“Romería” (se estrena hoy) cierra la trilogía que Carla Simón ha dedicado a su experiencia personal y a su familia, la biológica y la de adopción. Una trilogía bastante libre en cuanto a tonalidades y estructuras que admite desde el registro documental hasta elementos de autoficción. Es, también, una continuación a través del tiempo del primer jalón de este terceto de películas, “Estiu 1993” (2017), ya que el segundo, “Alcarràs” (2022), asumía las formas de una intermitencia centrándose en otra realidad familiar cercana, la de los problemas laborales y económicos en el campo y el final de una forma de vida, de una arcadia particular. Deberíamos añadir también parte de los cortometrajes de la directora, especialmente el hermoso “Carta a mi madre para mi hijo” (2022), que surge de una imagen, la de la directora embarazada de su primer hijo, que recuerda las fotos de su madre cuando la llevaba a ella en sus entrañas.
En aquel corto utilizaba fragmentos de cintas familiares en Super-8. Su textura granulada, sus encendidos colores, fijan hoy el recuerdo del tiempo pasado. Como ocurre en “Romería” con las imágenes en vídeo que pertenecen a los años ochenta, tomadas cerca de Vigo, el recuerdo/vínculo que la protagonista del filme, alter ego de la directora, tiene con una parte importante de la vida de sus padres biológicos relacionada con el amor y la independencia, pero también con la heroína y el sida. Estas imágenes de un tiempo pretérito, feliz y trágico a partes iguales, están acompañadas con la lectura por parte de Marina del diario que dejó escrito su madre. Este diario lo ha elaborado Simón a partir de las cartas que conserva de la mujer que la alumbró, Neus Pipó Simón.
En “Estiu 1993” una niña de 6 años, Frida, empieza a vivir con sus tíos y su prima pequeña después de la muerte de su madre. Simón, nacida en diciembre de 1986, tenía esos 6 años en el verano de 1993. En “Romería”, una joven de 18 años, Marina, viaja hasta Galicia para conocer a los familiares de su padre y obtener, además, el certificado que le sirva para pedir una beca con la que estudiar cine. La acción del filme acontece durante cinco días, entre el 16 y el 20 de julio de 2004, otro verano. En estas fechas, Simón estaba a punto de cumplir los 18 y, obviamente, iba a estudiar dirección cinematográfica.
Frida, Marina, Carla. Evocación, ficción, realidad, memoria, construcción de una experiencia. Heroína, sida y descubrimiento. Durante su primera mitad, “Romería” tiene el estilo naturalista más reconocible en la directora, aunque hay un elemento en el relato que posee una cualidad casi mítica: el elevado edificio de pisos cerca del mar donde pudieron o no vivir sus padres biológicos. A lo largo de esta parte de la película asistimos a un viaje de conocimiento más o menos clásico: la llegada a Vigo, la primera toma de contacto con sus tíos, sus sobrinos, las otras hermanas de su padre, los abuelos, las fiestas tradicionales, los días pasados en el velero de su tío Lois, el descubrimiento de las causas del desarraigo y la muerte de sus padres, el daño que hizo la “dama blanca” en toda una generación, el hecho de que el padre fuera ocultado por su propia familia a causa de la opinión pública sobre el sida…
Estos fragmentos del encuentro con sus raíces gallegas por parte paterna mantienen un diálogo con el pasado a través de las referidas imágenes en vídeo y la lectura del diario materno. Hasta que la directora rompe con este teórico realismo, más cerca del tono de “Estiu 1993” que de la voluntad neorrealista de “Alcarràs”, y propone un pasaje onírico relacionado con el citado edificio y esa cualidad fantástica que promete desde el primer momento, fragmento que es la antesala a un descenso a los infiernos del jaco y otras circunstancias. No hay tremendismo, tan solo exactitud. Y un punto de liberación para el personaje de Marina, que volverá a Barcelona, a sus padres adoptivos y a sus estudios de cine, no sé si más madura, pero sí más sabia. Simón se refiere a la película como una reparación de su memoria.
Las experiencias vividas en los cinco días de julio de 2004 son el propio diario de Marina, antes llamada Frida, filmado por Carla. Las imágenes del pasado ochentero tomadas desde ese plano onírico a la vez que crudo contradicen las palabras más idealizadas escritas por su madre en un diario de ficción que procede de unas cartas reales. La mirada de Marina (Llúcia García, que con un simple cambio de registro, pinceladas de maquillaje y corte de pelo distinto puede encarnar por igual a la hija y a la madre) es tímida al principio, retadora después, contundente al final. Su mirada se clava como una “espá”, sobre todo en los ojos de sus abuelos –por lo que hicieron, por lo que hacen–, parafraseando la letra de la memorable canción de Lole y Manuel, “Tu mirá” (perteneciente al disco de 1976 “Pasaje del agua”), que tanto gustaba a la madre de la protagonista, de la directora. ∎