l amor no entraba mucho en los planes musicales de Maria Rodés, pero desde que hizo el disco country de amor “Contigo” (Elefant, 2021) con La Estrella de David, se ha atrevido a hablar de un tema que, en realidad, manda en su vida. Primero fue el estupendo “Fuimos los dos” (Elefant, 2022), disco de ruptura, o de rupturas, mejor dicho, y del ciclo del amor en general. Ahora ha llegado “Lo que me pasa” (Elefant, 2025), una obra tan conceptual como “Eclíptica” (Satélite K, 2018) o “Lilith” (Satélite K, 2020), pero también una obra que habla de amor o, para ser precisos, “de la dependencia emocional y de la idealización romántica, del ‘ghosting’ y de la necesidad de ser vista”, como escribía ella misma en su última columna para Rockdelux.
El álbum es un recopilatorio de síntomas (fe, apego, obsesión) y también de ritmos, sonidos, texturas: no falta el pop íntimo con que asociamos a Rodés, pero hay también rumba, flamenco, reguetón, bachata, synthpop o bossa nova. Las voces invitadas también se multiplican y algunas dejan verdadera huella, como La Bien Querida en “El parque” y Soleá Morente en “Te amé”, dos de los grandes hitos en un disco que, en realidad, es todo hitos.
Al parecer, en la raíz de “Lo que me pasa” está tu descubrimiento de Lídia de Cadaqués, un personaje bastante de culto, musa de Salvador Dalí, Federico García Lorca o Eugeni d’Ors. Y en concreto, te fascinó su erotomanía.
Hace tiempo hice un disco sobre brujas, “Lilith”, y a través de él descubrí a Lídia, que en teoría era como la hija de la última bruja de Cadaqués. Ella se enamoró locamente de d’Ors, mucho más joven que ella, y quiso pensar que era correspondida. Cuando leía sus glosas encontraba mensajes ocultos para ella. Yo soy psicóloga de formación y me empezó a interesar ese tema: cómo alguien puede inventarse una historia de amor correspondido y de dónde sale ese trastorno, qué causas tiene. Incluso investigué casos de personas erotómanas. Digo personas porque es algo que también se da en hombres, aunque sucede sobre todo entre las mujeres.
En los últimos tiempos, el amor romántico ha tenido una crisis de reputación. La codependencia emocional, que según se mire puede tener su encanto, se considera un patrón relacional a corregir. Pero tú pareces querer vindicar la figura de la mujer que ama demasiado.
Tampoco se trataba de defenderla. No es que me propusiera hacer un alegato a favor del amor dependiente. Pero tampoco la otra opción me parece mejor, esto que nos venden del amor propio y no tener que depender de nadie… Esta cosa tan narcisista en la que estamos metidos. Creo que incluso puedo sentir más simpatía por la dependiente. Me cae mejor (risas).
Totalmente.
Y luego siento, y esto sí es un poco de reivindicación personal, que hay mucho estigma sobre la mujer que ama demasiado. Al final es como meterle la culpa a una mujer por relacionarse de una forma que le han enseñado. La educación que recibe una niña de pequeña es muy amorcéntrica, está muy centrada en la validación masculina. En equis momento de su vida, eso puede convertirse en un trastorno, porque el peso que recae sobre la mujer de ser elegida, de tener pareja… Todo esto es grande. No se puede minimizar con un libro de “oye, no ames tanto que eso está mal”. Es simplista.
De algún modo, vuelves a hacer un disco de concepto, como los que hacías al principio, pero con una materia prima más reciente, que es el amor. El álbum es un punto de encuentro entre la Rodés del principio y la que se ha abierto a las temáticas amorosas.
