e reúno con Josele Santiago (Madrid, 1965) en el Bar Castells del Raval de Barcelona, entre mesas de mármol, jamones colgando y tapas caseras. Vemos pasar a unos pocos aborígenes que se deslizan, difuminados, entre oleadas de turistas. Tiene su sentido que alguien que vendía su primer disco tras la barra de un bar, con una tapa de chorizo y una caña incluidos, se reúna con su editor y la prensa en uno de los pocos bares locales que quedan incólumes en la Barcelona apiolada por el turismo.
Desde 1986, Josele tiene casi una veintena de álbumes con material original, ya sea con Los Enemigos o en solitario, y el merecido estatus de ser uno de los grandes autores de canciones de la historia del rock en español. “Desde el jergón” (Contra, 2026) es su primer libro, 300 páginas en negro sobre blanco de la historia de su vida y su banda. “Tardé un año en escribirlo. Soy de borrar y reescribir mucho, soy un paranoico del carajo, pero no me costó hacerlo”, explica. Cayó en la cuenta de que “no hay una historia de Los Enemigos tal como yo la veo. Hay una tal como la ven otros dos, pero es un poco dispersa. Y me digo: ‘Vamos a lanzarnos. Nada, te pones y ya está’”. La mayor dificultad, dice, fue “aparte de las imágenes que puedas evocar, encontrar el ritmo de la prosa. Eso es lo que más me ha costado. Quería que fuera ligero de leer, pero denso de información”. Tenemos entre manos unas memorias musicales tan buenas como cualquier disco de Los Enemigos, y esto significa que estamos ante uno de los libros pop del año.
Sé que te fastidia que te pregunten por el significado de las canciones. Con este libro ya has matado el tema, ¿no? Cada capítulo es una canción y la vinculas con un momento de tu vida en Los Enemigos.
Bueno, más que explicar de qué van, que eso me da igual, me gusta que tengan más de una lectura, cuento más bien las circunstancias que las rodean. De dónde sale la chispa, cómo prende la idea de la canción y todo lo que pasa alrededor. También hay un repaso del Madrid de los ochenta y noventa que yo no buscaba, pero tiene que salir. Es obligatorio, y de paso aprovecho para meterme con fulano y mengano.
El capítulo en el que pilláis una pistola de tu padre y vais a atracar una farmacia... Joder, eso parece sacado de una peli de Eloy de la Iglesia. ¿El Madrid de tu adolescencia era así?
¡No te creas, eso se hacía mucho! Con bastante frecuencia. También hay que tener en cuenta que está ficcionado. Hay varias circunstancias en que los personajes están mezclados, tres o cuatro en uno, ese tipo de cosas.
En tus canciones siempre adoptas puntos de vista muy dispares, pero en esta ocasión escribes desde un único punto de vista, el tuyo personal. ¿Ha sido más fácil o más difícil?
Hombre, en las canciones suele pasar que habla en primera persona una persona que no soy yo. Aquí no, aquí soy yo todo el rato. Es muy distinto. También he procurado que haya saltos temporales, que es lo que más me ha costado: que no sean bruscos y se entienda la cosa. Despista un poco, pero mientras haya ritmo no importa. Estás a finales de los noventa y de repente pega un salto para atrás… Cosas de estas. A mí me gusta mucho cuando leo. Son piruetas y agilizan la narración mucho. Y aparte es divertido escribirlo. ¡Y hay que divertirse, coño!
Se está recibiendo muy bien.
Está teniendo una respuesta del carajo. En cuatro días literalmente se agotó la primera edición, me llaman de la hostia de librerías, me voy a recorrer toda España con el libro. ¡Que me toque el aire un poco, que he estado un año encarcelado! Luego viene el disco nuevo de Los Enemigos, que saldrá en otoño y ya habrá bolos y todo eso. Y alguno en verano, de bolos. El disco nuevo está grabado, masterizado, nos falta la portada solo. ¡Estamos esperando a que salga el sol en Galicia! La foto será en un sitio muy concreto de por allí, a ver si despeja.
En el apéndice aparecen todas las letras de Los Enemigos. Las del final del libro deben de ser las letras del disco nuevo, todavía sin publicar, ¿correcto?
No sabía cuándo iba a salir el disco, pero estaba casi terminado y pensé: “Pues voy a meter las letras del siguiente disco”. Estamos muy orgullosos de él. Ha quedado de puta madre, sinceramente. Y pensé que sería una lástima que no entrara. Puedes leer las letras pero no escucharlas, pero en nada eso se arregla.
