El cancionero latinoamericano, y más concretamente el mexicano, se ha singularizado siempre por mostrar las cicatrices del amor (y del desamor) sin dobleces. Con el descarnado arrebato de pasión de quien apenas teme ocultar nada porque es nuestra propia vulnerabilidad la que nos acaba haciendo fuertes. Un derroche de maximalismo sentimental que, en su exposición siempre impúdica –casi pornográfica– de corazones hechos jirones, ha hecho muy bien en no desestimar cierto sentido del humor. Una suerte de autoparodia francamente saludable, aunque corra el riesgo de pasarse de frenada en lo puramente expresivo: cuando el personaje se come al artista.
Como bien afirma Sofía Comas en el texto promocional de este tercer álbum a su nombre, “no ser amado es mala suerte, pero no ser capaz de amar es una desgracia”. Y lo cierto es que le ha sentado muy bien a su propuesta ir arrinconando con el tiempo influjos pretéritos (los espectros de Björk, Tori Amos, Zola Jesus o Dead Can Dance, que revoloteaban ya desde su primer disco, el notable “El verano será eterno”, de 2020) para echarse en brazos de José Alfredo Jiménez, Juan Gabriel, Agustín Lara o Chavela Vargas. Se ha vuelto más terrenal y directa, sin mermar personalidad. No es de extrañar que, tras una presentación el 8 de mayo en la sala El Sol de Madrid, se prepare para presentar este disco durante el resto del mes y todo junio por distintas ciudades de México.
Un tecuán es cómo se le llama allí a un jaguar o un tigre. Nada que ver con un tucán, desde luego (Tucán Morgan fue la primera banda de Comas). Pero si el tucán es monógamo y de vuelo corto, y el tecuán es corpulento, estruendoso e indómito, me sirve la analogía para tratar de transmitir el tránsito de la artista madrileña. Por mucho que la palabra “caroca” (sinónimo de caricia) lo suavice. Tanto los diversos palos explorados como los colaboradores remiten a la música azteca. Incluso quien no lo es, como Nacho Vegas, quien se presta a reinterpretar con Sofía ese clásico baladón que “El amar y el querer”, escrita originalmente por Manuel Alejandro en 1975 y popularizada por José José.
La cumbia irrumpe de la mano de la chilena Javiera Mena en “El precipicio”, el son jarocho lo borda a medias con los mexicanos Sonex en “La menudita”, los aires de ranchera impregnan “Ranchera protectora” junto con la cubano-mexicana Leiden y, cuando es Sofía la única voz al mando, se enseñorea también con franca naturalidad de esa dolorida torch song que es “Ojalá la vida” o de esa balada que es “Te quiero y te quiero” (“es cumbia, es bolero y es un son, y es también esta balada”, canta), ambas sobre un tenue andamiaje electrónico. Por no hablar de la cadencia de bolero de “Amor yo di de sobra”, una nueva ranchera en “Canción popular” o las trompetas mariachi que jalonan el imprevisible desarrollo de “Andares”. Todas conforman un trabajo conciso (31 minutos) pero exuberante, estilísticamente frondoso, desenvueltamente honesto, que prueba que para Sofía Comas la experimentación horizontal (indagando en latitudes y tradiciones muy distantes) puede ser tan provechosa como la vertical (aquella que exploraba en la propia intimidad sin desbordar su primer cauce expresivo). ∎