Yo nunca escribía sobre amor. Estaba ahí de forma implícita, envuelto en metáfora. Un día estaba hablando con La Estrella de David y él me dijo: “¿Por qué no hablas de amor, que al final es lo que llega a la gente?”. Me di cuenta de que lo tenía un poco como tema tabú. Y es curioso, porque yo soy una persona amorcéntrica. Forma parte de mi carácter. De repente, me lancé y ahora ya lo veo como tema inagotable. Me da mucho de qué hablar.
¿Te resulta más fácil hacer canciones y pensar en álbumes si te impones una especie de cajón temático? ¿O simplemente son investigaciones que surgen?
Cualquier tipo de limitación me ayuda a ser creativa. A veces me apoyo en temas que me interesan y otras veces son cosas que aparecen, como con el caso de Lídia, que me fascinó en un momento y me pareció buen punto de partida para un disco y buena excusa para seguir ahondando en cuestiones que personalmente me parecen interesantes.
El disco se abre con “Primera vez”, sobre la inocencia de eso, de la primera vez. Después vienen los madremías, como dirían Klaus & Kinski. ¿Dirías que en cierto modo, como en “Fuimos los dos”, recorres el ciclo del amor?
Creo que en este caso en la primera parte estamos ante un amor muy intenso, pero que podría estar dentro de lo que entendemos como normal, y en la segunda, algo más oscura, empezamos a atravesar la línea de lo que ya no entendemos tanto como normal. “Te amé” habla del amor devocional a Dios y quizá sería la que está más fuera de lo que entendemos como “cordura”.
En la entrevista que te hizo Diego Rubio para Rockdelux en 2022, decías que querías explorar otras vías de expresión: “Bandas sonoras me fliparía, pero es un mundo difícil”. Lo más cercano ha sido “También esto pasará”, que publicó Elefant en 2025. Maria Ripoll ya había usado temas tuyos en un par de pelis, pero esta vez te encargó todo el trabajo musical.
Sí, es la primera vez que se me encargó una banda sonora. La hice con el ingeniero Simon Smith, que tiene un gran bagaje en este sentido y fue un apoyo importante. Algunas canciones de este disco le venían muy bien porque hablaban del duelo, aunque en su caso fuera amoroso y en la película el duelo es por una madre. Acabé incluyendo tres temas del álbum porque encajaban temáticamente: “Lo que me pasa”, “Hechizo” y “Un amor”, que en el nuevo disco se llama “Otro amor” porque es otra versión.
“Lo que me pasa” tiene aires flamencos y “Hechizo” es mitad pop francés, mitad reguetón. “Chico bueno” también se acerca a lo latino, en este caso a través de la bachata. Durante un tiempo tu música tuvo un punto más etéreo, más nórdico, más Björk, pero luego fuiste bajando más al sur, a los sures. ¿Tú lo ves así?
Sobre todo, pasó que cada vez el ritmo me fue interesando más. Yo carecía un poco de tierra en todos los sentidos (ríe). A veces incluso gente sin gran interés en la música me decía: “Oye, pero en tu música no hay ritmo, ¿no?”. Siempre me quedaba mucho en la melodía, en la armonía… Y en realidad soy bastante rítmica, pero, como con el amor, lo tenía como anulado. En este caso hay ritmos andaluces y de Latinoamérica. Es lo que más he escuchado y lo que más controlo, entre comillas.
Dicho todo esto, “Monte Perdido” sí que es un poco nórdica. Parece una banda sonora de serie nordic noir. O de “Dark”, la serie de Baran bo Odar y Jantje Friese. Acabas un poco regresando al principio.
Tanto la primera como la última canción son así. Quería empezar con una canción tipiquísima de mi estilo: guitarra, voz dulce… Pero con un poco de distorsión de la voz, como insinuando que algo va a cambiar. Y al final también cierro un poco con “lo de siempre”. Me gustaba la idea de dar esta sensación de leyenda un poco a todo.
Entremedias hay un montón de exploración. Hace tiempo que en tus discos se cuelan influencias diversas, pero diría que este es el más variado a nivel no solo de ritmos, sino también de texturas. Yo lo veo como una especie de laboratorio personal de Maria Rodés, como si te estuvieras dando permiso para ir en mil direcciones y probar vías de futuro.
