En general la música de Shackleton, durante los últimos años, habla de una constante depuración psicodélica y rítmica, y se relaciona más con escenas de vanguardia y proyectos curacionales que con los circuitos al uso de la música electrónica. Desde que se mudara a Berlín, le hemos conocido todo tipo de asociaciones de corte experimental, desde un proyecto casi mitológico junto los autistas del neofolk estadounidense Six Organs Of Admittance hasta un trabajo más ambient con Anika, pasando por aventuras de una suerte de folktrónica de cámara como sus tríos junto al clarinetista polaco Wacław Zimpel y el cantante hindú Siddhartha Belmannu o con el percusionista ugandés –y miembro de The Kampala Unit– Omutaba y un DJ Scotch Rolex completamente rendido al sonido africano tras una residencia organizada por Nyege Nyege. Pero, además de todo esto que podríamos denominar “sus cosas”, el productor de origen británico ha conseguido mantener el pulso de la actualidad y asegurarse una segunda juventud gracias a relacionarse con las escenas del londinense Cafe OTO y con uno de los sellos de moda en la ciudad, AD 93.
Con ellos ha publicado dos trabajos que le sitúan en la parte más visible de la foto de la vanguardia actual: “The Tumbling Psychic Joy Of Now” (2024), junto a Holy Tongue –trío formado por el productor Al Wooton, la ubicua baterista Valentina Magaletti y Susumu Mukai (Zongamin), su compañero en Vanishing Twin–, y “The Rising Wave”, lanzado bajo el paraguas del dúo que forma con la cantautora portuguesa Marlene Ribeiro, Light-Space Modulator. Ahora llega, también en AD 93, un “Euphoria Bound” totalmente en solitario que parece servir activamente para actualizar el canon del productor y descubrirlo a las posibles nuevas audiencias conseguidas aprovechando la atención.
“Euphoria Bound”, en ese sentido, comparte paralelismos con “Departing Like Rivers” (2021), que de hecho es técnicamente el último disco largo hecho solo por el productor inglés. Pero si este era más bien testamento de una etapa más depurativa y supuso además el lanzamiento de un nuevo sello propio, Woe To The Septic Heart, el nuevo abraza una cierta euforia, es más muscular, más rítmico y más bailable, aunque pertenezca a un Shackleton que ha demostrado sobradamente estar más interesado en los valores abstractos del ritmo y en la introspección psicodélica. Si él mismo aseguraba que la música de “Departing Like Rivers” funcionaba perfectamente para hacer el after en casa, “Euphoria Bound” sigue habitando esos mismos dominios temporales, pero ahora desde el terreno físico del club.
Lo mejor de Shackleton, en cualquier caso, es que, aunque se pueda seguir su sonido a través de álbumes canónicos para él como este, realmente su identidad, obsesivamente bien definida, permea todos sus trabajos: los pianos de “When Memory Ceases” son reminiscentes de una primera obra más interesada en el jazz espiritual, las voces fantasmagóricas que irrumpen en “Crushing Realities” forman ya parte de la hauntología personal del productor desde “Music For The Quiet Hour / The Drawbar Organ EPs” (2012), “The Dream In Fragments” resume bien su entendimiento psicodélico y trancero del deep house, “Philistine Wavelenght” da testimonio de su vertiente más meditativa del mismo modo que “Buried And Irretrievable” lo hace con la más ambient, “The Unbeliever’s Pulse” deja ver su apego por la Berlín más experimental, y las rítmicas e instrumentaciones del norte de África flotan por todas partes como en toda su obra.
Todo se pone esta vez al servicio de la idea de baile que a día de hoy tiene el productor, una que comparte la pulsión en su entramado de los tiempos dubstep de Skull Disco pero que definitivamente ha optado por una vía más introspectiva para realizarse. Por el título podríamos deducir que la euforia es el hilo conductor que une las producciones, pero realmente lo son más las sutiles interferencias que las recorren todas, o los tímidos haces láser que las espían, o los agujeros negros que despresurizan el ritmo y lo ponen en gravedad cero. La euforia puede servir como impulso motriz y como ilusión de fijación, pero estos temas están hechos para funcionar mejor fuera del plano terrenal. Lo que sorprende es que esta vez, y al contrario que en casi toda su obra reciente, Shackleton mira hacia abajo y no hacia arriba. En realidad, escuchar “Euphoria Bound” es como jugar al comecocos en las cañerías de una ciudad nuclear: las percusiones, como una tribu de ratas que han mutado hasta desarrollar inteligencia y organizarse en sociedad, parecen esconderse tras un eco acuoso, conscientes de los peligros de un inframundo tecnológico, y hay más metal que organicismo en la fabricación y en las estructuras. En ese amasijo atisba el británico los primeros brotes de una nueva civilización. ∎