que tener en cuenta que, en realidad, sus dos historias ya tienen unos años. Y, en cualquier caso, suponen una aproximación idónea a una autora con un estilo propio, de gran imaginación y un sentido de la composición notable. ∎

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