“Madonna was singing to a boombox beat, my head had gone numb, but I was moving my feet” (“Madonna cantaba al ritmo de un radiocasete, tenía la cabeza embotada, pero no dejaba de mover los pies”). Así recuerda Marc Almond, en la canción que da título al último disco de
Soft Cell, una noche de 1982 en el club de Manhattan que se llamaba igual:
“Danceteria”. En el Danceteria dio Madonna su primer concierto, y allí le pasó su maqueta de “Everybody” a Mark Kamins, el DJ del local, que la llevó a Sire, el sello que también editaba a Soft Cell en Estados Unidos. Cuarenta y cuatro años después han vuelto a aquella pista casi a la vez: Soft Cell adelantaron su “Danceteria” en junio y un mes más tarde Madonna metió otra canción con el mismo título en
“Confessions II”. Cada una, sin embargo, se acuerda de momentos y personas distintas: la de Madonna hace alusión al hip hop y el grafiti (Fab 5 Freddy, Basquiat, la Rock Steady Crew) y la de Soft Cell tira de la performer Karen Finley, la DJ Anita Sarko y Warhol.
Dave Ball y Almond se conocieron estudiando arte en Leeds, y su pop funcionaba a través de los sintetizadores herederos de Kraftwerk y del formato de teclado y voz que Suicide habían estrenado en el propio Nueva York: encima de todo ello, un cantante con alma performativa. De hecho, su debut se titulaba
“Non-Stop Erotic Cabaret” (1981),
un disco conceptual sobre la vida nocturna más sórdida, y lo presentaron en el Danceteria, un club hecho a su medida: varias plantas donde el cabaret de Howie Montaug y Anita Sarko convivía con el punk, la salsa y las performances. En la misma pista acababan la
creative class del
downtown, el sur de Manhattan donde vivían los artistas y los punks, y chavales negros y latinos de
uptown y del Bronx, los barrios del norte donde había nacido el hip hop, que bajaban porque allí sonaba rap cuando casi ningún club del sur lo pinchaba todavía. Cerró en 1986.
Sobre las bases que le mandó Ball, Almond escribió
“Danceteria” como una noche de principio a fin. La abre
“Elusive”, un instrumental con saxo, y a partir de la canción titular la noche baja hacia las zonas más turbias de la ciudad; en
“Crackland”, el ritmo de baile acompaña a la droga que marcó aquellas calles. Por debajo, Ball estructura casi todo sobre bajos galopantes, con el pulso del hi-NRG que en los ochenta dominaba los clubes
queer de Nueva York y San Francisco. Ni siquiera las canciones más reposadas se libran:
“Times Square” baja el tempo y afloja la voz, pero el bajo sigue trotando por debajo. El disco entero es una postal de Nueva York escrita desde Londres por dos ingleses que solo pasaron allí unas temporadas de grabación. El único momento en que el álbum reposa llega a mitad de recorrido,
“The Rainbow Room”: una cena para dos en lo alto del Rockefeller Center en el invierno de 1982, nieve tras el cristal y las Torres Gemelas al fondo, con un estribillo que juega a la vez con enamorarse y con caer al vacío. Cierra
“Out Come The Freaks”, el tema de Was (Not Was) de 1981, cantado con Nona Hendryx, sobre los raros que salen de sus agujeros cuando se pone el sol.
Dave Ball compuso todo esto desde una silla de ruedas y
murió el 22 de octubre de 2025, a los 66 años, dos días después de escuchar con Almond las mezclas finales y darlas por buenas. Una caída le había roto la espalda y después vinieron una neumonía, una sepsis, un coma inducido y siete meses de hospital, así que este disco para bailar lo firmó alguien que ya no podía hacerlo. Ball nació en Chester en 1959 y se crió en Blackpool, en el norte de Inglaterra, con dos obsesiones: los sintetizadores, desde que vio a Kraftwerk en televisión, y el northern soul: la escena que en los setenta llenaba los salones de baile de chavales de clase obrera que bailaban hasta el amanecer discos de soul estadounidense.
“In Heaven (When I Dance With You)” vuelve a ese mundo. Habla de un trabajo sin salida que aplasta la semana y de una pista donde todo ese peso desaparece mientras suena la canción, que es exactamente para lo que servían aquellas noches de sábado. De algún modo, cuando se dice que la música ha perdido capacidad de ruptura, se olvida que para romper hace falta un lugar donde hacerlo. Nueva York mantuvo hasta 2017 la ley de 1926 con la que Giuliani multaba a los bares por dejar bailar, y en el país de Soft Cell ha cerrado uno de cada cuatro locales nocturnos desde 2020, y más de un tercio de las discotecas. En cualquier caso, “Danceteria” recuerda un legado que a Ball le dio tiempo a terminar. ∎