Justo cuando Hendrix propulsaba la electricidad en una nueva dimensión, Love optaron por limitar su lenguaje a guitarras acústicas, bajo y batería. Claro que tuvieron la osadía de arreglar todo el álbum de manera orquestal (con la ayuda de David Angel), y eso lo convirtió en algo único. No era la primera vez que se utilizaba una orquesta, pero, integrados en el tejido emocional y no simplemente acompañando (escúchese “Alone Again Or” y su sección de viento con réplica en las cuerdas), los excelentes arreglos orquestales elevan al infinito canciones ya de por sí gloriosas (
“Andmoreagain”,
“You Set The Scene”) o les añaden nuevas dimensiones (los diálogos de vientos y cuerdas de
“The Good Humor Man He Sees Everything Like This” la convierten en un dibujo animado). La electricidad aparece de modo puntual para desatar alguna tormenta (los solos de John Echols en
“A House Is Not A Motel” y
“Live And Let Live”).
El gentil y amoroso flujo instrumental contrasta con los abruptos cambios de ritmo y de atmósfera, casi esquizofrénicos (fracturadas y angulares,
“The Daily Planet” o
“The Red Telephone” son diamantes de mil caras), también presentes en la parte vocal (Lee dialoga consigo mismo y a veces se superpone). Pero el anticlímax lo generan sobre todo las letras:
“Sitting on a hillside, watching all the people die. I feel much better on the other side...”. Sus crípticas imágenes reflejan la personalidad negativa de Arthur Lee (convencido de una muerte inminente), además de su alienación y agorafobia social. Cierto es que la escéptica Los Ángeles (Frank Zappa, Captain Beefheart, The Doors, Tim Buckley) no era la idealista San Francisco, pero en su desencanto (¿hastío?) Arthur Lee está más próximo a otros individualistas inadaptados como The Velvet Underground que al
flower power del verano del amor, incluso en su consumo de una droga tan anticomunitaria como la heroína. Claro que no se debe olvidar el ácido; el álbum se forja con la esencia misma de la psicodelia: chocantes yuxtaposiciones, juegos de percepción, ambivalencias, la fertilidad siempre en la cara iluminada de la genialidad.
Como un cuadro de Dalí, “Forever Changes” es una extraordinaria obra de arte donde constantemente se descubre algo nuevo, el sonido de una línea, una melodía, un pequeño arreglo, una emoción... Siempre cambia.
Especialmente recomendada es la edición en CD remasterizada de Rhino publicada en 2001: añade extensas notas, un digno descarte, un esbozo previo, un par de mezclas alternativas y el single posterior (de las sesiones de una abortada secuela), enriquecido con un voyerista episodio de Lee dirigiendo la grabación. ∎