En 2008, antes de la publicación oficial de su último disco: “Sense comentaris”. Foto: Jordi Vidal
En 2008, antes de la publicación oficial de su último disco: “Sense comentaris”. Foto: Jordi Vidal

Fuera de Juego

Remigi Palmero, genio intermitente de un pop mediterráneo que siempre mereció ser norma, y no excepción

Ayer domingo nos despertamos con la triste noticia del fallecimiento de Remigi Palmero, uno de los mejores escritores de canciones del pop valenciano de las últimas cinco décadas, emblema –junto al también finado Pep Laguarda y al incombustible Julio Bustamante– de una singular e influyente alquimia musical que siempre mereció mayor eco.

Trascendía ayer domingo por la mañana la noticia: Remigi Palmero (1950-2026) falleció el sábado 24 de enero en Alginet (Valencia), su pueblo natal, donde había vuelto a vivir hace tiempo. Vivía aparentemente alejado del mundo de la música, aunque en una entrevista de 2014 comentaba que tenía canciones para un nuevo álbum –algo en lo que incidió en 2023 en otra entrevista para la edición valenciana de ‘elconfidencial.com’– y otro de versiones de temas ya grabados, además de un libro de poemas. No se supo más de ellos. Había pasado los últimos tiempos dedicado al cuidado de su madre tras enviudar esta, y a la práctica del yoga y la pintura, entre otros quehaceres. Y también hacía tiempo que se había desentendido de todo lo que rodeaba a su legado musical por decisión propia.

La última vez que el firmante de este texto supo algo de él fue hace casi seis años, con ocasión de la justa y necesaria reedición en 2018 de “Humitat relativa” (Pu-Put!/Zafiro, 1979), considerada –con razón– su obra cumbre. La recuperación de aquellas canciones fue una iniciativa del sello valenciano La Casa Calba, regentado por el músico y promotor cultural Francesc Burgos, quien recuperó el master original de aquel disco de los arcones de Sony y lo puso de nuevo en circulación casi cuarenta años después de su edición original, en formato de vinilo y CD. La reedición no contó con el beneplácito de su autor, que no participó ni de la promoción ni de las presentaciones de turno, como la que se le procuró en la sede valenciana de la SGAE en junio de aquel 2018. Consideraba que había sido una obra inacabada, en cierto modo fruto de su tiempo, de las prisas por grabar. Y no estaba de acuerdo con su reedición. El desencuentro entre autor y editor llegó a plasmarse incluso a través de alguna red social. Remigi no quiso ofrecer entrevistas a los medios. Y poco más volvimos a saber de él.

Tiempo de “Humitat relativa”, su cumbre histórica.
Tiempo de “Humitat relativa”, su cumbre histórica.

Hasta ayer mismo. Justo un día después de haber cumplido los 76 años. Palmero era uno de los tres vértices de ese llamado pop mediterráneo que despuntó a finales de los años setenta y recabó cierto eco mediático en toda España con una sensacional trilogía de álbumes no ideada como tal, claro: la que formaron el “Brossa d’ahir” (Ocre, 1977; reeditado por Blau-Discmedi en 2004) de Pep Laguarda (1946-2018), su “Humitat relativa” y el “Cambrers” (Anec, 1981; reeditado por Factoría Autor en 2004) de Julio Bustamante. Tres cimas de un pop mediterráneo en su sentido más amplio: ecléctico, hedonista, sensual, desacomplejado, jovialmente contagioso y ajeno a cualquier moda o tendencia. Laguarda falleció en 2018. Julio Bustamante, el más activo de los tres, sigue publicando discos: el más reciente es “Sueños emisarios” (2022), junto a Lavanda.

Nacido en Alginet, una población de la comarca de la Ribera Alta, 28 kilómetros al sudoeste de la capital valenciana, Remigi Palmero se curtió desde que era adolescente en formaciones musicales de los años sesenta. Fue vocalista y guitarrista en la orquesta Els Brots o en grupos pioneros del pop valenciano como Els Ribersons, Els Cinc Xics o Els Pavesos, por donde también pasó un jovencísimo Joan Monleón. También acompañó a solistas como Eduardo Bort, puntal del rock psicodélico estatal fallecido en 2020, autor de un disco homónimo en 1975 que se convirtió en objeto de culto y coleccionismo. A mediados de la década de los setenta, tras cumplir los quince meses de servicio militar, entabló relación con lo que podría entenderse como la bohemia valenciana del momento: Julio Bustamante, su hermano Tico Balanzá, Pep Laguarda. Con ellos pasaría a tener un rol protagónico en el relato del pop valenciano.

Entre Tico Balanzá y Julio Bustamante: el trío In Fraganti.
Entre Tico Balanzá y Julio Bustamante: el trío In Fraganti.

Hablamos de 1975 y Palmero ya tiene algunos esbozos de lo que serán las canciones de “Humitat relativa”, disco que se graba durante el verano de 1978 en los recién estrenados estudios Tabalet de Alboraia, regentados por Lluís Miquel Campos (1944-2023), otro músico y productor esencial de la escena valenciana del momento. Fue el primer disco que se registró allí. Los estudios cerraron en 2018. Aquello no tenía nada que ver ni con la nova cançó, ni con el folk políticamente comprometido de la transición, ni con el rock progresivo ni con el punk. Era algo totalmente distinto. Más libre e inclasificable. En él tuvo participación Julio Bustamante, quien a su vez integraba en paralelo, junto a su hermano Tico Balanzá y el propio Remigi Palmero, el trío In Fraganti, en una clave más instantáneamente pop, cercana a la new wave. “Humitat relativa” y “Cambrers” son prácticamente discos hermanos. Por algo compartían muchos créditos: Tico Balanzá a la percusión y la flauta y la participación de los músicos de origen guineano Pepe Dougan a los teclados, Luis Dougan al bajo y Gabriel Dougan y su primo Lito Boricó a las congas: ambos trabajos participan de esa conexión puntual con los ritmos afrocaribeños.

