Hasta la fecha, cada nuevo disco de Melody Prochet había sido una invitación a perderse mentalmente en una psicodelia pop concienzudamente etérea, pero con melodías sólidas como rocas. Estas últimas estaban siempre ahí, tanto en la etapa densa de “Bon voyage” (2018) como en el transparente “Emotional Eternal” (2022), seguramente su mejor disco hasta la fecha, con permiso de aquel debut homónimo de 2012 cocinado mano a mano con Kevin Parker de Tame Impala.
Como en “Emotional Eternal”, se aprecia el relajado estado mental de Prochet, quien asegura haber reunido ya todas las piezas de sí misma y haberlas unido con oro, como en el arte del kintsugi japonés. El título del álbum proviene de una frase del maestro animador Hayao Miyazaki sobre alcanzar el equilibrio: “Debes ver con ojos que no estén nublados por el odio. Ver el bien en el mal y el mal en el bien. No te comprometas con ninguno de los dos bandos”.
Otra vez trabaja, como en sus referencias de 2018 y 2022, con productor sueco, pero no Reine Fiske (que sí ha aportado algunas partes de guitarra) ni Fredrik Swahn, sino Joel Danell (alias Sven Wunder), de cuyo tema “Hanami” se apropió Danny Brown en “Quaranta” (2023). La banda que la acompaña es anglo-sueca: Daniel Ögren y Love Örsan, ambos del grupo groove-pop Dina Ögon, aportan guitarra y bajo, respectivamente, mientras que la batería es responsabilidad del británico Malcolm Catto, cofundador de The Heliocentrics y colaborador de DJ Shadow o Madlib.
El dulce trip arranca con la bastante humilde “The House That Doesn’t Exist”, una defensa de la posible belleza del mundo con batería y bajo funk y cuerdas de aromas cinematográficos. Agradable sin llegar a memorable, como “In The Stars”, basada en el diálogo entre las cuerdas (de Josefin Runsteen) y unas guitarras con wah-wah, o “Flowers Turn Into Gold”. Durante buena parte del metraje, de hecho, es fácil pensar que el bienestar zen ha restado en esta ocasión punch emocional al arte pop de Prochet. Y que aquellas melodías sólidas como rocas se han disuelto en el éter.
Los mejores estribillos empiezan a asomar alrededor del ecuador, en la levemente shoegazer “Memory’s Underground”, una “Broken Roses” con cierto aroma a The Beatles o la realmente estupenda “How To Leave Misery Behind”, uno de los cortes en los que Prochet deja más claro el marco anímico del disco. Difícilmente rechazable es la final “Daisy”, colaboración con Leon Michels, el actual rey del sonido vintage con encanto (coprodujo el “Charm” de Clairo de 2024) y enjundia.
Sea como sea, quizá la mejor canción de Melody’s Echo Chamber de 2025 la haya firmado Not My Radio (María Zardoya, de The Marias) con la maravillosa “My Turn”, en la que sí hay punto dramático y el estribillo es sublime y podemos hablar de algo agradable a la par que memorable. Tenemos que hablar más de “Melt”, el disco del que proviene, joya semioculta del año que terminó. ∎