Si “Harry’s House” (2022) era el disco del hogar, del café en la cocina, del sexo perezoso a media tarde y de la vida convertida en un pequeño refugio doméstico, “Kiss All The Time. Disco, Occasionally.” es el disco de salir de casa… aunque no necesariamente para ir muy lejos. Más bien para vagar por la ciudad a las tres de la mañana, con los auriculares puestos, preguntándote si estás viviendo una epifanía o simplemente has tomado demasiado espresso.
Después de la gigantesca gira de “Harry’s House”, Harry Styles decidió desaparecer un tiempo. O, más exactamente, practicar una suerte de retiro espiritual a la moderna: vivir en Italia, correr maratones, ir a conciertos de LCD Soundsystem y redescubrir el placer casi radical de sentarse tranquilamente a tomar un café. El resultado es este cuarto álbum en solitario cuyo título ya anticipa el tono ligeramente absurdo, elegante y autoconsciente del proyecto.
Musicalmente, Styles vuelve a rodearse de un pequeño círculo de confianza y apuesta por un sonido que, aunque sigue siendo inequívocamente pop, se aleja bastante del brillo inmediato de sus discos anteriores. Si “Fine Line” (2019) era una fantasía de soft-rock setentero y “Harry’s House” coqueteaba con el funk pulido y el synthpop retro, aquí el punto de referencia parece ser otro: el indie dance cerebral de los dosmil, la electrónica arty de principios de los ochenta y cierto deje post-punk que, en un universo paralelo, conectaría a Styles con gente como Tom Tom Club, Gang Of Four y, claro, LCD Soundsystem.
El single de apertura, “Aperture”, funciona como una declaración de intenciones: un beat de house nebuloso, sintetizadores que parecen filtrados por una discoteca berlinesa vista desde Instagram y un estribillo que nunca termina de explotar. En lugar de buscar el hit inmediato tipo “As It Was”, Styles opta por algo más extraño: canciones que se deslizan, que giran sobre sí mismas, que parecen diseñadas más para el estado mental de las cuatro de la mañana que para la radio.
Hay momentos donde el experimento funciona sorprendentemente bien. “American Girls” mezcla piano nocturno con un groove que recuerda vagamente al french house; “Taste Back” y “The Waiting Game” esconden algunas de las melodías más dulces del disco bajo capas de percusión inquieta; y “Carla’s Song”, que cierra el álbum, convierte un pulso techno suave en una especie de despedida melancólica, como si la fiesta terminara pero nadie tuviera realmente ganas de irse a casa. Luego está “Dance No More”. Aquí, por fin, aparece el Harry Styles que el público podría esperar: un groove funk descarado, sintetizadores ochenteros y un estribillo que parece diseñado para que 80.000 personas lo griten en un estadio mientras lanzan confeti biodegradable.
Styles ha descrito las canciones como una especie de “diario” de los últimos años, aunque a veces parece más bien un diario escrito en clave. Las letras están llenas de imágenes fragmentarias (llamadas a personas que no conocemos, recuerdos difusos, reflexiones sobre la fama) que invitan a la interpretación sin ofrecer demasiadas respuestas. Pero, como suele ocurrir con Styles, el significado nunca queda del todo claro. Nadie mejor que él entiende el misterio también es una estrategia pop.
En una era donde muchos artistas pop parecen obsesionados con dominar el algoritmo, Styles hace algo ligeramente más extraño: publica un disco algo raro, algo críptico, ligeramente irónico… y confía en que su público lo seguirá igualmente. Probablemente le salga bien. El número uno del Billboard ya se lo aseguró pasado el fin de semana. Después de todo, cuando eres Harry Styles, incluso un álbum sobre besar todo el tiempo y bailar solo ocasionalmente puede convertirse en un fenómeno global. Y, si no, siempre quedará el plan B: volver a Italia, pedir otro espresso y pensar en el siguiente giro de guion. ∎