Creo que es la primera vez que leo las letras de un artista antes de que publique el disco.
Es un poco raro, sí, pero sería una lástima que no entraran. Y entre que entren o que no, ¡pues que entren! Estamos muy contentos con el disco nuevo. Lo sacamos con discográfica, Mushroom Pillow, que si no es mucho trabajo.
El anterior disco de Los Enemigos, “Bestieza”, llegó al número 1 al poco de publicarse en 2020... ¡Vete a saber si con el empuje del libro lo volvéis a conseguir!
¡Va aprendiendo uno!
“Dentro. Conversaciones Con Los Enemigos y biografía”, el libro de Kike Babas y Kike Turrón publicado por Fundación Autor en 2000, seguía la historia de tus adicciones. También lo hace “Desde el jergón”. Pero es muy diferente leerlo contado por terceros que por la persona que lo ha vivido. ¿Te dio reparos contar todo esto?
Pero es que de estas cosas tiene que hablar uno, no me gusta que hablen los demás. No me gusta porque tú no lo puedes entender. Estas cosas las vive uno a su manera; si no lo has vivido no lo puedes entender. He procurado abrirme en canal. Y todo lo que pasó en los noventa es un estigma del que no se habla demasiado: el acceso a la heroína era increíblemente fácil, además en el puto centro de Madrid. Lo cuentas y no se lo cree nadie; ahora se empieza a hablar un poco. Por ejemplo, en el documental de Alba Flores sobre su padre, la película “Romería” de Carla Simón o el documental “Memoria de la heroína”. Una persona que no lo haya vivido no lo puede contar. Y en este libro que me dices hablan de mi adicción estos, mis compañeros, todo el mundo menos yo; y yo cuando hablo casi que lo oculto. Pues ya que lo han contado mal, mejor lo cuento yo desde dentro.
También hablas de tu depresión. Hay mucha gente joven hablando de desestigmatizar la depresión, pero no demasiados artistas veteranos que saquen el tema a fondo.
¡Sí, claro! ¡Yo vengo sufriendo depresiones y ataques de ansiedad desde que tengo 19 años! Medicado desde entonces. No tiene nada que ver con el rock, ¡ya lo llevaba de fábrica!
También especificas tu posicionamiento político sin tapujos ni ambigüedad. Pocos cantantes lo hacen, y menos en España.
Yo lo siento desde dentro. Es muy duro lo que está pasando. Estamos hablando de niños muertos. Y de un aspirante a Hitler que tiene muchas más posibilidades que Hitler de cumplir sus planes. ¡Esto parece un tebeo de Marvel, coño! Y además la historia no es que sea cíclica, pero sí que rima, como dijo aquel. Ahora ya es más bestia, con lo de Irán. Y todo parece orquestado, porque de la Guerra Civil no se habla, jamás se ha estudiado. En primero de BUP terminaba la cosa en Fernando III, en segundo de BUP lo mismo. De la República nada, y de la Guerra Civil menos. Parece orquestado. Los chavales no tienen ni puta idea de lo que ha pasado en este país, de lo que ha sido Franco. Yo casi no lo he vivido. Empecé con el rock’n’roll muy precoz, y sí he recibido palos de los grises y de los cachorros de Fuerza Nueva. Sé de lo que hablo. Me llevé una paliza brutal por llevar el pelo largo, a los 16 años. Te dice que se vivía mejor con Franco un chaval de 15 años… ¿Y tú qué sabes, tío? Tiene que salir a la luz cómo era el tema. Y hay mucha gente que habla de ello. Sobre todo actores, los músicos somos más pasotas. Quiero poner mi granito de arena. Yo soy antifascista y lo digo donde sea y delante de quien sea. Si me caen cuatro hostias, mira, a él también le caerá alguna.
Yendo por la calle, si ves actitudes fascistas, no hay que cortarse en responder, a menos que estés en serio peligro de que te rompan la cara.
No hay que tener miedo, hay que dar la cara, la situación está muy jodida. Y la izquierda tiene que unirse. ¡Ya! Llevan unos años, siglos casi, de peleas internas, de detallitos de “este fulano es un no sé qué”… ¿Y qué pasa? Que la derecha sí que está unida. Urge mucho. Nos jugamos los cojones, vamos, se nos vienen encima.
