Durante los primeros minutos de “La Odisea” (2026; se estrena hoy), la deslumbrante adaptación que Christopher Nolan ha realizado del poema épico de Homero, el rapero Travis Scott, en su papel de bardo, recita/canta con rimas cortas el relato de la guerra de Troya y del truco en forma de caballo de madera que un hombre astuto, Odiseo (Matt Damon, en un rol para el que parece haber nacido), ideó para ganarla. El director británico –con ayuda de su montadora habitual, Jennifer Lame, también editora de “Tenet” (2020) y “Oppenheimer” (2023)–, construye una elíptica y evocadora secuencia inicial en la que diferentes imágenes, pertenecientes a diferentes momentos del relato, se suceden, fragmentariamente, al ritmo de las rimas del bardo/rapero. Desde su inicio, pues, “La Odisea” se revela, pese a su origen homérico, como un filme nolaniano en forma y fondo: con su montaje desestructurado y su cronología quebrada, esta secuencia de apertura nos sitúa, de nuevo, ante un protagonista masculino –como en “Memento” (2000), como en “Interstellar” (2014)– en un viaje en busca de su propia identidad en el que se enfrenta contra el tiempo destructor, que lo devora y transforma todo. Esta exuberante, casi mareante, primera escena también permite atisbar una faceta de Nolan que, tal vez, ha ocupado una posición un tanto secundaria en el imaginario popular frente a su talento innegable como creador de imágenes apabullantes (“La Odisea” es la primera película del director rodada íntegramente en IMAX y 70mm, aunque solo podrá verse en este formato en unos pocos cines de todo el mundo) y set pieces suntuosas: el placer que le proporciona contar historias que tengan la capacidad de maravillar al público. Hay en “La Odisea”, a través de esas canciones, historias y poemas que rememoran lo sucedido en Troya, pero, sobre todo, a través del relato fragmentario con que el propio Odiseo narra su accidentado viaje de regreso a Ítaca, una reivindicación de la tradición oral y del modo en que muchas historias se han transmitido y conservado a través de los siglos.
“La Odisea” puede verse, pues, como una película intensamente nolaniana, incluso como una síntesis de muchos de los temas y obsesiones que pueblan su filmografía, pero también como una obra que permite al director de “El caballero oscuro” (2008) probar registros no del todo explorados previamente. Los pasajes pertenecientes a los llamados Apólogos de Odiseo, que agrupan del Canto IX al XII del poema homérico, incluyen los episodios más populares de la obra: el encuentro de Odiseo y sus hombres con el cíclope Polifemo, con la hechicera Circe (Samantha Morton, conmovedora y aterradora a la vez, y uno de los múltiples personajes femeninos de la película, como la Helena de Lupita Nyong’o, que actúan como voces críticas contra los numerosos desmanes masculinos), con las sirenas, el descenso al Hades o el mortífero paso entre Escila y Caribdis. En estas secuencias, sobre todo la que se desarrolla en la oscura cueva del aterrador cíclope y aquella en la que Circe transforma los rostros y cuerpos de los hombres de Odiseo y los convierte en cerdos –modelándolos como si fueran arcilla, en un imaginativo uso de lo que parece una combinación entre tecnología digital y efectos prácticos–, muestran a un Nolan que exhibe un sentido de la maravilla y un gusto por la imaginería fantástica (e incluso por los códigos formales del terror) que no es tan habitual en un cine que siempre ha apostado por la solemnidad tonal y estilística a la hora de abordar las películas más cercanas a la ciencia-ficción o la fantasía: de “Origen” (2010) a “Tenet” pasando por “Interstellar”, pero también por la trilogía de Batman.