De lo que más ganas tenía era de explorar la electrónica y salir un poco de la Maria de la guitarra. La electrónica te da la oportunidad de jugar. Te permite construir de otra manera, como pensando en capas, en pantallas, no tanto en la composición en sí. El productor Joel Condal tampoco está acostumbrado a hacer este estilo de música y ha sido guay meternos juntos en un campo que no era el nuestro y jugar, que es lo que mola de la música, ¿no? Meterse en un lío y decir: “¿Cómo salgo de esto?”.
Uno de los temas más juguetones es “Te amé”, que seguramente es el primer tema dancehall inspirado en los tres actos de negación de Jesús por parte del apóstol Pedro.
Esta sí que era meterse en un berenjenal. Estábamos Joel y yo todo el tiempo diciendo: “¿Qué sentido tiene esta canción?”. Y, de hecho, a mí es de las que más me gusta porque realmente es como nueva, una canción que no sabíamos dónde iba. A nivel temático habla del amor devocional, el amor de “yo me autoanulo por mi ser amado”, que en este caso se compara con Dios. En el vídeo he puesto a niñas pequeñas y hago una especie de nexo entre la erotomanía y el amor de las niñas. Antes del amor romántico, antes de entenderlo, nos enamoramos de mitos, en mi caso de Brad Pitt. Hay una especie de fantasía alrededor de un Jesucristo. Me hacía gracia este paralelismo entre el amor preadolescente y el amor cristiano, devocional.
“El parque” me parece tu particular “Dancing On My Own”, por tener un pulso electro-pop muy parecido y porque habla de quedarse sola, pero también tiene su punto heroico. ¿Qué opinas de la comparación?
Esta tiene muchas inspiraciones distintas. No conozco la referencia que me has dado, pero la escucharé. Sobre todo me interesaba la idea de empatizar con la amante, con la acosadora, esa figura que tan a menudo se demoniza, como se hacía con el personaje de Glenn Close en “Atracción fatal” (Adrian Lyne, 1987). De acuerdo, en esa película ella se está pasando de la raya, pero él también ha abusado de una mujer, engañado a otra… No se tiene en cuenta que hay una vulnerabilidad que acompaña a las mujeres, más todavía conforme se van haciendo mayores, por el hecho de no tener una pareja. Esto existe; por muy modernos y modernas que seamos, seguimos siendo hijos e hijas de esa educación.
No sé si viste la serie de “Atracción fatal”, pero proponía un poco lo mismo: una relectura de la película en la que se presta tanta atención al personaje femenino como al masculino, y se enriquece su biografía y se definen mejor sus motivaciones.
Lo de “loca” es un estigma muy recurrente en el mundo de las mujeres: “intensa”, “loca”… Pero, bueno, habrá que ver qué hay detrás de esa supuesta locura. Y si es locura, ¿por qué se da? Al final la locura no deja de ser un desequilibrio de la mente, que se da por un motivo. Es muy feo decir “pum”, y ya está. A mí “El parque” me gusta especialmente porque al final ella sola se vale. Y me gusta mucho la colaboración con Ana Fernández-Villaverde, algo que me hacía ilusión. Me dijo que sí y eso que lo pregunté un poco en plan: “Bueno, igual me dice que no”.
Sin dejar de sonar a Maria Rodés, te fundes mucho con ella. Podría ser una canción de La Bien Querida. No sé si lo buscabas, eso de ponerte una especie de disfraz y confundirte con alguien a quien admiras.
Creo que fue sin querer, pero al hacerla también lo vi y pensé que esta canción me había quedado muy La Bien Querida. “Cómo molaría que la cantáramos las dos”, me dije. Las colaboraciones entre mujeres no son tan habituales. Me apetecía cantar con hombres, pero también con mujeres.
