Libro

Eider Rodríguez

Era todo el mismo huecoRandom House, 2026

- No quiero morir en pijama.
- ¿Y qué nos vamos a poner?
- No lo sé.

¿Lo que cantaba Leonard Cohen en “Anthem”? Pues bien: la grieta es pequeña y la luz escasa, pero qué le vamos a hacer. “Debajo de la rabia crecía otra cosa. Necesitó días para dejarla aflorar, pero cuando por fin irrumpió se le extendió por todo el cuerpo. Una tristeza fosilizada, una tristeza pétrea sepultada por estratos de todo tipo, que intentaba salir de su cuerpo fragmento a fragmento”, escribe, diagnostica si prefieren, Eider Rodríguez (Rentería, 1977) en “Lecciones de buceo”, uno de los seis formidables relatos con los que la vasca ha armado “Era todo el mismo hueco” (“Dena zulo bera zen”, 2025; Random House, 2026).

Cuentista mayor y cartógrafa del caos doméstico y de las simas que esconde la vida cotidiana, la vasca se abrió en canal hace un par de años largos con su primera novela, “Material de construcción” (Random House, 2023), y regresa ahora a la intensidad del cuento, a ese esprint capaz de desfondar a grafómanos y charlatanes, para comprimir y envasar al vacío los frágiles andamios de la intimidad. ¿La nada? Al contrario. El casi todo. Amores tristes, vidas antaño luminosas, casas en ruinas.

“¿Que para qué lo vamos a usar? Para nada, es un agujero”, le dice él a ella en “El agujero”, después de que ella se haya dejado uñas y dedos cavando bajo su casa sin saber muy bien por qué. En “Corazón de pato”, uno de los mejores del lote, Rodríguez imprime tensión inquietante y vivaz choque de clases a una cena de dos parejas de padres –las amigas en realidad son sus hijas– en la que uno de los maridos es baja: casi a la misma hora que su mujer mastica entrañas en Hendaya, él dona esperma en Zaragoza a una vieja amiga de la pareja.

Escritos en euskera y traducidos al castellano por Ander Izagirre –Pau Joan Hernàndez se encarga de la versión catalana, publicada por Edicions del Periscopi y titulada “Tot era el mateix forat”–, los relatos de “Era todo el mismo hueco” se asoman al abismo, sea este un agujero literal en el suelo o un butrón practicado con pericia en el centro del corazón, segundos antes de que todo se tuerza. Y no necesariamente para mal.

Parejas gastadas de tanto usarse, amigas en diferentes grados de complicidad y mujeres alienadas atrapadas en “un montón de kilos y también el vacío ínfimo entre los dos pedazos de peroné” componen el paisaje humano de unos cuentos de tristeza esperanzada y complejo poso emocional; relatos luminosos a su manera con los que la autora de “Un corazón demasiado grande” (2017; Random House, 2019) confirma su maestría en las distancias cortas y los finales abracadabrantes. La única pega es que, como ocurría con “El buen mal” (2025) de Samanta Schweblin, se hace demasiado corto. Por suerte, parece que ya tiene lista una nueva novela. ∎

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