Pese a ello, y como múltiples artículos periodísticos han recogido estas últimas semanas, Nolan parece haberse estado preparando durante toda su carrera para adaptar al cine el poema homérico (que, pese a lo que pueda parecer, no cuenta con tantas versiones cinematográficas previas, siendo una de las más conocidas “Ulises”, dirigida en 1954 por Mario Camerini con Kirk Douglas como protagonista y Silvana Mangano haciendo un doble papel como Penélope y Circe). La personal lectura que ha hecho el cineasta, también escritor del guion, de la obra de Homero revela algunas de sus obsesiones temáticas: desde la complejidad de las relaciones paterno-filiales al deseo de regresar a un hogar que ya no es el que era, pasando por el retrato de unos protagonistas con identidades fracturadas y por la reflexión acerca de una ambición humana cuya insolencia (cuyo desafío a las leyes naturales, o a las reglas impuestas por los mismísimos dioses) acaban trayendo funestas consecuencias para sus semejantes. Aunque son personajes muy distintos, había ya algo de Telémaco (un Tom Holland fantástico, sacando partido a su aspecto de eterno adolescente) en la Murph (Jessica Chastain) de “Interstellar”, esta joven que había crecido sin su padre y que aguardaba en un mundo en decadencia el posible regreso de un progenitor (Matthew McConaughey, una suerte de Odiseo intergaláctico) del que no sabía si estaba vivo o muerto. El deseo de regreso a un hogar que ya no existe, que se ha transformado para siempre, está, de nuevo, en “Interstellar” o incluso en cierta medida en “Origen”, pero, sobre todo, en “Dunkerque” (2017), un filme bélico apabullante pero construido a escala humana, desde los ojos, oídos y sensaciones de los jóvenes soldados atrapados en esa playa y que solo quieren volver a casa.
Pese a sus 250 millones de dólares de presupuesto, su elenco estelar (además de Damon y Holland, Anne Hathaway aparece como una Penélope regia, que se enfrenta a los pretendientes que quieren meterse en su cama y ocupar el trono, entre los que se encuentra Antínoo, un Robert Pattinson comodísimo en su papel de repulsivo y carismático supervillano) y la elección del monumental formato IMAX, “La Odisea” de Nolan tiene una cualidad humana y terrenal, extremadamente física, que la emparenta, en cierta medida, con “Dunkerque”. Para ello son fundamentales tanto el uso de localizaciones reales como una dirección de fotografía (obra de su colaborador habitual, Hoyte van Hoytema) que subraya la cualidad matérica y sensual (el agua de la travesía, el fuego de la caverna del cíclope y de la batalla de Troya, el barro oscuro que cubre a los difuntos que vagan por el Hades) de ese mundo físico, repleto de peligros, que atraviesan Odiseo y sus hombres, veteranos de guerra y seres humanos falibles que solo quieren volver a casa. Estos peligros pueden tomar distintas formas, desde ninfas seductoras (Calypso, interpretada por Charlize Theron, es la que retiene a Odiseo durante siete años en su isla, aunque no parece que sea muy en contra de su voluntad) a hechiceras, cíclopes o dioses iracundos. A aquellos que hayan leído el texto homérico les sorprenderá la ausencia absoluta de divinidades en la adaptación fílmica, en la que solo aparece, y muy brevemente, Zendaya como Atenea, pero esta decisión revela el interés de Nolan por llevar a cabo una versión propia de “La Odisea” que subraye esa cualidad humana y terrenal y que le permita, además, llevar a cabo un comentario crítico sobre el mundo actual. Por ello, y pese a la espectacularidad de su sección central, el auténtico peso trágico y el corazón emocional del filme reside en su última parte, en la que Odiseo regresa, finalmente, a Ítaca, para desplegar su venganza sobre los pretendientes que desean usurpar su trono. Es en este extenso pasaje en el que Nolan profundiza, con la ayuda inestimable de un enorme Matt Damon y de unas emocionantes y sincopadas secuencias de montaje que conectan pasado y presente, en las partes más oscuras de un personaje que, al recuperar su memoria y su identidad, al regresar a una casa que ya no se parece a la que abandonó veinte años atrás, se da cuenta de quién es él en realidad y de las terribles consecuencias de sus actos. De repente, Odiseo, un antihéroe trágico, maduro y cansado, se convierte en un trasunto de Oppenheimer (ese moderno Prometeo), o de esos soldados avergonzados que regresan a casa sin poder mirar a los ojos a sus compatriotas tras lo que han hecho en Dunkerque. En su última y trágica sección, marcada por la pérdida y el arrepentimiento, “La Odisea” de Nolan plantea un mundo que se parece mucho al nuestro, conectando ese pasado mítico con un presente muy real: uno en el que los seres humanos, su ambición desmedida, sus ansias de poder, su violencia y crueldad, han usurpado su lugar a los dioses y han quebrado las leyes que mantenían el mundo en un frágil equilibrio, acabando con lo que nos hacía medianamente civilizados. ∎