Si Woody Allen bromeaba con la idea de que escuchar a Wagner (Richard) le daban ganas de invadir Polonia, escuchar a Wagner (Kurt) da más ganas de abrazar a la persona que tienes al lado. Pero, en ambos casos, son acercamientos demasiado simplistas. En lo que se refiere al universo de
Lambchop, siempre ha mantenido, desde el principio, algo inabarcable, difícil de descifrar. Algo que te descoloca. Que puede pasar de provocarte una inmensa ternura a incomodidad y mal rollo, de sacarte una risa floja a un escalofrío. De seducirte por su sencillez a irritarte por su excentricidad.
En la entrevista que le hace en este mismo medio Miguel Martínez, se introduce el relato fundacional del álbum, el del descubrimiento por parte de Wagner (66 años) del
lined-out singing y su apuesta por colocar la voz humana en primer plano, con el único acompañamiento de una guitarra y un banjo (que toca, por cierto, Justin Vernon, Bon Iver). Las intenciones parecen claras: volver a una escala también humana y más íntima como reacción al mundo actual, hipersaturado de todo. Un tratamiento más orgánico y puro de la voz como respuesta al uso del Auto-Tune y el baño tecnológico de su álbum anterior,
“The Bible” (2022). O, en suma, acercarse a la verdad a través de todo ello y de un modo más conciso de comunicar. Buscar la verdad, siempre lo dice, es la prioridad de Kurt Wagner.
Pero esto sigue siendo Lambchop y, por tanto, nada es exactamente lo que parece. Ya a las primeras de cambio, y mientras se introduce
“Just West Of Nicolette” con cierta solemnidad country, en el minuto 2:20 se escucha por detrás la voz de lo que parece un MC gritando:
“¡Lambchop! ¡New shit!”. Son varios los momentos en que el propio Wagner rompe el tono de las canciones, como cuando interrumpe su declaración de amor con un
“Wait, what the what, what the fuck” en
“Punching The Clown” o hace un comentario sobre la propia canción, quebrando la cuarta pared
(“Wow, It just got moody!”) en medio de la narrativa de
“The New World Wave”, la historia de una saga familiar proveniente de la Gran Depresión de 1929 resumida magistralmente en cinco minutos. Y, en
“Afterburner” –grabada inicialmente para el álbum benéfico “Passages. Artists In Solidarity With Immigrants, Refugees And Asylum Seekers” (Western Vinyl, 2025)–, muestra sus sensaciones al observar un desfile. Primero habla de sentimientos contrapuestos hasta que, paulatinamente, va perdiendo su objetividad metódica y cae en el asco y la indignación:
“We’re so broke / We can’t even pay attention / My God, my God” son sus palabras de cierre. También juzga a sus personajes y manifiesta odio y desprecio en el otro tema más explícitamente político del disco:
“White People”.
“White people / Hanging out / Looking at each other / Waiting for something / Waiting for something to happen / Hey you / With that curly bush on your head / Gonna fuck you in the driveway, baby / With a neutron bomb / Those Roman Catholics / Think they’re fantastic / If you don’t like it / They just say so”.