El gran tema de fondo del libro, es decir, de tu vida, es la escritura de canciones. ¿En qué punto estás ahora? ¿Salen o no salen? Te preocupa mucho, entiendo, si se abre o no el grifo de canciones.
Hombre. Desde la pandemia hasta hace dos años estuve en blanco. Me quedé in albis. También tuve un episodio depresivo fuerte. Es difícil de explicarlo. Me lo impuse yo: no es posible que no esté escribiendo. Entonces empecé a escribir unos bocetos muy abstractos, muy confusos, de frases inconexas. Pero son muchos años, y yo veía material. Lo que me ha costado ha sido desbrozar y ver lo que tenía ahí. Tenía una fe inquebrantable en esos cuatro garabatos. ¡Joder, ya son muchos años conviviendo conmigo mismo! Y sé cuándo hay chicha. Me ha costado encontrarla entre tanta nebulosa. En la pandemia caí en una severa depresión. Y eso te deja como si te hubieran pegado una paliza. Y no es que te pongas triste, es que eres incapaz de sentir nada. Ni alegría ni tristeza. Es horroroso. Yo preferiría mil veces estar triste. No puedes sentir amor, no puedes sentir nada. ¡Estás igual que una morcilla!
Estás casado con una periodista. ¿Esto te ha ayudado en tu relación con la prensa y las ruedas de promoción? ¿Se te hace más llevadero?
Ella siempre me dice: “¡No les des titulares!”. A mí se me cruzó una rubia y acabé aquí en Cataluña. De esto hace ya quince años y estoy encantado de la vida, aquí he puesto los huevos. Además la admiro mucho, hace años que convivo con periodistas y sé distinguir a los buenos.
Me hace gracia lo de los periodistas que hacen preguntas-respuesta.
Esto ocurre. Te dejan cortado. Uno me pone el micro y me dice: “Véndete”. Le contesté: “Vende a tu prima, no te jode”. Infórmate. “¿Qué tipo de música hace usted?”. ¡Vete a la mierda, escuchas el disco y luego me dices!
Escribes que la primera vez que estuviste en Barcelona te enamoraste de la Rambla.
Eso debía de ser en 1987. Sí, lo recuerdo como si fuera ayer. Recuerdo bajar del tren nocturno en la Estación de Francia, que llegaba a las seis de la mañana, y estaban abriendo la Boquería. Darme una vuelta, al amanecer, y estaban abriendo la Rambla. Tenía una vida… ¡Era mejor que el Rastro madrileño! Era más ameno, porque no eran puestos de vender cosas, sino que era gente ofreciendo talento. Había gente tocando, gente ofreciendo su música, gente haciendo malabares, un tío con la camiseta del Barça haciendo malabares que flipabas…. Me pareció un homenaje a las ganas de vivir y a la creatividad e imaginación precioso. Que se ha ido a tomar por culo, claro.
Como barcelonés adoptivo, ¿qué sensación te provoca la Rambla de ahora?
Pena y desolación. Todo lo que tenga que ver con la imaginación o la creatividad o con darle vueltas a la cabeza lo están dejando en fuera de juego. Incluso las asignaturas de Humanidades en los institutos las han quitado. Y volvemos al tema de que esté orquestado o no. Porque lo parece. ¿Qué sale de un instituto en el que no se enseña Filosofía o Historia, la Guerra Civil? Un robot, coño. Una tuerca fabricada para entrar en el sistema, y hala. Y lo del ChatGPT ya es la puntilla.
Me decías que has aprovechado para rajar de gente, pero leyendo se me antoja que eres cariñoso con casi todo el mundo, menos con Manolo Benítez –guitarrista de Los Enemigos durante años– y la movida madrileña.
Con la movida madrileña en su momento… está sobrevalorada, pero tenía sus valores. Y había cosas muy interesantes. Lo que pasa es que luego aburrieron hasta a los intelectuales. Muchos de los mejores conciertos que he visto en mi vida han sido de gente de la movida: Gabinete Caligari, un concierto acojonante de Golpes Bajos… Pero de ahí a que fuera el centro mundial de la cultura… ¡pues no! Me choteo un poco, porque se decía que Madrid era el centro del mundo. Y también me jodía mucho que echara raíces la idea de que antes no había nada. Que era una ciudad gris, aburrida y no sé qué más. Mira, si te buscabas la vida te lo podías pasar de puta madre, ir a conciertos cojonudos de Cucharada, Leño, Topo… No eran grupos de rock sinfónico haciendo solos interminables, que era el tópico que corría. Había muchas historias e imaginación, lo que pasa es que estaban en la calle. Si tú vives en una urbanización, pues no tienes acceso a esa información y a lo que pasa. Tenías que ver los carteles. Y si vives en Vicálvaro, ¡pues no te enteras porque no has cogido el metro en tu puta vida! No digo todos, ¿eh? Pero es lo que me cabrea. Muchos grupos intentaron adaptarse a la movida y la cagaron, porque perdieron su personalidad. Grupos buenísimos como Topo, Asfalto…
Para la historia ha quedado que solo Mecano llenaba pabellones, pero Barón Rojo o Leño eran bandas que también movían masas.
