Disco destacado

Lambchop

Punching The ClownMerge-City Slang, 2026
Si Woody Allen bromeaba con la idea de que escuchar a Wagner (Richard) le daban ganas de invadir Polonia, escuchar a Wagner (Kurt) da más ganas de abrazar a la persona que tienes al lado. Pero, en ambos casos, son acercamientos demasiado simplistas. En lo que se refiere al universo de Lambchop, siempre ha mantenido, desde el principio, algo inabarcable, difícil de descifrar. Algo que te descoloca. Que puede pasar de provocarte una inmensa ternura a incomodidad y mal rollo, de sacarte una risa floja a un escalofrío. De seducirte por su sencillez a irritarte por su excentricidad.

En la entrevista que le hace en este mismo medio Miguel Martínez, se introduce el relato fundacional del álbum, el del descubrimiento por parte de Wagner (66 años) del lined-out singing y su apuesta por colocar la voz humana en primer plano, con el único acompañamiento de una guitarra y un banjo (que toca, por cierto, Justin Vernon, Bon Iver). Las intenciones parecen claras: volver a una escala también humana y más íntima como reacción al mundo actual, hipersaturado de todo. Un tratamiento más orgánico y puro de la voz como respuesta al uso del Auto-Tune y el baño tecnológico de su álbum anterior, “The Bible” (2022). O, en suma, acercarse a la verdad a través de todo ello y de un modo más conciso de comunicar. Buscar la verdad, siempre lo dice, es la prioridad de Kurt Wagner.

Pero esto sigue siendo Lambchop y, por tanto, nada es exactamente lo que parece. Ya a las primeras de cambio, y mientras se introduce “Just West Of Nicolette” con cierta solemnidad country, en el minuto 2:20 se escucha por detrás la voz de lo que parece un MC gritando: “¡Lambchop! ¡New shit!”. Son varios los momentos en que el propio Wagner rompe el tono de las canciones, como cuando interrumpe su declaración de amor con un “Wait, what the what, what the fuck” en “Punching The Clown” o hace un comentario sobre la propia canción, quebrando la cuarta pared (“Wow, It just got moody!”) en medio de la narrativa de “The New World Wave”, la historia de una saga familiar proveniente de la Gran Depresión de 1929 resumida magistralmente en cinco minutos. Y, en “Afterburner” –grabada inicialmente para el álbum benéfico “Passages. Artists In Solidarity With Immigrants, Refugees And Asylum Seekers” (Western Vinyl, 2025)–, muestra sus sensaciones al observar un desfile. Primero habla de sentimientos contrapuestos hasta que, paulatinamente, va perdiendo su objetividad metódica y cae en el asco y la indignación: “We’re so broke / We can’t even pay attention / My God, my God” son sus palabras de cierre. También juzga a sus personajes y manifiesta odio y desprecio en el otro tema más explícitamente político del disco: “White People”. “White people / Hanging out / Looking at each other / Waiting for something / Waiting for something to happen / Hey you / With that curly bush on your head / Gonna fuck you in the driveway, baby / With a neutron bomb / Those Roman Catholics / Think they’re fantastic / If you don’t like it / They just say so”.

Kurt Wagner, corazón de Nashville. Foto: Graham Tolbert
Kurt Wagner, corazón de Nashville. Foto: Graham Tolbert
Por supuesto que ese odio y ese desprecio se manifiestan desde la empatía por las personas que sufren, como expresa en “Cigar” (“Here’s to the health of the migrant worker / Singing un-American tunes”). Pero es en los dos últimos temas donde más llega a desarmar emocionalmente. “To Do” podría ser una canción góspel (no lo es) cuyo protagonista relata las cosas que le quedan por hacer antes de subir al cielo: pintar un cuadro, regar las plantas… Y la de cierre, “No Chicago”, es la más sorprendente de todas: una simple enumeración de nombres de ciudades, que finaliza con “No Chicago”. No es necesario conocer su intrahistoria (según el de Nashville, era el recorrido de la gira de un grupo amigo que se tuvo que cancelar en Chicago porque uno de sus componentes sufrió un ictus) para que la forma en que Wagner y el coro la interpretan te ponga la carne de gallina.

Nada es tampoco lo que parece en la construcción sonora del álbum. El coro –en realidad son dos los que confluyen, uno de seis voces grabado en Eau Claire, otro de once registrado en Londres– es utilizado de un modo fascinante. Aparece y desaparece cuando menos se le espera, a veces solo entona de un modo sutil o de repente te sorprende envolviéndote como un manto glorioso. A veces dialoga con la voz de Wagner y a veces toma su propio camino. Y dentro de esa imprevisibilidad, no todo es la pureza que se prometía. El productor, Ryan Olson, va introduciendo detallitos a nivel de diseño de sonido, incluida alguna manipulación vocal, por aquí y por allá, como “molestando” ligeramente el aura principal. Por último, resaltar que Wagner aquí solo canta (la guitarra la toca Andrew Broder), y puede que eso también haya influido a la hora de entregar unas interpretaciones vocales igualmente cargadas de matices. Y de conseguir, ahí estamos, alcanzar la verdad. ∎

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