Álbum

Fermin Muguruza

Madrid 15-02-2025. Akelarre antifascistaTalka-Elkar, 2025

Más que un directo, esto es un acto simbólico. El historial de cancelaciones al que se ha visto sometido Fermin Muguruza en las últimas tres décadas –a manos, por cierto, de quienes ahora precisamente se quejan de la cultura de la cancelación y afirman sin sonrojo que gozamos de menos libertades que en la transición, bajo un régimen prácticamente dictatorial– es abultadísimo (Valencia, Irún, Huesca, Burriana o Sevilla), pero Madrid se lleva la palma. A estas alturas, es además epicentro de la ideología trumpista cañí desde el mismo número 7 de la Puerta del Sol, con lo que este concierto, celebrado el 15 de febrero de 2025 ante 15.000 personas en un abarrotado Movistar Arena (aún WiZink entonces), cobraba una significación especial. Era el más señalado, lógicamente, de la gira con la que el músico y artista multidisciplinar irundarra celebraba sus cuarenta años en el tajo, y que tuvo paradas en diversas ciudades españolas, en Francia, en Latinoamérica y en Japón.

Como casi toda la mejor música para combatir la intolerancia, la de Muguruza a lo largo de cualquiera de sus encarnaciones (Kortatu, Negu Gorriak, Fermin Muguruza eta DUT, Fermin Muguruza eta The Suicide Western Culture o en solitario) ha sido mestiza, ecléctica, jaranera hasta lo irrefrenablemente bailable, gestada para la celebración colectiva. Y esta panorámica de treinta y nueve canciones, repartidas en dos formatos distintos (triple vinilo o doble compacto con seis temas extra), redundó en un auténtico fiestón de tres horas, que hizo honor a su título, “Akelarre antifascista”. Un festín para el fan, resucitando de nuevo la vieja noción de la capital de España como tumba del fascismo, esa ideología a la que a estas alturas da un poco de yuyu llamar por su nombre por abuso del término y porque sus formas nos resultan nuevas (turbocapitalismo, tecnofeudalismo, imperialismo atroz desde el estrangulamiento económico), aunque el fondo no sea en realidad tan distinto, ni mucho menos, del que se empezaba a estilar hace un siglo. La historia siempre corre el riesgo de morderse la cola.

Seguramente sea una apreciación muy personal, pero siempre me han chirriado un poco los discursos creativos que unifican hasta la simplificación problemáticas dispares y complejas, por mucho que compartan el sustrato común de la bota del fuerte que oprime al débil: me ocurre cuando en un concierto se menciona al pueblo mapuche, Gaza, la autodeterminación, el apartheid, Angela Davis, Pepe Mújica, Ulrike Meinhof, Pablo Hasél o las Seis de la Suiza. Todo a la vez desde todas partes y casi al mismo tiempo. Ya sé que hablamos de música, y no de un recetario para solucionar problemas políticos que competen a otros, y también que la coherencia –y la gallardía, así como el trabajo infatigable– no se le pueden discutir a Muguruza. Dicho esto, desde el punto estrictamente musical (si es que cabe disociarlo de lo textual: seguramente no), el argumentario de esta grabación en directo resulta arrollador. No hay ni un minuto para el aburrimiento, el bajón de intensidad o el renuncio. Ya lo contó muy bien César Lúquero en su crónica de aquella noche, en la que prácticamente la mitad del repertorio se escoró a los referenciales tiempos de Kortatu y Negu Gorriak.

Con una nutrida banda, formada por Lide Hernando “Bele” a la guitarra y voces, Myriam Matah a la voz y coros, Xabi Solano a la trikitixa y coros, Víctor Navarrete al bajo, Gerard “Chalart 58” a la percusión, Gloria Maurel a la batería, Jon Elizalde “Jontron” al trombón, Aritz Lonbide “Lonbi” a la trompeta e Igor Ruiz “Fino” al saxo, y con las colaboraciones especiales de Begoña Bang-Matu, Tremenda Jauría, Karlitos Animal (Non Servium), el cuerpo de baile Quinndy eta Kuma, la actriz y cantante Itziar Ituño, el Watani Group de Palestina y el bertsolari y cantante Jon Maia, hubo espacio, cómo no, para el reggae rock a lo The Clash (“Eguraldi lainotsua hiriburuan” “Desmond Tutu”), el ska punk (“Big Beñat”, “In-komunikazioa”), el reggae mestizo (“Balazalak”), los arrebatos cercanos al rap metal de la vieja escuela (“Hiri gerrilaren dantza”, “Bidasoa fundamentalista”, “Lehenbiziko bala”), aquel rock de combate que defendían y difundían por medio mundo al mismo tiempo (y con la misma solvencia) que Mano Negra (“Radio Rahim”, “Goria Herria”) y, por supuesto, una “Sarri, Sarri” cuya evolución en el tiempo y su condición de himno (tantas veces tergiversado) trasciende su propia adscripción genérica.

Como dice el propio Muguruza en un breve receso, en una grabación en la que el fragor de un público entregadísimo amenaza con desbordarse desde los propios surcos del vinilo o desde el policarbonato del CD, fue una noche para recuperar aquella máxima de Mario Benedetti: “Defender la alegría como una barricada”. ∎

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