Disco destacado

Madonna

Confessions IIWarner, 2026

“People think that dance music is superficial, but they’ve got it all wrong. The dance floor is not just a place, it’s a threshold, a ritualistic space where movement replaces language”. Madonna lleva más de cuarenta años defendiendo esa idea. La pista, para ella, es el umbral por el que se pasa a otro estado, y lo repite hablando en la primera estrofa de “One Step Away”, uno de los cortes de “Confessions II”, su disco número quince y secuela confesa de “Confessions On A Dance Floor” (2005). Vuelve a la pista después de una década larga persiguiendo lo que sonaba en la radio: el EDM de MDNA (2012), el toque urban de Rebel Heart (2015), el reguetón de Madame X (2019). Vuelve también a Stuart Price, el productor que armó el original, y a Warner, el sello del que aquel contrato con Live Nation la había apartado. Innova, no obstante, en su planteamiento: la mujer que convirtió la reinvención en un método creativo hace, por primera vez, un disco que mira atrás.

Compararlo con el primer “Confessions” es inevitable y también un poco tramposo. Aquel tenía “Hung Up” y “Sorry”; sin embargo, este no tiene ningún pelotazo de ese calibre, y casi nunca lo busca. Aquellos espacios donde lo busca, como en “Read My Lips” con Feid (la jugada latina de rigor), es donde peor sale, un resto de los años de correr detrás de la moda. Por lo demás, el disco funciona como unas memorias cantadas sobre house, con menos vocación de éxito y más de biografía: está plagado de easter eggs. Dos cosas lo sostienen. Una, que la pista de la que habla está llena de muertos. Otra, que un álbum hecho de house de hace treinta años deja asomar, por una rendija, la siguiente ola de nostalgia que se viene dentro de poquito.

Casi todo es house, y de su época dorada. En vez del house de ahora, Madonna y Price van al de Chicago y Detroit de finales de los ochenta, cuando el género salió de los sótanos y llenó las pistas de medio mundo. “I Feel So Free” samplea “French Kiss”, de Lil Louis, y “Bring Your Love” toma prestado “Good Life”, de Inner City, una de las piedras del techno de Detroit. Por debajo corren otros derivados de la electrónica: acid house, french touch, el 2-step británico y, en el último tercio, un trip hop nublado de los noventa, con “Betrayal” apoyada en la “Gnossienne nº 1” de Erik Satie. Price firma el grueso del trabajo, pero alrededor aparecen Andrew Watt, Cirkut, Mirwais, Arca, Tainy, Stromae... Como en 2005, y como ya anticipaba en Erotica (1992), el disco es una mezcla continua, sin cortes, hecho para escucharse entero de principio a fin, rollo sesión de DJ.

Confesión retro. Foto: Rafael Pavarotti
Confesión retro. Foto: Rafael Pavarotti

Pese a su gusto noventero, no podemos olvidar que el homenajeado “Confessions” salió en 2005, justo antes de que el EDM se comiera el pop global. El nuevo esquiva casi siempre la moda yéndose a la raíz, pero “Bizarre”, con Martin Garrix, deja entrar el sonido de estadio de los 2010 convertido ya en recuerdo. Es el primer aviso de un revival que ojalá tarde en llegar, o que si llega pronto tarde el mínimo posible en irse. Pero hay un debate más importante en su genealogía de influencias: volver al house de Chicago y Detroit es volver a una música LGTB, la misma que a Madonna le vienen reprochando que saquea desde “Vogue”. El disco no termina de resolver eso.

Como puede observarse, casi todo el álbum está visitado por los fantasmas del pasado. “Danceteria” cuenta como, en diciembre de 1982, Madonna tocó “Everybody” en el club de ese nombre, y el DJ de la sala, Mark Kamins, la produjo y la llevó a firmar con Sire Records. En la canción recita, casi rapea, los nombres del Nueva York que la rodeaba entonces: Basquiat, Keith Haring, Fab Five Freddy, Nile Rodgers, David Byrne, los B-52's… (y saluda a Lou Reed tarareando “Walk On The Wild Side”).

El último tercio baja de la pista a la familia con un poco de resaca. “Fragile” es para su hermano Christopher, con quien se reconcilió antes de que muriera en 2024. En la canción, él se le aparece en sueños y le hace una plegaria: “Don’t forget about me, don’t forget to be happy”. “Betrayal”, con el sample de Satie, va contra su madrastra, muerta ese mismo año, sin una gota de perdón (“You’ll never take my mother’s place”). “The Test” es un dúo con su hija Lola en el que Madonna cita “Little Star”, la nana que le escribió de bebé en Ray Of Light (1998) veintiocho años atrás: “I tried to put you on a pedestal, you didn’t ask for all the flashing lights”. Y el cierre, “L.E.S. Girl”, habla de un novio guitarrista del Lower East Side al que dejó (“I wasn’t meant for you”). “Everything fades away”, repite. La canción no da el motivo de la ruptura, pero su biografía sí. Por entonces salía con un músico que tenía una banda y lo dejó porque no la dejaba cantar. El disco termina con el chico al que tuvo que abandonar para ser su propia voz. Ahora, canta para los que ya no están. ∎

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