Has pasado casi una década realizando “Alimentar a los fantasmas”. Es un trabajo extremadamente visceral, pero tengo entendido que primero lo escribiste en prosa y luego decidiste hacerlo en cómic. ¿En algún momento te planteaste por qué no lo hacías directamente en prosa?
No, desde el principio lo tuve claro: tenía que ser una novela gráfica. Lo que pasa es que me encantan las novelas gráficas que tienen una estructura literaria más potente de lo habitual. Escribí un esquema de 10.000 palabras. No todo el libro, pero sí calculé cuántas secciones iba a haber y cómo se desarrollaría la estructura. Como venía tanto de la escritura como de la pintura, ingenuamente pensé que eso significaba que ya sabía dibujar cómics, y estaba muy equivocada. Pero creo que eso me permitió romper las reglas del cómic porque no me habían educado en el “esto es lo que tienes que hacer”.
Me llama mucho la atención cómo, viniendo de un entorno donde no había comunidad china y donde el sentido de familia era muy diferente al habitual, conseguiste captar perfectamente cómo es China y cómo funciona una familia china.
Libros. La respuesta corta son siempre los libros. De niña me sentía muy atrapada dentro de las circunstancias de mi familia y me volqué en los libros porque eran una manera de vivir vidas diferentes, de entender cosas a las que no podía acceder. Hasta hoy, cada vez que intento aprender o entender algo, empiezo a leer. Creo que por eso las memorias en particular son un formato tan potente para captar las vidas y experiencias de otras personas. Sabiendo que iba a contar la historia de China y de mi familia como algo entrelazado, leer memorias me mostró tanto el aspecto emocional y cultural como la forma en que la historia se desarrollaba de fondo.
Descubriste que tu abuela, Sun Yi, había escrito un libro importante del que nunca habías sabido nada. ¿Cómo fue tu reacción?
Sí sabía que había escrito un libro, pero cuando eres niña no cuestionas lo que te dicen, solo lo asumes. Me pareció interesante, pero no tenía el contexto cultural para entender que había hecho algo políticamente peligroso y que la abuela que yo conocía, que llevaba décadas viviendo dentro de su enfermedad mental, era resultado de lo que había pasado en China. Tuve mucha suerte de que sus memorias me dieran un mapa a seguir en mi propio libro. El proceso de hacer “Alimentar a los fantasmas” supuso ir alcanzando una comprensión más profunda de mi propia ignorancia.
Pareces una persona muy fuerte, pero tu entorno no ayudó a construirte así. ¿Cómo lo conseguiste?
Creo que aprendí a estar cómoda estando sola. Crecer en un pueblo de 350 personas me dio un sentido sólido de mí misma porque tenía muchísima soledad. Mi familia me hizo fuerte, sobre todo porque mi madre tenía tanto miedo de que yo siguiera los pasos de su madre y sucumbiera a la enfermedad mental... Eso me forzó a defender mi mente a una edad temprana. También a crecer con acceso a la naturaleza...
Viajaste a China y Hong Kong para investigar. No hablas chino, tienes una fuerte herencia china y tenías que investigar algo delicado, por decir lo mínimo. ¿Cómo fue ese proceso?
No era periodista ni historiadora cuando empecé este libro, pero al final me convertí en ambas cosas porque tuve que hacerlo. En total pasé unos cuatro meses en Hong Kong y China. Fui a Hong Kong primero porque sabía que los materiales que buscaba estarían en inglés. También sabía que, por la forma en que el gobierno comunista estaba falsificando registros y la gente se autocensuraba, cualquier cosa que encontrara no sería fiable. Tuve la suerte de hablar con algunos periodistas en Hong Kong, que me dijeron que necesitaba tener más cuidado, que la historia que estaba contando quizá desde la seguridad de América parecía del pasado, pero en Hong Kong y China todavía estaba muy presente.
Tu libro llega en un momento en que Estados Unidos y China están en una situación complicada y tú estás justo en medio. ¿Cómo vives esto?
Por tener dos padres inmigrantes de diferentes países y crecer blanca y asiática, siempre he vivido en ese espacio intersticial y en cierto modo es donde me siento más cómoda. He pasado toda mi vida preparándome para estar en una posición cómoda entre estos dos lugares. Mi perspectiva sobre dónde está Estados Unidos ahora está profundamente marcada por haber estudiado la China de los años cincuenta y ver lo que pasó cuando Mao llegó al poder. Los paralelismos son aterradores e inquietantes.
