Los diamantes son para la eternidad, aunque a veces su salida a la luz del día sea lenta y lleve su tiempo.
Antony Hegarty tiene una voz que es una mina y, aunque nadie daba un duro por ella en la época en que pululaba por la corte de David Tibet y demás iluminados del lado oscuro-místico del
underground británico, fue cuestión de
timing y de cordura que el mundo pusiera el oído en marcha y cayera rendido a sus pies.
Muy pocos pueden poner la mano en el fuego y afirmar que fueron abducidos cuando
“Antony And The Johnsons” (2000) salió a la calle; hubo que esperar a la reedición de Secrety Canadian en 2004 para soltar la lágrima y abrir la boca en plan bobo alucinado. Ahí había música de cámara decadente y hermosa, guiada por un Antony en estado de gracia, príncipe andrógino que parecía escapado de un sueño húmedo del Billy Corgan más dopado.
Un debut que invitaba a pedir el carnet para entrar en la corte de los Johnsons, algo que hicieron miles y miles de acólitos cuando
“I Am A Bird Now” (2005) empezó su conquista del mundo, confirmación de que había nacido una estrella que sabía extraer oro sonoro del pozo más fangoso de la condición humana. Y con el bonito detalle de acordarse de la pobre Candy Darling, difunta/o
superstar de la Factory warholiana que ilustró el
artwork de un disco-operación (
cameos de Lou Reed, Marc Almond, Boy George, Rufus Wainwright, Devendra Banhart…) que retumbó muchísimo más, me temo, de lo esperado por los propios interesados. Se llevó hasta el Mercury Prize británico, dejando con un palmo de narices a, entre otros, Bloc Party, M.I.A., Coldplay, Maxïmo Park y Kaiser Chiefs, y entregó, como mínimo, dos clásicos instantáneos: “You Are My Sister” y “Hope There’s Someone” (el mío particular es “Man Is The Baby”).
Antony se encontró, casi de la noche a la mañana, convertido en el nuevo ídolo de esa “vanguardia de la modernidad” capaz de generar tendencias a golpe de suplemento dominical y del típico de boca en boca del cotilleo
trendy. Pobre: de los garitos de travelos de Nueva York a las páginas del ‘Vogue’. Para volverse loco. Pero no: por aquí se pudo comprobar, por una vez en el momento justo, que el británico era una peculiar bestia de escenario, que disfrutaba exponiendo sus miserias poéticas y que el
hype, de haberlo, le importaba un rábano.