Álbum

María José Llergo

El juegoSony, 2026

Por circunstancias, me veo impelido a escuchar varias veces el tercer álbum de la cordobesa María José Llergo en un ambiente en el que, con frecuencia, pasa gente a mi lado de forma aleatoria. Lo que no es aleatorio es su pregunta, que siempre es la misma: “¿Es Rosalía?”… La pregunta constata un hecho, y no es el supuesto parecido entre ambas cantantes casi coetáneas, sino que, para el común de los mortales, el que se alimenta del soma –en su doble acepción de “opio para las masas” de la novela de Huxley, y en la de “harina gruesa” que recoge el diccionario de la RAE– mediático, la Llergo sigue siendo una desconocida, pese al beneplácito crítico con que han sido acogidos sus dos discos anteriores.

Renovadora del flamenco lo es, aunque no llegue a los extremos de atrevimiento de la insuperable Rocío Márquez. Con su segundo disco, “ULTRABELLEZA” (2023), se situó en el pelotón de cabeza de lo mejor del año (13ª posición) para Rockdelux, aunque fue elegido como mejor álbum folclórico en la primera edición de los premios de la Academia de la Música y, directamente, como mejor álbum del año en los premios Ruido de la PAM (Peridistas Asociados de Música), así que ahora llega a su tercer LP con la determinación de quien ya no tiene nada que demostrar y una madurez que le permite, curiosamente, hacer de “El juego” el menos flamenco de los discos de su espléndida trayectoria. Este tercer álbum no busca revalidar ese éxito: lo usa como plataforma de salto hacia territorios desconocidos.

Pero no nos despistemos: no estamos ante un disco radical de ruptura, sino un trabajo de apertura de horizontes o, mejor dicho, de mayor apertura aún de horizontes. No hablamos de que se lance a territorios de afianzamiento comercial: ella no pelea por quitarle protagonismo a Rosalía, sino que se sitúa en un ámbito en el que se codea con Valeria Castro o Carminho –como se hubiera codeado en su día con Carmen París si tuviera treinta años más–, las de la comercialidad de elegancia superlativa.

A eso hace referencia el título “El juego”: se ha permitido “probar”, aunque no dejándolo todo en manos del azar, sino como Los Pelayos en sus visitas al casino. Llergo diseñó primero la arquitectura conceptual del disco –la vida entendida como espacio lúdico, el arte como recuperación de algo que la adultez tiende a amputar– y luego rellenó ese esqueleto con catorce cortes que van del flamenco al drum’n’bass –en “Agua negra”–, del bolero –en “Bolero mafioso”, en el que colabora el dúo mexicano Daniel, Me Estás Matando– a la electrobachata arábiga –en “Otros besos”–, pasando por algo que se parece al reguetón clásico –en “Veneno”–, la salsa –en “¡Ay, doctor!”– y la electrónica de club, y también por la balada en “Libre” –canción que canta a dúo con otro artista mexicano, El David Aguilar–.

Hay también un par de piezas –“Mala mía” y “Bien de amores”– que pueden convertirse en sus temas más solicitados en directo, aunque sean los que más relación guardan con Rosalía y C. Tangana, respectivamente. Dos movimientos en los que se percibe un ligero aroma a búsqueda premeditada de “efectividad” (resuelta con éxito, porque, dicho está, ya figuran como los temas más escuchados en Spotify del nuevo disco). Lo que, sin embargo, resulta incomprensible es lo de la portada, humorísticamente impostada, que podría haber sido elegida por algún grupo de pop “graciosillo” como Los Tronchapenkas y su “Lo que te toqué mientras te hacías la muerta” o los Mojinos Escozíos de “Papito el mío”. ∎

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