Una de las partes más poderosas del libro es ver a tres generaciones de mujeres tratando de trabajar a través del trauma. ¿Cómo viviste descubrir lo diferente que las tres lo habíais enfrentado?
Somos muy diferentes y muy similares a la vez. Hay una página en el libro donde dibujo a mi abuela, mi madre y a mí misma huyendo de las expectativas culturales de género en las que fuimos criadas. Sentí que tenía que contar esta historia porque era la primera generación con suficiente privilegio para tener la libertad de hacer esto. Creo que las tres intentamos forjar vidas fuera de las expectativas puestas en nosotras, pero yo era la única estadounidense, era la única que realmente podía lograrlo. Por eso quería que una de las corrientes subterráneas del libro fuera esta pregunta de cómo las mujeres están limitadas por las sociedades en las que viven.
Este es el segundo premio Pulitzer otorgado a una novela gráfica después de “Maus”, hace 33 años. ¿Qué significa “Maus” para ti y qué significa estar en ese lugar?
“Maus” abrió la puerta. Hay toda una generación de cómics que nunca habría podido existir si Art Spiegelman no hubiera hecho algo que ninguno de nosotros había visto antes. “Alimentar a los fantasmas” no existiría sin “Maus”. Obviamente hay un enorme sentido de presión y responsabilidad al ser la primera novela gráfica desde “Maus” en ganar un Pulitzer, especialmente en Estados Unidos, donde los cómics no se toman en serio.
Revisando otras novelas gráficas sobre pasados familiares, siempre es la nieta hablando de la abuela y el nieto hablando del abuelo. ¿Crees que habría sido diferente si hubieras tenido que contar la historia de tu abuelo o de tu padre?
Para mí, “Alimentar a los fantasmas” es tan matrilineal, tan sobre mujeres y la forma en que las mujeres asumen el papel de guardián de la memoria... La gente me ha preguntado: “¿Vas a narrar la parte de tu padre a continuación?”. Porque también tengo una historia muy interesante de ese lado, el lado británico de mi familia es aristocracia venida a menos. Pero nunca he sentido que mi forma de moverme por el mundo haya estado marcada por ser vista como “insuficientemente británica”. Es irónico, porque mi hermano se interesó mucho en el lado paterno de la familia, así que él hizo la inmersión profunda en el lado británico; yo en el lado chino.
¿Cómo te sientes al saber que un libro tan entrelazado con China no será leído allí?
Supe desde el principio que ese sería el resultado probable. Por el material de las memorias de mi abuela y por ser muy transparente sobre sus puntos de vista anticomunistas, sería un libro prohibido. En cierto sentido tuve una década para acostumbrarme a eso. Acaba de salir una edición en Taiwán, así que existe una traducción china.
Te mantuviste alejada de las redes sociales. Creo que te enteraste de que habías ganado el Pulitzer mientras trabajabas en Alaska haciendo sándwiches. Asumo que todavía tienes esta urgencia de estar en otro lugar y mantenerte lejos de todo.
Siempre he sentido que el trabajo de un artista es reflejar y cuestionar la sociedad a la que pertenece, y no puedes hacer eso si estás completamente dentro del mundo que intentas comentar. La perspectiva que he podido mantener está muy marcada por el hecho de que he pasado tanto tiempo en la naturaleza y fuera de la sociedad. Mi urgencia de mudarme a Alaska no es antisocial ni intenta evitar seguir mi carrera. Está tratando de preservar lo que creo que tengo que ofrecer, que es esta visión desde fuera. La industria editorial, especialmente en Estados Unidos, va tanto de convertirte en una marca y una mercancía…
Descubriste que algunos mensajes de discursos del Partido Comunista eran muy similares a los de Donald Trump. Se nos ha hecho creer que esos son dos lados políticos opuestos. Si tienen los mismos mensajes, ¿dónde nos deja eso?
Los extremos acaban pareciéndose. Es la idea de una herradura donde los extremos vuelven a juntarse. En el caso tanto de Mao como de Trump se trata de control. Se trata de querer imponer una realidad que luego todos deben internalizar y creer. La eliminación de la libertad de expresión, la historia revisionista que estamos viendo ahora mismo en Estados Unidos: es el pasado repitiéndose. Por eso es importante que los periodistas, escritores y artistas de una cultura sean los que se opongan a la narrativa que se nos está imponiendo. Es un desafío hacerlo cuando todas las estructuras de apoyo para ese tipo de trabajo están siendo eliminadas, pero creo que nuestros trabajos nunca han sido más importantes. ∎