Película

Un amor

Isabel Coixet

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Desde hace años asistimos a un cine español que regresa a la tierra, los cultivos y las raíces familiares fuera de las ciudades. Ejemplos como la inolvidable “Estiu 1993” (Carla Simón, 2017) o las más recientes “Alcarràs” (Carla Simón, 2022) y “20.000 especies de abejas” (Estibaliz Urresola Solaguren, 2023) han recogido, sin caer en el idealismo, los estíos más cálidos, nostálgicos y acogedores de la última etapa de la cinematografía nacional, realizados especialmente por mujeres cineastas. Puede que nos acerquemos, sin embargo, al invierno de este ciclo natural, en el que superada la fase de enamoramiento solo queda hablar de las angustias del territorio.

Desazones como la que vive Nat (Laia Costa), la protagonista de “Un amor” (2023; se estrena hoy), relato confeccionado nuevamente por prolíficas mujeres en las artes: Isabel Coixet escribe a cuatro manos con Laura Ferrero y dirige esta película a partir de la novela de Sara Mesa. Lo que encuentra esta Alicia a través del espejo, al buscar la evasión, es más bien un país de las pesadillas, un lugar hostil en el que se siente asediada. En su infernal paseo campestre, Nat tropieza con un incómodo casero (Luis Bermejo) que le arrienda un lugar de mala muerte, un vecino bohemio con aires de grandeza (Hugo Silva) y un campesino solitario que le propone hacer el más inesperado de los trueques (Hovik Keuchkerian).

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En lugar del remanso de paz que se le antojará imposible encontrar, Nat halla un mundo eminentemente patriarcal, ese mal que se cuela por cada grieta minúscula de la sociedad y sabe disfrazarse de buenos modales. La directora de obras más metropolitanas como “Mapa de los sonidos de Tokio” (2009) y la serie “Foodie Love” (2019), en una nueva exploración geográfica de duras condiciones como la que ejerciese en la plataforma petrolífera de “La vida secreta de las palabras” (2005) o en la Groenlandia de “Nadie quiere la noche” (2015), asocia esta vez el arisco paisaje, custodiado por el vuelo de los buitres, a la personalidad de rapiña de los hombres que lo habitan.

En un tono más realista que “Men” (Alex Garland, 2022), con la cual comparte ciertas ideas casuales, pero con ciertos pasajes igual de acongojantes, las imágenes de Coixet fluyen como la oscura sintomatología detectada en la sociedad, propia de los textos de Mesa. En su respeto por el mensaje de la obra original, Coixet acierta de pleno en la elección de casting de Costa y Keuchkerian, la insólita pareja que va conduciendo el relato con más lazos sexuales que afectivos. Ambos dotan de veracidad una puesta en escena que, sin embargo, parece abandonarse a la parodia con secuencias protagonizadas por personajes secundarios.

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Con “Un amor”, Coixet se mantiene consistente en su reivindicación del castigado deseo femenino, así como de la aceptación de las contradicciones entre el cuerpo y la mente. Buscando refugio de su propio sufrimiento, Nat acaba cediendo a su masoquista voluntad de convertirse en antena por la que irradia la rabia, el pesar y el trauma de la gente a su alrededor, aunque ello conlleve ser arrollada.

Cuando por fin Nat encuentre el control de su propia vida, quizás ya sea demasiado tarde. Su gesto personal de liberación, hacia el final del filme, se antoja autoimpuesto por una moda en el cine de nuestros tiempos, en la que los individuos entran en un frecuente nirvana derivado del ansia de emancipación. “Un amor” brilla como agria imposibilidad de escapar de un machismo enraizado, y como recordatorio de que el mundo (todavía) no es de todos. ∎

Patriarcado rural.
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