Álbum

Marina Allen

Eight Pointed StarFire-Popstock!, 2024

Entre las cantautoras que están reinventando con gran talento el imaginario de Laurel Canyon y una concepción moderna y muy amplia pero sin artificios del folk norteamericano, de Weyes Blood a Jessica Pratt, Marina Allen se está labrando un hueco muy particular. En este tercer álbum, de media hora como el anterior “Centrifics” (2022) frente a los apenas veinte minutos que duraba el debut “Candlepower” (2021), la cantautora asentada en Los Ángeles pero procedente de la Costa Este vuelve a mostrar pericia para centrarse en lo esencial. Y eso que se define como una permanente buscadora de claves para orientarse en la vida, sensaciones a las que aferrarse, direcciones que tomar. Como las ocho puntas de la estrella del título. Ahora Marina Allen dice que quiere volver a “una mente de principiante, conservando las cicatrices y la sabiduría que se obtienen al morder los frutos del conocimiento”.

Quizá porque se educó en coros escolares, su voz alcanza las alturas en esa búsqueda: en “Red Cloud”, una de las canciones que pueden recordar a Suzanne Vega en los tonos más graves y dulces del comienzo, muestra el gran rango de una voz que se crece en los agudos para elaborar unas melodías intuitivas, tan libres como acogedoras, y elaborar imágenes poéticas en las letras: “Esta cadena está unida por mucho más que hierro, y he visto antes cómo las lágrimas calientes derretían el metal”. También “Between Seasons” riza los tonos agudos en el estribillo como vía de escape al tono confesional, observador del interior, para hablar de un cambio de actitud personal ante un amor que ha dejado de funcionar.

Entre las sensaciones indescriptibles a las que trata de poner palabras y las historias más cotidianas relacionadas con el amor, se debaten unas canciones basadas generalmente en el piano, pero también en las guitarras, que parten de la placidez y la cercanía, como en la sencilla y acogedora “I’m The Slime”, mecida en un suave country, para aventurarse en texturas y estructuras más inesperadas, como la envolvente “Deep Fake” o el repentino pop guitarrero de “Love Comes Back” de riff casi velvetiano, más americano y saltarín en “Swinging Doors”.

“Landlocked” empieza directamente con la primera frase porque urge conocer esa melodía preciosa de la voz doblada y mecida en una dulce slide guitar, en la canción más sencilla y más redonda del álbum y coronada con un solo de violín que define también esa precisión en los arreglos, no minimalistas pero sí medidos en lo justo y necesario, como también en las otras dos canciones más deliciosas del álbum, “Bad Eye Opal” y “Easy”. Producido como el anterior por Chris Cohen, colaborador de Cass McCombs, Weyes Blood y Kurt Vile, entre muchos otros, “Eight Point Star” se decora sucintamente con una base de bajo y percusión esencial, y unidades de sintetizador, guitarra o violín para arropar, sin quitar ningún protagonismo, la voz angelical de Allen, a la que no le pega nada esa postura tan rebuscada y un poco absurda de la foto de la portada. Dentro es todo recogimiento y la más agradable compañía por un mundo de sensibilidades nada afectadas, y muy reconfortantes. ∎

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