¿Te has planteado ponerte disfraces por encargo? Es decir, componer canciones para otras y otros por encargo.
No sé si es algo que podría salir de mí misma. Estoy muy acostumbrada a hacerlo para mí. Pero si alguien viniera y me dijera: “Oye, Maria, hazme un disco”, sí que lo haría, siempre que me guste o me interese más o menos lo que hace esa persona. Me metería en su mundo y me gustaría hacerlo. Pero lo de ir yo proponiendo y mandando canciones a las discográficas a ver si suena la flauta, creo que eso ya… No me da la vida, tío (risas).
¿Vives únicamente de la música o ejerces también como psicóloga?
De psicóloga no ejerzo. O sea, tengo la carrera y está siempre ahí como plan B. Hoy en día vivo de la música. He conseguido tener unos cachés bastante aceptables a la hora de tocar. Con hacer unos pocos conciertos al año puedo sacarme un sueldo que está bien. A eso sumo los royalties y algunas incursiones en la docencia, aunque la verdad es que esto último no me da mucho dinero (ríe nuevamente). Ah, y ahora tengo también lo de las bandas sonoras, un mundo que me interesa mucho y que, además, está bien remunerado. Hacer una banda sonora, de repente, es otra historia. Me interesa seguir por ese camino.
Tienes también tus columnas para Rockdelux. ¿Cómo te ayuda poner por escrito tus inquietudes de cada momento? ¿Es un ejercicio que, de algún modo, sirve para definir la música que haces después? ¿Se comunican las columnas y tu obra?
Sí, totalmente. He aprovechado las columnas para poner palabras a todo de lo que hemos ido hablando. Me las he releído hace poco y he visto que hay un montón de infancia, de nostalgia… Y este disco, en el que salgo de niña en la portada, más nostálgico no puede ser. Pero sí, sí, me ayudan mucho a racionalizar lo que estoy investigando.
¿Te ves reflexionando nuevamente sobre el amor en próximos discos? ¿Crees que todavía le puedes sacar provecho?
Yo creo que el tema del amor es infinito. Eso seguro. Es más que yo decida si quiero seguir por ahí o no. Quizá de momento no vuelva a este amor más obsesivo, romántico, dramático, pero quizá sí podría hablar de otro tipo de amor. Todavía no lo tengo muy claro.
Últimamente he estado escuchando mucho el disco de Madi Diaz, que me encanta ya desde el título, “Fatal Optimist”. Es su forma de retratarse a sí misma como fan del amor romántico, a pesar de todo, a pesar de que cada disco que hace es de ruptura. ¿Te ves también como optimista fatal?
Cuando uno es romántico, es romántico, y por mucho que la vida te pueda dar una hostia en algún momento, la cabra tira al monte. Luego puedes analizar y ver todo lo que hay detrás, preguntarte si es sano, si no lo es, blablabla, pero al final eres así. Yo creo que enamorarse es un proceso que te da. Es como que te enciende y te hace creativo. Obviamente la ruptura también. Aunque a mí personalmente me motiva más el enamoramiento que la ruptura.
Es que con la ruptura, en realidad, no suele apetecer nada. Ni siquiera escuchar música. Y crearla supongo que aún menos.
Si hay un dolor profundo, es difícil, desde luego. Bueno, hablo desde mi punto de vista, pero igual hay personas a las que les cueste menos… Para mí los estados de tristeza profunda no son creativos.
Para acabar en una nota alegre, esperanzada: ¿cómo te veremos llevar un disco tan rico y variado a los escenarios?
Hay dos opciones: reinventarlo todo o ser más fieles al disco. Por ahora, estamos con esta segunda opción. Es otro mundo a explorar. Yo siempre he hecho la música muy analógicamente y ahora este mundo de las bases electrónicas es nuevo para mí. Es como jugar a otro juego. Hay que explorarlo. ¡Esto me daría para otra columna de Rockdelux! ∎