Sí, además los de la movida eran tremendamente dogmáticos. Esto sí, esto no. ¿Me vais a decir vosotros lo que me tiene que gustar? Pero, bueno, es un fenómeno social del que salieron muchas cosas interesantes en pintura y fotografía. En cine, pff, pues vale, qué quieres que te diga. Y en música: vale tío, tienes una pinta de puta madre, pero afina la guitarra. Luego aprendieron y cuando llegaron los Juegos Olímpicos y la Expo de Sevilla, los cachés eran exagerados y se transportaban en bolsas de deporte de Naranjito. ∎

Hay libros que abres por la solapa pero en realidad pasa al revés: el tomo en cuestión te aferra de la tuya y no te suelta hasta que pasas la última página. Este es el caso de la autobiografía de Josele Santiago. Es y no es una autobiografía al uso: partiendo de (algunas) canciones en orden cronológico, Josele Santiago desgrana sus memorias musicales y personales; en algunos casos se explaya explicando el significado de la canción; en otros, aclara las circunstancias en las que salió a la luz. “Desde el jergón”, de edición exquisita y quirúrgica, exhibe la misma variedad estilística y de recursos que la carrera musical de su banda y de Josele Santiago en solitario. Las hilarantes tribulaciones de una banda de rock’n’roll en la carretera, rodando con una boina, un palo y un cordel, se explican a través de una gozosa y vibrante apertura en canal personal a más no poder: las adicciones a sustancias diversas, el retrato de los variopintos personajes y escenas que pululan por los aledaños de la movida madrileña y malasañera, las certeras reflexiones del Josele articulista… Todas estas facetas encajan en un volumen que, si algo transmite, es amor por la música y el intento de explicar el inaprensible, vaporoso arte de escribir canciones.
Nada de esto serviría, claro, si Josele no hubiera sido capaz de plasmar la peripecia en un lenguaje vibrante y elástico, no muy lejano a la manera en que Francisco Casavella hacía caminar el castellano, pero a lo castizo. Santiago siempre ha tenido reticencias a la hora de hablar de significados literales, dejando libre interpretación al oyente. Si en sus canciones abunda la metáfora críptica, aquí pasa todo lo contrario: el Josele escritor de libros construye un mosaico de imágenes y recuerdos en alta definición que transportan al lector al momento de la canción, el concierto o la hostia que cambiaron la vida de uno y otro. El fan enemigo chanará como un enanito a medida que el Josele posadolescente encuentra su vocación artística y convierte el periplo en una road movie tragicómica y coral, de mirada tan socarrona como cariñosa con algunas, muchas gentes, llena de digresiones que tiran el hilo atrás y lo vuelven a recuperar. Y de hecho enternece leer la visión del Josele fan de sus iconos personales, de más allá (Dr. Feelgood) o más acá (Rosendo, Julián Hernández).
Tenemos entre manos un ejercicio de primera categoría de realismo y de poner los pies en la tierra, en la onda de otras grandes biografías desmitificadoras del negocio musical y el rock and roll way of life, como “Diario de una estrella del rock” (2025) de Ian Hunter o “Beeswing. Losing My Way And Finding My Voice 1967-1975” (2021) de Richard Thompson. Con mucho más humanismo y cariño que épica o sulfuro, Santiago articula lúcidas críticas a la movida madrileña y no tiene reparos a la hora de hablar, con desarmante vulnerabilidad, de sus episodios de depresión, rupturas de relaciones o sequía artística. Tampoco de dejar bien clara y razonada su postura política antifascista y de izquierdas. Josele Santiago es un autor de canciones que con pocas palabras toca fibra; con “Desde el jergón” ha demostrado que puede hacer lo mismo con 300 páginas llenas de letra. ∎