En 1983 llegaron los dos únicos singles de In Fraganti, que tenía diez canciones para un álbum pero no llegó a materializarlo. Parte de ese material fue aprovechado por Remigi para su siguiente trabajo en solitario, el espléndido “Provisions” (Xiu-Xiu, 1987; reeditado por La Casa Calba en 2014), menos recordado que su predecesor pero prácticamente igual de brillante, marcado por una producción más ochentera y acercamientos a patrones funk y jazz. Él mismo reconoció abiertamente en alguna entrevista que “A la mateixa cistella”, una de sus canciones, es lo mejor que había escrito nunca. Le sucedieron los más discretos “Afuera adentro” (PDI, 1989), “Emparín” (Difusió Mediterrània, 1992) y “Línia de foc” (EGT, 1994), y tuvieron que pasar quince años para que viera la luz el que fue su último disco, aquel que todos esperábamos que algún día tuviera continuación: el espartano “Sense comentaris” (La Casa Calba, 2009), grabado íntegramente en su casa con la única ayuda de su guitarra eléctrica y marcado por una sonoridad algo más tradicional, con influencias del blues y textos de tinte costumbrista.

En 1987, “Provisions”, su otro gran disco. Foto: Iziar Kuriaki
En 1987, “Provisions”, su otro gran disco. Foto: Iziar Kuriaki
Su huella ha sido palpable en la música de (sobre todo) Òscar Briz, quien siempre ha sido uno de sus más brillantes legatarios, pero también en la de Tórtel, Gener, Ona Nua, Arthur Caravan, Clara Andrés, Els Jóvens, Litoral, Las Víctimas Civiles o Amanida Peiot, el proyecto que lideró en su día Francesc Burgos. Casi todos ellos, por cierto, aquejados de la puñetera discontinuidad que sobrevuela a gran parte de la producción pop valenciana. ∎

Del mestizaje colorista a la austeridad

REMIGI PALMERO I BON MATÍ
“Humitat relativa”
(Pu-Put!/Zafiro, 1979)

No es solo un disco: es un estado de ánimo. Un instante de esplendor creativo cegador, ajeno a cualquier coordenada espacio-temporal. Por su intransferible condición de fruto milagroso de una suerte de burbuja atemporal, personalmente lo coloco en el mismo estante que el “Astral Weeks” (1968) de Van Morrison, el “What’s Going On” (1971) de Marvin Gaye o “L’estiu” (2010) de Òscar Briz. ¿Incomprendido por adelantado a su tiempo? Quizá. Es un dechado de mestizaje: entre folk, pop, rock y ritmos afrocaribeños. Entre músicos blancos y negros. Entre una lengua como el valenciano, hasta entonces infrautilizada musicalmente, y unas temáticas que nada tenían que ver con las causas sociopolíticas reivindicativas a las que se le asociaba: es pionero hasta por lingüísticamente normalizador. Porque el valenciano debía servir para todo. Porque sirve para todo. Un disco de una sensualidad embriagadora, imposible de adulterar. Sinestésico: prendado de olores, de sabores y de colores.

REMIGI PALMERO
“Provisions”
(Xiu-Xiu, 1987)

Seguramente oscurecido por el aura que con los años recabó “Humitat relativa”, merecía mucha más atención. Es otra exquisita ración de pop heterodoxo y cálido, con el funk y el jazz (el saxo de Alfredo García) ganándole terreno al fermento folk-rock. Sin barreras. Sin trincheras estilísticas. Con apertura de miras. Una canción como “Llavadors”, por ejemplo, no hubiera desentonado en absoluto dentro del repertorio que entonces manejaban Radio Futura. Continúa el idilio creativo gestado en torno a la localidad costera de Altea, en la costa de la comarca de La Marina Alta, en canciones como la fabulosa “A la mateixa cistella” (en ella canta Palmero “blanc de les ones, crestes; blau de la mar, carrer… teuladins a La Marina, camions per Alacant”) y prospera la conexión afrocaribeña en cortes como “L’habitació desmuntable”. Concurren Lito Boricó y Carlos Barranco en percusión, Julio Bustamante al teclado y su hermano Tico Balanzá en las programaciones. Es el gran disco de pop mestizo valenciano de la época, junto al “Viajero” (1988) de Terminal Sur, el proyecto de Miquel Gil, Vicente Sabater y Fernando Garcín con el que también colaboró Palmero.

REMIGI PALMERO
“Sense comentaris”
(La Casa Calba, 2009)

Tiene factura de epitafio involuntario. El sexto y último álbum de Remigi Palmero –que tuvo una versión maquetera autoeditada un año antes, que vendía en sus conciertos– llegó cuando prácticamente nadie lo esperaba. Quince años después de su predecesor, “Línia de foc”. Y más de quince son ya los que han pasado desde su edición. Muestra su versión más austera, blues y costumbrista. Ni siquiera su voz es la misma que en sus discos más emblemáticos: suena más ajada, más escéptica, como la de un creador que ya está de vuelta de todo porque nada espera. Emite una autenticidad especial, una desnudez sui generis, en canciones escuetas pero sobradas de expresividad como “La dona de la casa del pi”, “Cuines bé l’arròs a banda”, “La selva”, “Va eixint el sol” o “El raig no para”, mi favorita. Fue el crepúsculo genuino de un creador intermitente que en sus momentos de lucidez máxima brilló con especial vigor. Él ya no está, pero tú sí: aún estás a tiempo de descubrirlo si todavía no lo has hecho. ∎

Etiquetas
Compartir

Contenidos relacionados